Una vieja imagen conocida: en realidad es la primera vez que la veo, pero es como si la conociera de toda la vida: Una puerta minúscula al final del pasillo dentro de mí. Un lugar al que no acabo de llegar, pero que me llama.
Me acerco y la abro, camino hacia su interior. Huele a reencuentro, renuncia y rendición. Veo a Krishna. Sonrisa infinita escondida tras su mirada cristalina. Habla (en el capítulo Raja Dharma Parva, 29) el lenguaje de la vida:
-Te apenas por los fallecidos, que son como objetos en un sueño.
Y cuenta una historia, a su primo, el rey Yudisthira, para animarlo. Palabras enigmáticas, sobre un rey que perdió a su hijo pequeño, al cual un consejero recomienda que no sufra tanto, porque ha habido gente mucho más importante, que hizo mucho más que su hijo, y también partieron, todos, hacia otra vida.
Extraño consuelo, a quien está de luto, decir que gente más heroica y más grande que tu allegado también ha muerto antes que él. Pero no es el contenido de lo que dice Krishna lo que llega, no el significado -que es inasible-, sino los significantes: las imágenes que conjuran sus historias. Historias que hablan de gente que retó al rey de los dioses. De reyes, durante cuyo reinado la tierra daba grano sin ser sembrada; y radiaba, decorada con guirnaldas de santuarios sagrados. Reyes que bebían soma, el elixir de la creatividad liberadora, con los dioses de la tormenta. En tiempos en los que bajaba oro por los ríos; oro que centelleaba entre millares de peces, cangrejos, tortugas y delfines.
Reyes que regalaron un millón de caballos blancos y un millón de toros con los cuernos bañados de oro. Reyes cuyos méritos nadie podría superar (como los mortales no pueden volar moviendo los brazos). Uno de ellos fue Rama, en sus tiempos todas las cosechas fueron suculentas, los seres no se ahogaban en el agua ni había incendios innecesarios. La gente vivía miles de años y cada vaca daba un balde de leche diario.
El rey Bhagiratha regaló mil embajadoras y cada una iba en un carro tirado por cuatro caballos, y a cada caballo lo acompañaban mil elefantes con arneses dorados. Mil caballos seguían cada elefante por detrás y mil vacas seguían cada caballo, con mil cabras y ovejas siguiendo cada vaca. Seis mil músicos celestiales bailando en círculo alrededor de su generosidad al son de las siete notas, inspirando tanto el estudio como el enamoramiento.
Todo esto, que cuenta Krishna, es lenguaje de vida. Es magia. Palabras que generan realidades, nuevas o viejas, pero olvidadas. Palabras que dan forma a lo invisible y crean nuevos significados. Palabras que producen vida, que sostienen, más allá de la comprensión.
