-Escucha, esto es lo que yo oí a los sabios de las estrellas contar sobre la tierra y sobre los guerreros que la habitaban.
Quienes escucharon al bardo que erizaba el vello de la piel con sus historias, en el bosque del instante, dijeron que así habló Krishna, dios encarnado en la tierra, al rey del tiempo:
-El rey Gadhi, descendiente del linaje lunar, admiraba mucho a un asceta llamado Richika, quien vivía en un bosque, cerca de su refinada capital a los pies de las cumbres nevadas del himalaya.
El rey Gadhi entregó su hija a Richika. Así lo cuentan las memorias.
Así se encontró la joven princesa viviendo en una cabaña que centelleaba como el firmamento nocturno. Así es como la hija pasó a formar parte de un linaje místico. Fueron testigos la tierra, las nubes y el agua que bajaba en los ríos desde la montaña.
El ermitaño Richika cocinó una ofrenda mágica y dijo a su esposa Satyavati, la hija del rey:
-este alimento es para ti y este otro para tu madre. Al comer el suyo ella dará luz a un ser resplandeciente que será invencible entre los guerreros de la tierra. Destruirá a los más fuertes. Oh, afortunada, en cambio tu hijo tendrá un alma pacífica, este alimento le hará destacar entre los renunciantes.
Pero cuando la princesa pudo recibir la visita de su madre en el bosque la emoción de ambas fue tan grande que confundieron los platos y la reina acabó gestando un alma pacífica en la corte real, mientras la energía consumida por Sayavati, la esposa de Richika el ermitaño, se saltó una generación y pasó a su nieto Rama, quien fue disciplinado y serio; quien seguía minuciosamente los rituales que le enseñaba su padre, pero escondía en su interior un fuego bélico que ningún guerrero podría contrarrestar.
Este fuego fue despertado por el rey Kartavirya; por su avaricia; por atreverse a robar al padre de Rama su vaca sagrada – por querer apropiarse con la fuerza de la abundancia que un renunciante había conseguido con paciencia- se encontró con la violencia de Rama.
Nadie esperaba que el hijo de un ermitaño, nacido y educado con rezos, silencios y meditación en el bosque, se presentara en la corte y usara su hacha, la misma hacha que usaba para cortar la madera del fuego ritual, para amputar los brazos del rey. Nadie se veía venir esa explosión de violencia; menos desde aquella dirección.
Así son los traumas de la humanidad: sorprendentes, inesperados, indigeribles, incomprensibles.
¿Qué hacer en una situación así?
Los guerreros hicieron lo que sabían hacer. Lo que se les había enseñado: vengar.
Tal vez era el momento para parar y repensar la táctica, pero si alguien lo hizo las historias no lo recuerdan, o su leyenda no ha llegado a mis oídos. Lo que sabemos es que el clan del rey Kartavirya se vengó matando al padre de Rama; al dueño de la vaca de la discordia. ¿Y lo que vino después? Una matanza, como nunca se había visto. Rama, el asceta furioso, llegó a recibir el doloroso nombre del Rama del hacha, Parashurama. Porque su instrumento ritual pasó a segar vidas humanas, vidas de guerreros. Los buscó en colinas y valles, poblado a poblado, de refugio en refugio, ciudad tras ciudad, y los exterminó a todos.
Algunas mujeres sobrevivieron y pudieron tener hijos, que se reprodujeron, y cuando la casta de los guerreros volvió a crecer Parashurama bajó de la montaña y los volvió a exterminar.
21 veces.
Porque Parashurama no puede morir. Sigue aquí, escondido. Dicen que en alguna montaña del sur, o cerca de la costa.
-¿Pero cómo sobrevivió la casta de los guerreros entonces, a la furia de Parashurama?- Preguntó el rey del tiempo a Krishna, -Porque entiendo que juró destruir a todos los Kshatriya (guerreros).
-Fue la tierra quien los protegió. Eligió a sus favoritos y los cuidó, uno a uno.
Uno fue cuidado por osos en la montaña, otro protegido por las vacas en el bosque (los terneros le hicieron un lugar entre ellos). Uno fue protegido por las aguas del Ganges y otro por monos de cola corta. Algunos fueron protegidos por el océano.
Estas son las historias de la tierra. La mente no las entiende, porque igual que una cría no puede amamantar a su madre, la mente no puede explicar a la tierra lo que es.
Krishna es Parashurama. Ambos son Dios. La mente no puede comprender a Dios. La mente no puede explicar a Dios.
¿La tierra trabaja para Dios o Dios trabaja para la tierra?
¿Qué es la tierra? ¿Cuáles son sus límites? Y ¿Qué es Dios?
¿Quiénes somos nosotros en esta encrucijada? ¿Cuáles son nuestros límites?
Entre el horror y la maravilla, se vislumbra la realidad.
Imagen del libro La historia secreta de los árboles, editado por Ram Singh Urveti, Bhajju Shyam y Durga Bai.
Fuente de la narración: Mahabharata, Raja Dharma Parva 49.
