¿Por qué y desde cuándo existe la mentira? Una hipótesis

Todo se hace. Se va haciendo, todo, por sí mismo y por el entorno, en una danza vertiginosa, como millones de aves brillantes que vuelan en remolinos. Incluso lo que llamamos des-hacer, es un hacer. Un hacer de la descomposición, de la cual sale el brote, que crece, florece, se marchita y se descompone, etc.

En sánscrito la raíz más usada para referirse al “hacer” es kṛ, de la que deriva la palabra karma: el hacer continuo. Vishvakarma es “el hacer que está en todo”. El vuelo arremolinado de los pájaros atómicos, este espectáculo embriagador, es el hacer en todo: Vishvakarma.

En términos misticológicos (la misticología es el arte de narrar lo metafísico), Vishvakarma, el que todo lo hace, es el arquitecto de los dioses. Quien da forma al sol, al grano de arena y al mar. El movimiento de la materia.

Y Vishvakarma, el arquitecto de los dioses, tuvo un hijo llamado Vishvarupa: la forma de todo. Un hijo con tres caras. Con una recitaba los cantos inspirados por la esencia de la sabiduría de todos los mundos: los Veda, los poemas que todo lo abarcan. Con otra cara Vishvarupa bebía el néctar de los dioses, el elixir de la inmortalidad, y con la tercera Vishvarupa miraba en todas las direcciones.

Vishvarupa era especial. Era único. Vishvarupa era como todas las formas juntas. Como la unión de todas las formas con la luz de la cual provienen. Especial como la unión de la respiración con la exhalación, y la vida con la muerte. Pero alrededor de las formas orbitan los dioses luminosos, como lunas alrededor de un planeta, o meteoritos alrededor del centro gravitacional de la galaxia. Y encima de todos los dioses está Indra. Desde la cima del cosmos descienden los decretos de Indra, como las percepciones sobre los sentidos, o la lluvia sobre las montañas. E Indra se preocupaba, cuando veía a Vishvarupa, porque la posición de rey de los dioses, el trono en la cima del cosmos, es transferible. Un ser con los méritos suficientes puede ascender y destronar al rey de los deva, los dioses luminosos. Puede convertirse en el próximo Indra.

Indra temía Vishvarupa y el brillo que emanaba su cuerpo. Indra temía que la intensidad de la energía de este ser lo destronara y no se sintió tranquilo hasta que en un arrebato mató a Vishvarupa mientras meditaba.

La sabiduría colectiva que permea el universo se apenó por el acto injusto que cometió Indra. En añadido el cuerpo de Vishvarupa seguía brillando como un sol e Indra seguía intranquilo. Así se le ocurrió al rey de los cielos pedir al leñador Takshā (Taksh: esculpir) que cortara todas las cabezas de Vishvarupa y descuartizara su cuerpo.

-Esto es injusto y cruel – protestó Takshā, pero Indra le prometió una parte de todo sacrificio que se hiciera a partir de ese día.

Entonces Takshā levantó su hacha. De cada cabeza que cortó salieron miles de pájaros. De la boca que solía entonar los cánticos de la sabiduría original salieron perdices (kapiñjala), de la boca que bebía el elixir de la inmortalidad salieron aves terrestres que no vuelan (tittiri) y de la boca de la cara que veía todos los rincones del universo volaron miles de gorriones.

Por supuesto no podemos describir con palabras el dolor de Vishvakarma, el arquitecto de los dioses. Durante 8 días continuados mantuvo una ceremonia, mientras cantaba:

– ¡Oh enemigo de Indra, crece con el poder de mi energía! – y mientras lo hacía, el fuego crecía con furia, y crecía como una torre que superaba los cielos. De repente apareció en la columna de  llamas la cara de un ser que parecía la misma muerte.

-¿Qué puedo hacer por ti padre?- preguntó. -¿Debería beberme el océano, desmenuzar las montañas en polvo, o debería bloquear el paso del sol, o matar a Indra y sus dioses?

Así nació el peor enemigo que los deva han tenido. No podía morir ni a manos del hierro, ni la madera, ni por cosas secas ni húmedas, ni por bambú ni otra sustancia. Su poder aumentaba en la batalla y era grande como el eje del universo. Ese fue Vritra, el enemigo de los dioses.

Los Asura, los eternos contrincantes de los deva, se pusieron del lado de Vritra y lo ayudaron en la batalla cósmica contra los guardianes brillantes de los mundos. Vritra arrasaba con todo lo que se le ponía por delante y destruía las moradas de los dioses – los planetas de placeres en los que residían. Todos los deva tuvieron que huir a los confines de la galaxia, allí donde flota el centro de la existencia, en Vishnu, el que emana el brillo de la vida.

Y Vishnu, como tantas otras veces, ofreció la solución:

-El sabio Dadhicha ofrecerá su esqueleto – dijo Vishnu.

-Por el bien de los tres mundos, ofreceré mis huesos – contestó, efectivamente, el sabio Dadhicha cuando lo visitaron los dioses en su ashram (lugar de retiro) rodeado de árboles tras las aguas de Saraswati, la ría invisible.

Dadhicha, brillando como una estrella, expulsó su vida del cuerpo controlando la respiración. Con los huesos de su cuerpo construyeron los dioses para Indra su arma más mortífera: El Vajra, el diamante que fragmenta la percepción de la realidad. El rayo que separa el cielo de la tierra. Afilado y con un sonido horrible.

-Yo mismo permearé con mi poder – prometió Vishnu, -este arma misteriosa cuando reduzca Vritra a cenizas.

En ese momento el brillo intermitente de las estrellas habló al corazón de Vritra en silencio, como si recibiera los pensamientos de cientos de miles de consciencias profundamente sabias a la vez:

-Oh Vritra, todo el universo teme tu poder y aún así no encuentras sosiego. Es tu enemistad con Indra lo que no te deja dormir. El que practica la enemistad nunca consigue la felicidad. Por vuestras guerras estamos todos los seres agitados, pero los sabios deseamos que vosotros, y todos los nacidos (jivas), seáis felices. Jurad juntos un tratado de paz. Puedes confiar en la palabra de Indra, él sabe que esta tierra se sostiene en la verdad, el sol amanece por la verdad, el viento sopla por la verdad y el océano no se desborda por la verdad.

Oyendo este consejo Vritra se ablandó y aceptó a Indra como aliado. Creyó en su palabra y los dos enemigos se volvieron aliados y, con el tiempo, amigos. Durante tres años permanecieron juntos por la tierra; hablaron, rieron, jugaron y, una tarde, tras caminar por la playa cogidos de la mano, Vritra se sintió complacido y soñoliento, y decidió dormitar un poco sobre la arena, junto a Indra.

Cuando bajó el sol, llegó el terrible momento de la jornada en el que no es ni de día ni de noche. Todo quedó teñido de luz rojiza. Vritra dormía tranquilamente entre el agua del mar y la arena, cubierto con la espuma de las olas. No estaba ni seco ni mojado, y el Vajra, el arma que no está hecha de ningún material, fue lo que Indra usó para golpear a Vritra. El poder de Vishnu penetró el ataque, también, y Vritra cayó fulminado.

Entonces Vishnu volvió al centro del universo (Vaikuntha), con miedo.

Los Munis, sintieron que el epíteto de sabios había perdido sentido: -Nuestras palabras han sido las de la traición – se lamentaron -el apego a lo conocido es la causa de todos los males.

Indra se sintió tan avergonzado que se escondió en un lago. Su cuerpo se volvió delgado por la tristeza; se volvió tan fino que entró en el tallo tubular de un loto, y allí pasó a alimentarse y vivir como una serpiente.

Los cielos quedaron entonces sin rey y los dioses descendieron a la tierra y pidieron a un rey del linaje de Manu, el padre/madre de la humanidad, que ocupara el cargo vacante. Ese rey fue Nahusha, cuya historia se contará en la próxima entrada de este blog.

Pero ¿por qué mintieron Vishnu e Indra?

Cuando la luz primordial de la vida entra en el plano separado de la materia y se despliega en mil y una formas, asume la confusión del mundo, en su interior. La creación se muestra a sí misma en la renovación anual de la naturaleza, en sus disoluciones y reordenamientos. Se muestra como “el gran cambio”. Este es un universo ordenado con un conflicto de poderes inmanente; y detrás de él yace el Cambio, cuya naturaleza permanece inescrutable. La existencia se revela en la materia y, a causa de la limitación y fragmentación inherente a la misma materia, la existencia también se vela a sí misma en la materia. La verdad se nos esconde y se nos revela en un pulso rítmico. Este e el atractivo y doloroso enigma de la vida.

Esta es una de las últimas entradas de este cuarto año de Respirar el Mahabharata. La investigación de este año gira alrededor de la relación entre azar, ritual, compromiso y el Mahabharata. El resultado del trabajo de este año será un taller sobre como respirar el Mahabharata, con el juego de Lilah como herramienta. Cada entrada de este último año ha estado basada en tres casillas del tablero del juego de Lilah, en este caso las casillas 26, 61 y 72.

Es importante para mí decir que escribir sobre el Mahabharata cuando la mitad de la ciudad en la que vivo está sumida en manifestaciones tiene sentido. El Mahabharata es la historia de lo que nos hace humanos en medio del conflicto, cada uno de sus pliegues apunta a esto y por esta razón es relevante seguir estudiando y compartiendo su luz.

Aprovecho para compartir aquí, también, el enlace a una entrevista que contesté a la plataforma de  Artistas del Presente sobre este proyecto: Entrevista.

Viaje hacia el centro de la tierra

Nárada es, fue y será, una y otra vez, y de nuevo, una vez más, el hijo de la causa del Big Bang. Nace y renace con cada explosión.
Vyása es el nombre del poeta místico que nos cantó la historia de nuestros orígenes, a la humanidad; y lo hizo antes de la prehistoria.
Se dice que, en una ocasión, un discípulo de Vyása le habló al rey sobre un encuentro entre Vyása y Nárada. Vyása le preguntó a Nárada si sabía quién era el arquitecto supremo del universo, y si sabía si este era eterno o universal, y si se creaba a partir de un solo foco o de varios.
Nárada, se cuenta, le respondió a Vyása que esto mismo le había preguntado él a su padre Brahma, quien es la explosión de energía infinita que impulsa nuestro viaje por el tiempo.
-Me sentía anegado en este mar de formas y apariencias (māyā)- le confesó Nárada a Vyása -Mi corazón estaba agitado por las dudas, y le hice estas preguntas a mi padre, quien me contestó:
-Cuando abrí los ojos en el mundo me encontré sentado entre miles de pétalos de luz y allí donde alcanzaba mi mirada solo veía agua oscura.
Esto sobre lo que estoy sentado es como una flor de loto, pensé, y la flor de loto hunde sus raíces en la tierra para extender su tallo a través de las aguas.
Así que buceé en las aguas sobre las que flotaba siguiendo el tallo del loto que me servía de asiento (āsana). Pero las aguas eran oscuras y aunque pasara años buceando no llegaba al fondo.
De repente, escuché una voz en mi interior que me dijo:
-¡Crea!
Pero yo no entendía qué podía crear, y con qué elementos, si a mi alrededor solo veía negrura líquida.
Entonces aparecieron en las aguas dos demonios sombríos como la duda que agitaron el tallo que me sostenía y me arrastraron al fondo de las aguas con una velocidad vertiginosa. Parecía que me llevaran hasta el fondo de los fondos y pensé que me iba a pasar la eternidad así, entre sus garras. Pero de repente tocamos fondo y pude reconocer a mi alrededor la silueta de un ser enorme; un cuerpo que abarcaba todo lo que existía; que dormía.
Aterrizamos sobre el muslo de este enorme ser durmiente y había allí otra figura, en postura de meditación, que parecía ajena a nosotros. Pero de repente apareció en medio de la oscuridad una luz brillante como nunca había visto. Aunque cerrara los ojos y los cubriera con las manos nada cambiaba, seguía viendo el brillo de la luz con la misma intensidad. Y su forma era como la del cuerpo de una mujer.
Y nos habló:
-Desprendeos de la pereza y haced vuestro trabajo de creación, preservación y destrucción.
Y oyendo la voz suave de la diosa respondimos los tres:
-Oh madre, pero no hay tierra aquí, no existen los elementos, ni los sentidos ni las cualidades.
-Abandonad el miedo y subid a este carro- nos dijo -os mostraré algo maravilloso.
Y nos subimos a una plataforma decorada con gemas variadas, cubierta de perlas y rodeada del sonido de tintineantes campanadas. Esta plataforma se elevó sobre los cielos y se puso a volar sobre las aguas.
Nos quedamos asombrados cuando de repente volamos sobre una tierra firme que apareció en medio de las aguas. Era un lugar que resonaba con el sonido de los pájaros cuco y abundaban los árboles fruteros, los bosques y los jardines. Habían grandes ríos, lagos, cascadas, estancos pequeños, mujeres y hombres.
Vimos una ciudad rodeada de una muralla divina con varios templos y palacios en su interior, así como otros edificios magníficos.
A continuación vimos un rey brillante salir a cazar al bosque.
El aeroplano que nos llevaba se elevó a gran velocidad y llegamos a un jardín en el que solo había dicha (Nanada). Allí vimos la vaca de la abundancia universal (Surabhi) descansando a la sombra de un árbol.
Vimos ninfas a su alrededor, jugando y bailando. Habían cientos de espíritus jugando con el viento, los árboles susurraban rezos y agradecimientos.
Entonces el carro volvió a elevarse y en un parpadeo nos encontramos en el centro de la expansión cósmica (Brahmā loka), donde fuimos saludados por cientos de dioses.
Allí mis compañeros de viaje, el que lo abarcaba todo (Viṣṇu) y el que meditaba en silencio (Śiva), se sorprendieron de ver otro Brahma igual que yo. Estaba rodeado de las cuatro caras del conocimiento (Veda) y serpientes traslúcidas.
-¿Quién es este Brahma eterno, me preguntaron?
-No lo sé, – les dije. -No lo conozco. ¿Quién es él?¿Quién soy yo? Vosotros también sois dioses, decídmelo vosotros.
Pero antes de que me contestaran seguimos volando y llegamos al monte Kailasa, donde entre sonidos de tambores vimos otro Shiva cabalgando el toro de la tierra y, antes de que pudiéramos preguntarnos nada, el carro nos apartó de ahí con la fuerza del viento y nos encontramos en la corte de la belleza.
El lugar emanaba una maravillosa manifestación de poder, y nuestro compañero se sorprendió mucho al ver allí otro Vishnu, con cuatro brazos, cabalgando el ave que cada amanecer vuelve a robar el elixir de la inmortalidad a los dioses (Gāruḍa / Gāyatrī)
Nuestro transporte se siguió elevando y vimos un océano de néctar (Sudhā Sāgara) con olas que jugaban sobre su superficie, y vimos en su centro una isla de gemas (Mani-Dvīpa) y árboles en flor. Resonaba en ella el zumbar de las abejas e instrumentos musicales armoniosos.
Y desde nuestra plataforma, vimos en la distancia un diván, cubierto de joyas y perlas, y en él había una mujer divina sentada, con una tela roja y la piel cubierta de sándalo.
Parecía más bella que millones de diosas de la belleza juntas. Nunca habíamos visto una forma igual.
-Incluso los pájaros en este maravilloso lugar entonan la sílaba mística Hrim… Hrim… Hrim… – nos dijimos.
La mujer tenía el color del sol naciente y estaba adornada con todos los atributos de la naturaleza.
Estaba rodeada también de mujeres jóvenes con cuerpos que eran llamas doradas.
-¿Quién es esta mujer?- Nos preguntamos -¿Cómo se llama? No la podemos reconocer desde esta distancia.
Y mientras decíamos esto ella abrió de repente mil ojos, y mil manos, y mil pies, o algo así nos pareció a nosotros, porque no había lugar que su presencia no alcanzara. Y de repente Vishnu, por su inteligencia, llegó a la conclusión y dijo:
-¡Ella es la gran diosa- inalcanzable y eterna!¡Ella es la plenitud!¡Es la causa de todos nosotros! Es inconcebible para el intelecto. Es eterna y no eterna. Es la fuerza de voluntad del Yo universal. Es la creadora original del universo.
Durante la destrucción del universo es ella la que atrae hacia su corazón todos los cuerpos sutiles (liṅgā śarīra) para jugar.
A su alrededor se disponían todas sus potencias (vibhutis), como si fueran todas reflejos y sombras de la Diosa, en forma de riquezas (śrī), consciencia (Buddhi), fortaleza (Dhritti), memoria y amor (smṛti), fe (śrāddha), inteligencia (medha), compasión (dayā), modestia (lajjā), avidez (tṛṣṇā), perdón (kṣaṇa), rigor (akṣaṇa), brillo (kānta), paz (Śānti), sueño (nidrā), entumecimiento y pesadez (tandrā), vejez (jarā), falta de vejez (ajarā), conocimiento (vidyā), ignorancia (avidyā), deseos (sprihā), fuerza (śakti), debilidad (aśakti), grasa (vasā), tuétano (majjā), piel (tvak), vista (dṛṣṭi), palabras justas e injustas (satyāsatya vākyasatyāsatya vākya) y los 35 millones de canales energéticos del universo (Nādi) – todos estaban allí a su alrededor.
-¿Ves Brahma?- ella se dirigió hacia mí : -¿Qué sustancia puede haber en el mundo que no esté conectada a mí? Yo soy todas las formas. En esta creación soy una, y mucho. Penetro toda sustancia y soy siempre la causa. Soy el frescor del agua y el calor del fuego; soy el brillo del sol. Así, y de muchas otras maneras, manifiesto mi poder. Soy el frío de la nieve. Sin mi poder la tierra no podría sostener ni un solo átomo; mucho menos los seres vivos.
Soy el océano, soy la nieve y soy el palpitar de tu corazón. Yo cuido los velos de la realidad.
Esto le dijo la diosa a Brahma, o algo que sonaba a esto. Brahma se lo contó a Nárada, por lo que sabemos. Nárada se lo contó a Vyása, en la orilla del Ganges. Lo escucharon las aguas y se lo contaron al viento. El viento lo sopló en los oídos de Arjuna, en la cima de los mundos, en un lugar del Himalaya, y a Arjuna le pareció suficiente; y volvió a casa.
-¿Pero quién es Arjuna y qué hacía en la cima del mundo? Si quieres leer esto continúa a la entrada anterior.

El verdadero origen del fuego

Rudra es un nombre que muchos traducirían como el aullador. Shiva (El bondadoso) es otro nombre que recibe lo mismo, que es algo que no es algo, porque no es un objeto, pero tampoco es nada.
Si uno tiene muchas ganas de conocer a Shiva, cuando sueña se puede encontrar con una figura delgada y alta, que tiene forma humana pero no lo es, quien le puede indicar que suba a un autobús, o coche, o le enseñe un mapa o le indique un puente colgante o unas vías de tren abandonadas, que llevan al sueño profundo – al silencio, del cual no recordamos nunca nada durante la vigilia. Y más allá de ese silencio está Shiva. Por esto Shiva está siempre aquí, pero lejos. En un lugar que lo permea todo, como el líquido de las aguas.
Aquí, pero lejos, Shiva se refleja en Vishnu. Dos nombres equivalentes, eternos, pero uno es siempre y el otro nunca, o uno es todo y el otro nada, y ya no se sabe quién es qué; o los que lo saben no lo recuerdan, o los que lo recuerdan no se lo cuentan a cualquiera.
En ese lugar, nace del ombligo de Vishnu una flor de loto, que esconde dentro de sus pétalos a Brahma, el poeta que creó a los poetas; el que otorga formas a la realidad, con las palabras que inventa.
Cada letra que pronuncia Brahma es como una llama que se enciende en el seno del calor. Por esto se dice que quien logra recordar algo de este lugar recuerda treinta y seis mil fuegos, que son las letras que crean los sueños.
Durante la vigilia la mente cabalga estas letras como a una yegua en llamas, difícil de domar.
Pero en fin, en ese lugar, Brahma habla con Shiva, y juntos deciden hacer una visita a Vishnu. Porque Vishnu vive en una isla blanca, hecha de finísima arena. Y cuando Brahma, acompañado de Shiva, se sienta ante Vishnu, ve salir de él, como si fueran cientos de miles de millones de velos que lo cubrem, y descubren, siluetas de una multitud de apsaras: mujeres desnudas y cubiertas de joyas que bailan y mueven brazos, codos y dedos, de las manos y los pies, al ritmo de los cantos armoniosos que ellas mismas entonan. Una levanta una rodilla, otra rota suavemente el muslo, una golpea la arena con la planta desnuda del pié, otra hace volar su cabellera, una parpadea, otra sonríe. Suben y bajan los pechos, se gira una cadera amplia y una mano con los dedos extendidos tapa otra cadera algo más estrecha.
La mera visión de las bailarinas fantásticas que rodean a Vishnu, los pechos redondos de las apsara, sus nalgas en tensión y la fluidez de sus movimientos, acaloran el cuerpo de Brahma, que siente en sus genitales un ardor que le acaba haciendo eyacular, solo, antes de poder tomar el control de sí.
Brahma siente vergüenza e intenta tapar las pruebas con una parte de su vestido. Envuelve con tela, en un movimiento rápido, su semilla mezclada con arena blanca, y lanza el atado al mar.
Al instante sale de las aguas primordiales un niño luminoso, que brilla como el sol de soles, y se abraza llorando a Brahma.
Tras él, antes de que nadie pueda reaccionar, se eleva desde el mar Varuna, el dios de las aguas profundas. El dios de todas las aguas negras del inconsciente.
-Vengo a reclamar mi hijo – exclama Varuna. Pero Brahma ya le ha cogido cariño al niño y de un manotazo hace volar a Varuna lejos de la orilla.
Pero Varuna vuelve, y reclama de nuevo su hijo.
-¿Cómo puedo abandonar alguien que se está abrazando a mí con todas sus fuerzas y me pide amparo y refugio? – Dice Brahma.
Ante lo cual, interviene Vishnu:
-He visto bien toda la secuencia, Brahma. Este niño es hijo tuyo, fruto de tu deseo. Pero ha nacido en las aguas de Varuna. Los sabios saben que el maestro de uno es como un segundo padre, así que si Varuna acepta al niño brillante como discípulo, los dos compartiréis la paternidad.
Al niño, lo llaman Agni, y es el fuego. También fue bautizado Hutāsana, que lo consume todo, porque nació del deseo desbocado de Brahma y eso le impregnó, de raíz, de un hambre infinito que solamente las enseñanzas de Varuna, el dios del agua, puede regular y calmar.
Agni es inquieto también, y no hay lugar del universo en el que no quiera estar. Por esto Brahma le encargó recoger las ofrendas de los corazones que todos los seres, con o sin forma, hacen a los dioses, a Vishnu y a Shiva.
Al poco tiempo, sin embargo, Brahma se dio cuenta de que ninguna ofrenda llegaba a los dioses y se concentró en la raíz de la realidad (mūlaprakṛti), donde vislumbró una energía femenina de color azul, que reconoció como aquello que faltaba a su hijo Agni.
Le había costado a Brahma reconocer a esta diosa sutil porque ella tenía su atención dirigida exclusivamente a Shiva, y no tenía ningún deseo ni intención de dispersarse entre los tres mundos.
Shiva intervino en ayuda de Brahma, y todo los dioses, y prometió a la energía azul, de nombre Svāhā, que dado que el fuego está en todas partes si se casaba con el fuego una parte de ella siempre estaría en el mundo de Shiva, junto a él, mientras en otros planos temporales podría acompañar al fuego.
Así es como Svāhā aceptó acompañar a Agni y se la puede reconocer siempre en los matices azulados de las llamas.
Tras 12 años cósmicos de estar juntos Agni y Svāhā tuvieron tres hijos: Dakshināgni, Gārhyapatyāgnī y Āhavaniyāgni; el fuego ceremonial, el que se cuida en el hogar y el de las invocaciones.
Todas estas llamas son los hijos de Agni y Svāhā. Las crestas de las llamas, ese lugar donde el calor dorado de cada lengua del fuego se difumina en el aire, es Rudra. Porque Rudra es el aullido del fuego. Y los tintes azulados en la base de las llamas son la esposa del fuego, Svāhā, que vive abrazada a él, pero tiene el corazón con Rudra. – Es por ella que todas las ofrendas transcienden allende los tres planos, van más allá de los sueños y más allá del silencio.
El deseo es la fuerza que ilumina la vida, el fuego es su forma y Svāhā es la guía para volver al origen, que está aquí y lejos, porque está en todas partes, es inmensurable e indescriptible.
También indestructible.
Ninguna de las palabras que escribo aquí son la realidad, pero a la vez lo son todas. Las palabras son pequeños destellos en las aguas oscuras de lo que hay. Cuando las palabras se invocan junto a Svāhā, se convierten en el corcel flamante sobre el que la mente puede cabalgar hacia el lugar del que venimos todos, más allá de las palabras y más allá del silencio.

Las fuentes de esta narración son el Brahma-Vaivarta Puranam y el Devi Bhagavata Purana, así como citas de Brahmanas y diversas Upanishads recogidas en el clásico La presencia de Shiva, de Stella Kramrisch y los comentarios a los Brahmā Sutras en la edición castellana de Consuelo Martín. También en El Ardor, de Roberto Calasso.
El secreto de los nombres de Dios, de Ibn Arabi, también ha influenciado esta narración.

Esta es la última narración del tercer año de la performance Respirar el Mahabharata; dedicado al fuego. El próximo, si dios quiere y lo permite, será el “manifiesto del tercer año”, en el que me esforzaré por expresar, como los años anteriores, en qué lugar se encuentra el proyecto ahora ante el estreno del tercer capítulo del espectáculo, el próximo 12 de Diciembre de 2018.

Bajo la mirada de un avatar

Entre todas las cosas sorprendentes que existen sobre la faz del azulado planeta que nos acoge existe una persona que nació en el estado indio de Gujarat, en el oeste de este país, y ha llegado caminando al estado de Tamil Nadú. Solo hace falta googlear un mapa de la India un momento para entender que pasa algo especial con este hombre. Él me ha dicho en una ocasión que sus maestros son el sol y los árboles; a ellos los escucha y al sol lo mira directamente; a causa de una anomalía en los ojos, desde niño tiene la capacidad de mirar directamente al sol sin hacerse daño. Su apellido es también Vyasa. Es decir, su familia desciende del mítico compositor del Mahabharata.

Siempre va de blanco. Usa turbante, ropa y sandalias blancas. La barba que tiene es larga y también blanca.

El día que lo conocí pasamos horas juntos. Nos reunimos al mediodía y sin darnos cuenta el sol se fue escondiendo bajo el horizonte. Estábamos sentados bajo el cielo, rodeados de bosque y sin luz artificial. Se hacía de noche pero seguíamos en el mismo lugar, la conversación pausada pero intensa y a medida que oscurecía me parecía que sus ropas brillaban cada vez más. Compartir la tarde con un descendiente de Vyasa no es poca cosa para mí. Además fue él quien, mirándome fijamente, me dijo: «creo que ya es hora de que conozcas a Hanuman».

La seriedad con la que lo dijo me produjo escalofríos. Entendí al instante que no estaba hablando en sentido alegórico y no valía la pena buscar una explicación racional a lo que me decía.

Asentí.

Cuando fui invitado por primera vez al templo de Hanuman no pensé que tendría el honor de verlo, pero pasó. Mientras estaba contando el Ramayana, en inglés -con un traductor a mi lado que volvía a contar en Tamil las partes del Ramayana que yo recuperaba-, empecé a notar que el sacerdote ya no era el sacerdote. Su cuerpo empezó a balancearse siguiendo un ritmo que recordaba más bien el de los monos. Se apoyaba en el suelo con los brazos estirados, como lo hacen los gorilas, y sus ojos ganaron un brillo hipnótico, juguetón, alegre, profundo e inteligente. El traductor me susurró de repente al oído: «cuida lo que cuentas porque Hanuman está aquí». Después los tambores aceleraron su latido, aumentó el volumen, Hanuman se levantó, rezó con voz atronadora, levantó una pesada maza que tenía preparada y se puso a bramar en Tamil y Sánscrito.

-Te está llamando- me dijo el traductor.

Yo me levanté y sentí que aquello no era un juego y que no estaba en condiciones de ponerme cínico. Me arrodillé, renuncié al sentido común y me entregué a la experiencia.

Sentí la mano de Hanuman sobre la frente, y escuché sus bendiciones. Después Hanuman se sentó y me preguntó a través del traductor una pregunta simple pero importante, sobre la que sigo reflexionando:

-Hanuman dice que ¿qué es lo que quieres?- Así de simple y así de directo me lo traducen.

Para mí es una pregunta existencial. ¿Por qué este viaje? ¿Por qué esta atracción por las historias sagradas? ¿Por qué son tan importantes para mí?

Lo que le contesto a Hanuman en el momento es una cosa, y el proceso interior que inicia esta pregunta, en aquel lugar, y de aquella manera, es otra muy diferente.

Pero lo que me choca, sin embargo, es el día después. Cuando yo sigo pletórico por lo que me parece un evento que sobrepasa todas las expectativas que puedo haber puesto en este proyecto, me reúno con amigos que presenciaron todo el ritual y me encuentro con devoluciones sorprendentes:

-Yo entiendo que para ti todo esto sea importante pero yo, la verdad, si supiéramos que veníamos a esto, no venía. Yo fui para escucharte contar historias, no para ver todo el show del sacerdote.

-Para mí esto no es espiritualidad, esta parte de la India no me interesa.

-A mí ayer me gustó, pero me sobró un poco la parte del “recreo Hanuman”. Hubiera preferido escuchar más historias.

Me siento como en un aterrizaje forzado, al límite de estrellarme. Como si me hubieran borrado todas las estrellas del cielo de un manotazo. ¿Es que no vieron a Hanuman?

Y me vuelve la pregunta, ¿qué quieres?

Quiero decir, ¿qué busco con estas historias? ¿Flipar, llegar a sensaciones especiales, tener “viajes místicos”? ¿Es esto lo que importa?

Al cabo de unos días el chico que hizo de traductor la noche que vi a Hanuman, que resulta ser el hijo del hombre que lo canaliza, me lleva en moto a ver otro templo de Hanuman cerca de la región. Es un templo especial que guarda una piedra flotante. Cuando Sita, la encarnación femenina de Dios, fue secuestrada y escondida en la isla de Lanka, para ayudar a Rama, el avatar masculino de Dios y marido de Sita, los animales del bosque construyeron un puente gigante que conectó el continente indio con Lanka. El puente fue diseñado por Nala, uno de los monos, o Vanaras, compañeros de Hanuman, y fue construido por piedras que flotaban sobre el agua gracias a cierta manipulación avanzada de la materia que Nala conocía y efectuaba por mediación del nombre sagrado de Rama. El templo al que nos dirigimos en la moto guarda una de estas piedras, un trozo de roca que pesa 120 kilos y flota en una fuente de agua.

Mi expectativa, mientras siento en la cara el viento fresco y cargado de mosquitos, es mayor. Pero a la vez me pregunto de nuevo cual es mi verdadero propósito y qué es lo que busco en este templo. Si veo una piedra que flota, ¿en qué cambia mi relación con el Ramayana y las historias sagradas? ¿Qué me demuestra este tipo de prueba? Primero, sea lo que sea lo que vea, y vi, efectivamente, siempre puede ser un engaño. Segundo, el significado profundo de las historias sagradas en mi corazón no necesita apoyarse en ninguna prueba física que al fin y al cabo está basada en una percepción de mis sentidos.

Esta cuestión me hace recordar el encuentro del sabio Markandeya con Vishnu, o Dios, cuando Vishnu, en forma de niño, levantó a Markandeya con dos dedos y se lo tragó. No es que Vishnu creciera, o encogiera a Markandeya, simplemente hizo que cambiara su percepción de las medidas. Dentro del cuerpo de Vishnu, Markandeya se sentía muy en paz y veía todas las cualidades de la naturaleza bailar ante él. Las direcciones, las formas, los colores, toda la realidad estaba allí, lejos y cerca. Sus oídos escuchaban todos los sonidos posibles juntos, en una armoniosa vibración repetitiva, en la que Markandeya comenzó a reconocer la recitación cíclica de las palabras Sah Aham, Sah Aham, Sah Sham… “eso soy yo”, en sánscrito. Poco a poco, la repetición de las mismas palabras comenzó a amalgamarse y se dice que a Markandeya le pareció escuchar también Hamsa, Hamsa, Hamsa…  Hamsa es el ave sagrada, símbolo del alma y la liberación, que algunos diccionarios traducen como cisne y otros como ganso.

Cisnes, gansos o almas liberadas, engaños, trucos baratos, piedras flotantes, dioses, sacerdotes en trance, motocicletas, vacas y el olor del viento… todo esto importa como todo, pero lo que más me importa es que la noche en la que conté el Ramayana en el templo de Hanuman todos nos entendimos. Nos reunimos indios tamiles, indios de Gujarat y Rajastán, argentinos, dos alemanas y un catalán nacido en Israel, más la presencia de un avatar divino, y todos estábamos unidos. Nos mirábamos y nos reconocíamos, porque las historias sagradas hacen esto.

Cuando se comparten las historias sagradas no importa qué tipo de personas las escuchan, ni de dónde vienen, todos no las entienden de la misma manera. Son historias que sobrepasan nuestra inteligencia y hacen que nos encontremos en otro plano, con la mirada amplificada y a la vez humilde de reconocer nuestra mutua humanidad. Esto es el camino de la paz y es lo que busco, esta fue mi respuesta a Hanuman.

Cuentos reales

Shaktival es el nombre que usa un hombre de mirada tímida y sonrisa generosa que vive en la aldea de Kottakarai, en el sur de la India. Shaktival trabajaba de cocinero y tenía una pequeña pastelería en la que vivía con su familia, cuando acudió a la inauguración de un templo dedicado a Hanuman cerca de su pueblo.

Aquí hago un inciso para explicar quién es Hanuman, con el hándicap de no saber qué explicar. Estos últimos quince días he estado muy dedicado a Hanuman, hasta el punto de recibirlo en un sueño, en el que Hanuman se me ha aparecido en la forma de una máscara asimétrica, o mejor diría como una letra china hecha de planchas doradas que se asemejaba a la representación de una cara casi humana; casi como un jeroglífico dorado, que flotaba en el cielo y me preguntaba provocador:

-¿De verdad crees que me vas a comprender?

Este es Hanuman para mí.

La representación común de Hnuman, no la que soñé yo, es la de un hombre fornido con cara de simio. Se le representa muchas veces volando, con una maza y una montaña en la mano, y otras rezando o meditando.

Un evento central en la historia del universo es el momento en el que los Deva, las divinidades luminosas, y los Asura, magos oscuros con poderes cósmicos y titánicos enemigos de los Deva, se asociaron para batir juntos el océano estrellado del universo y destilar de él el elixir de la inmortalidad. El Mahabharata narra este evento pero omite que en el momento en el que la primera gota de la inmortalidad salió exprimida del océano, Vishnu tomó la forma de la mujer más sensual que había visto el cosmos y bailó una danza tan hipnótica que todos los Asura quedaron hechizados, inmóviles. Este momento de distracción o aprovecharon los Deva para hacerse con la inmortalidad. La operación fue un éxito pero, según me han contado, a Shiva le gustaron las formas de aquella mujer ilusoria que había representado Vishnu y quedó enamorado.

Me cuesta encontrar las palabras justas porque me es imposible discernir las corrientes sutiles e inmesurables que impulsaron a Shiva e Vishnu a ejecutar aquella acción enigmática pero el hecho es que hicieron el amor, los dos aspectos de la divinidad, Vishnu en forma de mujer y Shiva en forma de hombre. Su descendencia, el fruto de aquél acto de amor, fue una energía tan podersa que no podían bajarla directamente al mundo material. Le pidieron al dios del viento que lo hiciera y así, en el seno de una tribu de monos, el embrión que la madre de Hanuman acababa de concebir en su interior fue cargado con la energía del dios del viento y la energía de Shiva, con la intervención de Vishnu.

Hay una explicación, también, de por qué esta energía nació entre monos, pero la dejo para otro día.

Siguiendo con la energía de Hanuman, nos podemos ir formando la idea de que era poderoso como un agujero negro, por lo menos, y siendo todavía bebé confundió la imagen del sol entre las hojas de un árbol de mango con una madura fruta dorada, lo cual le impulsó a saltar hacia el espacio exterior para comerse al sol.

Se dice que las cualidades de Hanuman son inmesurables, incluido su cuerpo físico: puede volverse más pequeño que un átomo o más grande que la galaxia en la que vivimos. No tuvo ningún problema en engullir el sol.

Quién sí tuvo problemas con ello fue Indra, el rey de los Deva y el encargado de mantener el orden meteorológico. Por culpa de aquel monito la tierra se quedó sin luz e Indra defendió el equilibrio golpeando la mandíbula de Hanuman con su arma, el rayo, de manera que Hanuman cayó de vuelta a la tierra con la boca abierta.

El dios del viento recogió a Hanuman en su caída y Shiva explicó a Indra que era a su hijo a quien había golpeado. Todos los dioses se sintieron mal y bendijeron a Hanuman con regalos. Indra transfirió al cuerpo de Hanuman toda la energía del rayo y Brahma le dio la capacidad de comprender toda la creación.

Para que no causara más problemas los dioses hicieron que Hanuman olvidara sus poderes y el sol asumió la responsabilidad de convertirse en su gurú, guiando sutilmente a Hanuman a través de su vida hacia la madurez.

Y estas historias las tenía muy incorporadas Shaktival, el pastelero con quien he empezado este escrito, cuando fue a la inauguración de un templo de Hanuman.

Recogió algunas de las monedas que lanzaron los sacerdotes durante la ceremonia y volvió caminando a casa. Pero en el camino encontró una fotografía en el suelo, en un lugar inesperado, en medio del campo. Era la fotografía de una estatua negra de Hanuman decorada con una larga guirnalda.

Esto le pareció una señal a Shaktival y se llevó la fotografía a casa, le preparó un altar, le encendió una vela, le hizo las ofrendas apropiadas y le rezó a Hanuman con mucha devoción.

Shaktival no habla inglés, todo lo que cuento lo sé de su hijo, Cakrapani, que me contó que aquella misma noche su padre despertó a la familia saltando por la casa y cantando el nombre de Rama.

Hanuman es, ante todo, devoto de Rama. Rama es una de las encarnaciones más importantes de Vishnu y la historia de Rama es el llamado Ramayana, “la vía de Rama”, una historia que me encanta narrar y que fue la semilla de este proyecto de Respirar el Mahabharata.

El Ramayana se puede encontrar dentro del Mahabharata; los cinco hermanos protagonistas lo escuchan narrar en la selva. Por razones que espero poder explicar mejor en el futuro, siento que el Ramayana es el corazón del Mahabharata, es su compasión, así como la Bhagavat Gita es su comprensión. Es por esto, y porque Hanuman actúa también en el Mahabharata, que considero este escrito apropiado para este diario de Respirar el Mahabharata.

Volviendo a Hanuman, lo que más le gusta hacer es decir el nombre de Rama.

Al cabo de un rato Shaktival volvió en sí y dejó de actuar de aquella manera, pero el evento se repetía y noche sí noche no, Shaktival volvía a saltar en trance recitando el nombre de Rama. Pronto la familia entendió que en aquellos episodios su pariente se veía poseído por la energía de Hanuman, a quién de día Shaktival seguía venerando en su apropiado altar.

Dado que Shaktival seguía siendo un padre de familia tierno y responsable, y el negocio de la pastelería prosperaba, la familia aprendió a convivir con la situación. La esposa de Shaktival intentó acudir a ciertos expertos para que bloquearan el acceso de Hanuman al cuerpo de su marido, pero nada funcionó. Hanuman seguía apareciendo y se convirtió en una más de la familia.

En caso de que leer esto te incomode, por parecer demasiado íntimo, he de decir que cuando le he preguntado a Cakrapani, el hijo de Shaktival, si podía contar su historia, me ha mirado con los ojos bien redondos y me ha dicho, sorprendido:

-Es la verdad, ¿Por qué no lo vas a poder contar?

Pero todo cambió cuando llegó a la pastelería de Shaktival un amigo, llorando, y le contó que estaba pensando vender su casa para costear una operación muy difícil. Un agente policial había dañado una vértebra del hijo del señor desesperado, golpeándole con un bastón, y la única posibilidad de que volviera a caminar era con una operación que la familia no podía pagar de otra manera.

Aquel día fue la primera vez que Shaktival se atrevió a compartir con alguien lo que hasta aquél momento la familia consideraba una excentricidad. Le explicó al señor necesitado la situación y le ofreció consultar a Hanuman como último recurso, antes de vender la casa.

Aquella misma noche invocaron a Hanuman y este ser tan enigmático, mono, mensajero divino, avatar y poseedor de la visión del poeta original, recomendó a los presentes preparar un ungüento hecho de hierbas que podían recoger en los bosques cercanos. Desde un punto de vista médico la recomendación era absurda pero Shaktival insistió a su amigo probar aquello como última opción. Si no funcionaba, podían pasar a vender la casa y pagar la operación.

Sobra decir que, milagrosamente, funcionó.

El amigo de Shaktival le regaló una vaca, y rápidamente comenzaron a aparecer personas de las aldeas vecinas pidiendo consejos de Hanuman.

Las vacas han aumentado, de una a nueve. La pastelería se cerró y en un terreno nuevo se ha erguido un modesto templo a Hanuman, que Shaktival mantiene en un estado continuo de incuestionable devoción.

Cuando yo he conocido a Shaktival no conocía todos estos detalles. Había oído rumores de que se convertía en Hanuman y tenía muchas ganas de presenciarlo para estar por fin cerca de este ser misterioso. Sin embargo pensaba que para conocer a Hanuman debería ser invitado a algún tipo de ceremonia íntima. Cuando hace unos diez días una persona muy especial, que merece otro escrito dedicado solamente a él, me ha invitado a contar el Ramayana en un templo de Hanuman, no me he imaginado que aparecería el mismo Hanuman en el lugar. Pensé que probablemente esa noche el sacerdote me pondría a prueba, y así podría ganarme la bendición de conocer a Hanuman, pero había olvidad que otra de las cosas que más le gustan hacer a Hanuman es escuchar el Ramayana.

Voy a dejar este escrito aquí, porque se está alargando mucho, primero, y también porque siento que todavía no he asimilado del todo este encuentro físico con Hanuman. Si has leído hasta aquí te saludo, te honro y te agradezco. También me disculpo. Dentro de quince días espero poder continuar esta historia.

El desenlace inmediato de lo que estoy contando es obvio: he tenido el honor de conocer a Hanuman; lo que todavía no acabo de asimilar son las consecuencias de este encuentro. En quine días espero entenderlo mejor y poder relacionar la experiencia con el proceso artístico que es Respirar el Mahabharata.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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