Si en la entrada pasada hablé de la importancia del contexto, en esta continúo el mismo tema con un ejemplo del Mahābhārata, donde el contexto subvierte lo que los participantes del evento dijeron.
De lo que estoy hablando es del recuerdo* del momento en el que Karna fue nombrado general de los Kaurava. Porque aquí el contexto es crucial para añadir capas de comprensión a lo que pasó:
Karna, el nuevo general, había crecido como huérfano. Había sido encontrado en la orilla de un río siendo un bebé, y adoptado por un matrimonio de conductores de carros; sirvientes. Sirvientes con un estatus especial, pero sirvientes.
Karna no debería luchar, pero lo hizo, porque el emperador Duryodhana confiaba en él y lo nombró general de sus tropas. Y, además, para añadir transgresión sobre transgresión, Karna eligió como conductor de su carro al rey Shalya. Un rey no debería conducir el carro de un sirviente, pero a Shalya no le quedaba otra opción que acatar la orden del emperador. Y Shalya, en realidad, ni siquiera quería que su bando ganara. Su código de guerrero le obligaba a luchar y ser fiel a su emperador, aunque no creyera en él, pero Shalya despreciaba a Karna y, auqnue condujera su carro, minaba su moral con comentarios venenosos de los cuales quiero hablar aquí:
De entrada Shalya llamó a Karna estúpido, por creer que podía ganar en aquella batalla. Arjuna, el enemigo jurado de Karna, era objetivamente superior, según Shalya. En el pasado ya se habían enfrentado, le recordó Shalya, y Karna había perdido.
–Hoy morirás, decretó Shalya.
Pero el contexto es crucial. Porque si no lo conociéramos nos podríamos creer lo que Shalya proclamó: que solo estaba siendo objetivo, y estaba avisando a Karna por su propio bien. Pero Shalya, cuando enumeró las ocasiones en las que Karna ya había perdido batallas ante Arjuna, dejó de mencionar el primer encuentro que los dos tuvieron en el torneo de elección de marido de la reina Droupadi, donde Karna superó ante la mirada de todos las proezas de Arjuna.
Shalya tampoco mencionó que Krishna le había pedido que minara la moral de Karna porque lo consideraba un contrincante peligroso para Arjuna. Y tampoco dijo nada Shalya, porque no lo sabía, de que Krishna había avisado varias veces a Arjuna de que no subestimara a Karna. Y otra cosa que Shalya tampoco dijo, porque él no lo sabía, pero Karna sí, es que Karna era el hijo del sol, y había sido abandonado en el río por su madre humana. De hecho Karna era el hermano mayor de Arjuna, que nadie más que su madre y Krishna conocían. Su poder era mayor que el de Arjuna, solo su destino estaba condenado. Shalya no lo sabía, pero nosotros sí, y lo que podemos ver ahora, cuando escuchamos el Mahabharata, es a la guerra psicológica en su esencia. La misma guerra psicológica que transitamos tantos, a diario, en nuestro interior.
Porque estos decretos objetivos que nos hacemos:
“Es imposible llegar a un acuerdo con quienes piensan diferente”, “no podemos cambiar nada en el mundo”, “estamos condenados a aceptar la situación como es”, tienen un patrón en común: cuartan la fe.
Justamente estas semanas, mientras estaba pensando en este fragmento del Mahābhārata, he releído una cita de Alois M. Haas[1] que había subrayado hace años:
«Muy al contrario de lo que la opinión media sostiene, la vida humana está impregnada hasta sus estructuras más profundas por esto que los cristianos creyentes denominan fe. Toda acción humana quedaría impedida o detenida si tuviera que verificarse en primer lugar a partir de conocimientos»
Los decretos de Shalya predicen y deciden de antemano lo que va a pasar. Limitan las posibilidades. Y cuando hablamos de fe tal vez evoquemos estampas religiosas que remiten a imágenes legendarias que ya quedan lejanas a nuestro corazón, pero fe es potencial. Fe es capacidad de acción, posibilidades. En cualquier momento, más allá de las predicciones lógicas que podamos hacer de lo que va a pasar a continuación, más allá del sentido común, existe un océano de posibilidades y desenlaces que nos pueden sorprender. Este potencial es energía, capacidad de transformación.
Cuando cuartamos esta posibilidad, la posibilidad de sorpresa en la que estamos sumergidos, estamos cuartando la energía vital que nos mueve. Por esto un rezo, o una meditación, aunque no tengan lógica en sí, pueden vivificar: porque nos recuerdan el sinfín de posibilidades de sorpresas que la vida nos puede dar. No solo la posibilidad de victoria de Karna, esto sería en sí limitado también, sino más posibilidades impensables, como que Karna y Arjuna se hermanaran, o que descubrieran algo impensable que diera otro sentido a toda la situación.
Este horizonte abierto, inabarcable, de desenlaces potenciales, aprendizajes y cambios de visión inesperados, es también fe y es la energía que mueve y transforma estos cuerpos que danzan y pelean, ríen y se hunden de rodillas en el barro. Un canto suave que compartimos con las gotas de lluvia que caen sobre las hojas de otoño, con el sol que brilla sobre el grano amarillo y el viento que sopla entre la vegetación.
* El Mahābhārata es el recuerdo de eventos que pasaron hace mucho tiempo, pero nos siguen afectando.
[1] Haas, Alois M., Viento de lo absoluto. ¿Existe una sabiduría mística de la posmodernidad?, Siruela, 2009.
