En la encrucijada temporal -entre una era que termina y otra que comienza- un rey que lo ha ganado todo perdiéndolo todo, pregunta:

-¿Qué he de hacer para ser un buen rey?

La respuesta (resumida) es “ser Indra en la tierra”, tal como lo fueron en su día también sus ancestros.

Y aquí podríamos hacer dos preguntas:

  1. ¿Quién es Indra? – o ¿cómo entender esta palabra enigmática, que abre la inspiración hacia el sol y las dinámicas que sostienen los elementos (Indra es la lluvia, y el rey de los dioses)

Pero, también:

  • ¿Qué entendemos cuando hablamos de ser el rey de los dioses en la tierra? ¿De qué tierra estamos hablando? ¿Del puñado de tierra que podemos sostener en la palma de una mano o de los ciclos regulares de transformación vegetal y animal, en el rítmico sucederse de los insectos que nos rodean, que nos dan la idea de una continuidad material que nos sostiene?

La palabra tierra abre la inspiración hacia los contornos con los que definimos nuestra identidad física.

Y esto me lleva a algo que ha pasado cerca de mi corazón estos quince días que han pasado desde la entrada anterior: unos amigos -a quien no quiero citar para no buscar más problemas de los que ya ha habido- han querido invitar desde India a dos maestros, para que compartieran presencialmente su conocimiento profundo del funcionamiento del cuerpo, de nuestro biorritmo, de nuestros ciclos emocionales y patrones mentales, para proponer maneras nuevas de entendernos en el mundo. Para que compartan un linaje cultural refinado durante siglos. Per no ha podido ser, porque estas personas no han podido recibir el visado. A pesar de tener un billete de vuelta comprado y poder demostrar dónde y quién los iba a alojar, el visado -permiso para viajar- se les ha sido denegado (dos veces) con el argumento de que “faltan garantías para que realmente vuelvan a India y no se queden en territorio español.

Y, en un punto, compartiendo esta noticia ya estoy haciendo una denuncia. Predicando, de alguna manera. Me posiciono, es obvio. Pero me gustaría poner la atención en las preguntas que me hago, con sinceridad. No para conseguir una respuesta determinada, sino abrir el espacio -tal como vengo escribiendo en las últimas entradas del blog- a preguntarnos realmente ¿por qué es un peligro que se queden estas personas entre nosotros? ¿Qué es lo que estamos defendiendo? ¿En qué sentido es un peligro la presencia entre nosotros de estas personas? ¿Acaso consumirían nuestros recursos? ¿Nos confundirían demasiado sus ideas extrañas? ¿Pondría su presencia en juego nuestra cosmovisión?

Es importante plantearnos sinceramente estas preguntas, porque considero que como sociedad todos nos agarramos a alguna de estas ideas. Quizá personalmente no le hubiéramos denegado el visado a estos maestros, pero como miembros de la sociedad -sistema- que lo ha hecho compartimos algunos de estos miedos. ¿Son estos axiomas que defendemos en algún lugar de nuestro corazón la tierra? ¿O es la tierra, precisamente, lo que queda cuando los abandonamos?

Mapas, planos, vías, contornos, límites, confines, fronteras, delimitaciones, estacas, precios, inspecciones, derechos, vallas, barreras, muros, senderos, genealogías y perímetros que protegen almacenes, prisiones, tiendas, parlamentos, iglesias, puertos, banderas y residencias presidenciales en la capital de la madre patria.

Tierra. Espacio inexplorado en transformación, escondido en cada respiración.  

Imagen: Artistas de la comunidad Karma Gadri.