Sabhā

La arqueología, y la historia, son disciplinas que caminan de la mano del mito.
El arqueólogo reúne restos de objetos cotidianos, esqueletos, armas, telas, y analiza el tipo de desgaste que han sufrido. El historiador, cuando puede, reúne escritos que hayan sobrevivido de la misma época, o pinturas, esculturas o joyas, y juntos -el historiador y el arqueólogo- componen una historia: Si estos antepasados se desgastaron así es porque comieron de esta manera; y si comían así es porque su economía sería esta, y su economía era esta porque creían en tales y tales cosas.
El cuento que componemos los que estudiamos el pasado es nuestra manera de habitar lo desconocido. Porque, al final, muchos cuentos son una proyección de la sombra del narrador. A menudo nos contamos nuestros miedos y nuestras esperanzas.
Uno de los mitos históricos que nos gusta contar, y escuchar, es el de la evolución de la cultura a lo largo de los siglos como si fuera análoga a la maduración de un ser humano. Desde los tanteos y balbuceos de la prehistoria, seguida de una infancia animista y supersticiosa, pasando por la temible adolescencia, feudal y fanática, hasta llegar a la juventud tecno-materialista.
Un mito creado, según algunos, a lo largo del siglo XIX, en Europa, para justificar el colonialismo. Pero esta última interpretación no deja de ser, a fin de cuentas, otro mito. Un cuento más.
Un cuento bonito, y relacionado con esta visión de la cultura como una evolución personal, es el de los hombres prehistóricos caminando encorvados, sin asear, vestidos con pellejos mal atados y gruñéndose unos a otros con agresividad. Esto se interpreta así porque estos ancestros nos han dejado pocos objetos materiales y se interpreta que la humanidad madura; desde una semi bestialidad simiesca a la postura erguida del dentista. Pero, también puede ser, que las vestimentas que se han desintegrado con el paso de los milenios fueran elegantes y bellos tejidos de tonos blancos y cenefas doradas. Y puede ser que estos ancestros, antes de acurrucarse acostados en cuevas, vivieran en bellas construcciones de madera tallada – hoy desaparecidas. En el Mahabharata, por ejemplo, se cuenta que cuando los nobles deseaban reunirse permitían primero que los astrólogos eligieran el lugar y, en el momento apropiado, se construía con ayuda de los arquitectos, carpinteros y escultores, una amplia y ornamentada cabaña de madera en la que cabían decenas de personas. Cabañas que incluían en su interior, como ornamentación, incluso pequeños y delicados jardines con estanques, poblados de peces.
Cuando terminaba la reunión, que podía durar semanas, el séquito de músicos, bailarines y luchadores de exhibición se retiraban y se desmantelaba la cabaña sin dejar ningún residuo.
¿Y si nuestros antepasados prehistóricos caminaban erguidos, aseados y peinados, y hablaban sobre Dharma, el orden y sentido del universo, entre ellos, pero gruñían más bien poco?
Yudisthira, el mayor entre los Pandava, rey del orden (Dharmarāja), es un gran gobernador, rey de reyes, quien recibe en su sabhā (cabaña de reunión) a Narada, un misterioso y respetado místico, quien abre frente al rey su percepción sutil y permite que Pandu, el difunto padre del rey Yudisthira, hable por su boca desde las tierras del humo, donde viven los ancestros que ya han abandonado la tierra:
-Hijo, estás preparado para organizar el sacrificio de los reyes (rājasūya). Puedes conquistar la tierra; tus hermanos te apoyan. Realiza el gran sacrificio de los reyes y alcanzarás le Sabhā de Indra (el lugar de reunión de Indra), el rey de los dioses. Su sala de reuniones es luminosa como el sol. Tiene mil millas de ancho y diez mil quinientas millas de longitud. Tiene cincuenta millas de altura y puede volar como una nube. Tiene muchas habitaciones y asientos; es preciosa y está adornada con árboles celestiales. En el centro podrás ver al rey de los dioses Indra junto a su esposa Indrani, quien a la vez es Shri y Lakshmi; lleva corona y aros rojos en los brazos. Es adorado por los magos (sidhas) y brillantes espíritus de las tormentas (maruts). Todos los dioses le rinden allí respeto; las aguas divinas y las yerbas, la fe misma, la sabiduría, las nubes cargadas de lluvia, los vientos, el trueno, las estrellas y los planetas , los himnos sagrados se reúnen también a su alrededor. Las ninfas y los músicos celestiales bailan y cantan, entretienen a Indra con himnos y rituales. Los grandes reyes del pasado se reúnen allí con carros flamantes de distintos tipos, adornados con guirnaldas, igual que los místicos de los orígenes, quienes visitan la sabhā del rey de los dioses en carros como la luna.
Más allá de esta sabhā estaría solo la sabhā de Brahmā, el creador, el abuelo y pastor de la luz. Esta ya es mucho más difícil de describir porque cambia continuamente de forma. No se pueden conocer sus dimensiones. No es ni fría ni calurosa. En el momento en el que uno entra en ella desaparece todo hambre y fatiga. No la sostienen pilares, no se descompone y brilla más que la luna, el sol o la cresta del fuego. Allí se sienta el abuelo de los mundos quién, con el poder de las apariencias, él solo, crea continuamente a todos los seres.
Con el se reúnen todos los místicos, la energía, el cielo, el conocimiento, la mente, el viento, el agua, la tierra, el sonido, el tacto, la forma, el sabor y el olfato, la raíz de la creación en el mundo, la luna con las constelaciones, el sol y sus rayos, las estaciones, la resolución y el aliento. Muchos más, demasiado numerosos para nombrar, se reúnen allí con él, que se auto-crea – el orden, el deseo, la dicha el odio, el ascetismo y el auto-control. Los mantra, los textos sagrados, todos los ancestros, la copa de la inmortalidad, por no hablar de todos los dioses y todas las lenguas. La perseverancia, el estudio, la sabiduría y la inteligencia, la fama, el perdón, los himnos de alabanza, sus comentarios y las contra argumentaciones en forma corpórea. Los minutos, segundos y horas están allí con él; el día, las noches, los crepúsculos, meses, estaciones, años y eones; toda la rueda del tiempo, que es eterna e indestructible. Los demonios, los duendes, los titanes, las aves, las serpientes y los animales. Todos adoran al gran abuelo; Dios mismo lo adora allí en su sabhā, que está llena de valakilyas, místicos luminosos y minúsculos como brasas que flotan en el aire. Están los nacidos de útero y los que no lo son. Todos bajan sus cabezas ante el ilustre e inmensamente inteligente Brahmā, el abuelo de los mundos, que se crea a sí mismo y es inmensamente radiante y bondadoso hacia todos los seres, el alma del universo.
Oh hijo, tú puedes alcanzar estos mundos con tu sacrificio, además de conquistar toda la tierra, pero se dice que esta ceremonia esta plagada de obstáculos. Místicos melifluos (brahma rakshasas), destructores de sacrificios, están al acecho de brechas en el ritual. Una guerra lo puede seguir, llevando a una gran destrucción. ¡Oh señor de los reyes! Reflexiona sobre esto y haz lo que sea bueno para ti.

Fuentes:
Mahābhārata, sabhā parva, 7-11
Dardo Scavino, Las fuentes de la juventud, Genealogía de una devoción moderna, 2015

Escribiendo el fuego

Todas mis acciones pasadas y todas las posibilidades que sopesé, más las posibilidades que no pude concebir porque nunca emergieron del fondo inescrutable de las profundidades del océano desconocido que es el mundo para mí, son como circunferencias que forma con su movimiento circular una cadena de reacciones y consecuencias enroscadas alrededor de sí mismas. Una cadena de consecuencias de la cual no puedo vislumbrar ni el principio ni el fin.
La conjunción de elementos que me ha llevado hasta aquí, hasta este cuerpo y este lugar, hasta esta consciencia que me pide escribir estas palabras, danza en un espacio ilimitado, que crece a medida que se le observa. Con cada decisión descubro un mundo nuevo en mi interior. Un nuevo espacio. Un nuevo planeta. Nuevos valles y lunas por descubrir.
La vida despliega sus facetas a medida que se vive: sus colores, sus aromas y los sonidos que los anuncian. Sus sabores. sus emociones. Sus picos de intensidades y sus posibilidades: el estudio, las costumbres y rutinas, los encuentros, las decisiones y sus consecuencias. Reflejos, todos, de una misma fuerza que disfruta y asimila; que encienda en mi la percepción y la concepción, más allá de su comprensión, de un proceso de transformación continuo que evapora residuos de memorias, que se dispersan como los últimos recuerdos del sueño de la madrugada.
Mi mundo, los paisajes de mis proyecciones y anhelos, mis ideas, mis miedos y los senderos que despiertan mi curiosidad, se ven continuamente transfigurados; como si ardiera en su centro el fuego de un sacrificio continuo en el que se consumen las opiniones y las frustraciones, y se destila una verdad que me parece infinitamente refinable.
Así es como el mundo que conozco se desintegra y se funde en el cosmos, y renace, a cada instante, reintegrando elementos que brotan del vasto espacio desconocido que reconozco en mi interior, en mi vida y en el mundo que me contiene.

Este texto está basado en los versos 4.23 hasta 4.38 de la Bhagavad Gita. La Bhagavad Gita es uno de los discursos existenciales, con un matiz entre filosófico y teleológico, que contiene el Mahabharata; no el único, pero sí el más conocido. En cada uno de estos discursos que aparecen en el Mahabharata alguien más instruido o más inspirado enseña, o recuerda, a alguien más confundido que él, el sentido verdadero de la vida, explicado según los parámetros de la cosmovisión que representa el Mahabharata.
Los consejos y enseñanzas que ofrecen estos discursos son simbólicos. De hecho, la última cuarta parte del Mahabharata es un largo compendio de enseñanzas que imparte el abuelo político de los protagonistas al rey heredero (Bishma a Yudhiṣṭhira), y una frase que el maestro repite a menudo es: “medita sobre el sentido verdadero de estas enseñanzas”, como si impulsara a su aprendiz, y al lector, a ir más allá de lo literal. Más aún porque otro de los axiomas que se repiten es que los consejos prácticos que se ofrecen en el Mahabharata ya no servirán en las épocas venideras, como lo es la nuestra, porque la confusión interior y general de los siglos a por llegar hará inefectivos la gran mayoría de las ceremonias.
En los versos de la Bhagavad Gita que acabo de mencionar se habla de la vida como un yajña, que viene a ser un sacrificio u ofrenda. Es decir, en lo exterior está claro qué es un yajña; se trata de una ceremonia articulada que se compone de ofrendas al fuego en un orden determinado, unidas a cánticos adecuados. Pero la Bhagavad Gita no habla de la ceremonia exterior, sino de su significado interior, que es lo que se mantiene más efectivo en esta era confusa.
Desde lo misticológico, se habla de la forma circular por la que la serpiente infinita del tiempo se enrosca sobre sí. Unas espirales sobre las que yace “aquello que lo pernea todo”, Viṣṇu, que es la fuente eterna, Bhagavān. Del ombligo de Viṣṇu brota brahmā, quien expande la realidad, y las diversas caras de Brahmā son todas las formas posibles de sacrificar (yajña) que permite el mundo.
Y todo sacrificio es posible gracias al fuego, que es lo que une la parte con el todo.
En el escrito que inicia esta entrada he intentado escribir el fuego interior, el fuego simbólico que consume mi vida y la convierte en un sacrificio, para profundizar en la búsqueda que caracteriza este tercer año del proyecto, y entender mejor qué busco con esta simbólica peregrinación interior.

Consultas:
C. Radhakrishnan Bhagavad Gita, Modern Reading and Scientific Study, High Tech Books, 2017
Sri Aurobindo The Bhagavad Gita with text, translation and commentary in the words of Sri Aurobindo, Sri Aurobindo Divine Life Trust, 2014
Sri Aurobindo The Secret of the Veda, (Cap. IV: Agni, The Illuminated Will), Sri Aurobindo Ashram Trust, 1998.
Consuelo Martín, Ed. Bhagavad Gītā con los comentarios advaita de Śankara, Trotta, 2009

Esta entrada forma parte del diario escrito de una performance de 12 años que tiene como expresión más importante los encuentros de narración oral de historias del Mahabharata y la tradición india. En el apartado “próximas actividades” puedes ver las opciones que van apareciendo para poder disfrutar de alguno de estos encuentros.

Volver a casa

Kshetra es una palabra sánscrita que significa, según el pensador C. Radhakrishnan, <aquello que está sujeto a degeneración y (por tanto) es transitorio>, probablemente considerando la palabra kshetra como derivada de la raíz sánscrita de clase 1 kshi: corromper, destruir, arruinar, terminar. También, según el mismo pensador: <campo>, sinónimo de espacio, que es a su vez sinónimo de lugar.
El prestigioso diccionario sánscrito Monier Williams traduce Kshetra como lugar, propiedad, terreno, a partir de la raíz sánscrita Kshi, pero de clase 2, que se traduce por habitar, estar, residir.
En lo filosófico, como sucede a menudo con el sánscrito, el significado de ambas raíces no se contradice sino que se complementa.
Todos los objetos del mundo son Kshetra, desde la más pequeña partícula a nivel subatómico hasta la más grande; es decir, el universo completo. Nuestra vida tiene lugar en más de un kshetra a la vez, y el funcionamiento correcto de cada kshetra es la acción que le es natural.
Todos los eventos en el universo son complementarios. Ningún ser vivo pude existir a menos que forme parte de un balance mayor. Todo lo que actúe bajo un <auto-interés> que vaya en contra de esta ley queda alienado y acaba sufriendo, tarde o temprano.
Cada ser vivo manifiesta y actúa acorde a unos impulsos de la naturaleza basados en la biosfera colectiva. Los seres vivos no conocen la avaricia y no atrapan ni acaparan como los humanos. A esto se refiere la frase <observa los pájaros en el cielo; no plantan ni cosechan>. De hecho hacen las dos cosas, pero la diferencia crucial es que mientras lo hacen no sienten que lo hacen para sí mismos, y tampoco lo hacen bajo el impulso de ningún derecho de propiedad. Trabajan por el bien mayor por instinto. Esto es conocido como shayajña: ritual colectivo, o <Tomar parte del funcionamiento del mundo>, según C. Radhakrishnan. Toda acción con un interés que sea más estrecho que este es perjudicial para el que la hace. Uno no puede formar parte del balance a menos que esté desapegado.
Uno puede iniciar el acercamiento a la verdad de muchas maneras. También el ateo tiene una visión de la verdad en mente; está buscando una alternativa mejor a las propuestas religiosas y creencias existentes.
Sea cual sea la postura que uno toma en un principio, esa idea crecerá y evolucionará. Cuando el individuo se percata de que existe algo más auténtico y permanente que él ya ha iniciado el sendero del descubrimiento del ser en el universo (Ātman). Después, basándose en lo que haya podido oír, leer y ver, o las costumbres que conoce, continúa el aprendizaje.
La mayoría de las personas, independientemente de la fe que procesen, rezan a su propio y único Dios, quien se supone que escucha a sus penas, y solo a las suyas. Para algunos Dios es un ser redentor que cumple las necesidades de individuos y comunidades selectos. El concepto crece con la madurez del individuo; muchos quedan atrapados en alguna de las fases intermedias pero algunos repiensan y buscan senderos frescos. Sea cual sea el sendero y sea cual sea el lugar, todos estamos en ruta hacia el ser mayor, ser superior o supremo. También la negación y el odio a Dios forman parte de este viaje. Ninguna religión o fe es errónea o inútil. Todos los ríos fluyen junto al mismo sendero evolutivo, todos somos compañeros de viaje. No tiene sentido sentirse enfadado o separado de nadie. La única cosa a recordar es que este aprendizaje no se debería estancar en la guardería.
El descubrimiento de que existe una fuerza única y fundamental que sostiene el universo es el primer paso. Uno puede concebir esto como el creador / señor. <Pertenezco a esto> (tasmaivahan) es la actitud que refleja una relación de dueño y servidor. Sin embargo, el dueño es abstracto, distinto de uno y lejano. En el siguiente paso (taivaham– soy tuyo), el sujeto de la dedicación es más cercano, vivo y familiar. El último paso es tvamevaham (soy tú mismo) y lo vuelve todo claro. Incluso entonces permanece la distinción <yo-tú>, indicando una línea de separación. Cuando estos dos desaparecen y uno se unifica con ello se dice que uno ha alcanzado el verdadero conocimiento. Jñanayajña, comprender el sacrificio, es el esfuerzo de luchar por este conocimiento. No hay necesidad de preocuparse por los pasos intermedios pues también nos ayudan a ascender. Ya sea filosofía o simple adoración de naturaleza, continuar y progresar con la actitud adecuada le lleva a uno al éxito (jaya).
El alma no le tiene rechazo a nadie adoptando el sendero o método que sea. Cada uno puede tomar la cantidad de agua que quiera de este enorme océano dependiendo del tamaño del contenedor que uno tenga. No existe parcialidad ni favoritismos.
La entrega absoluta no lleva a nadie a una manera particular de adoración sino que investiga de manera imparcial la naturaleza de todas las creencias y revela los secretos elementales de la naturaleza profunda de las cosas (prakṛti) y, al final, redirige a todos hacia el último encuentro.

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La Bhagavad Gita es un texto central del Mahabharata, la gran obra, “el kshetra que contiene todo este proyecto”. En la Bhagavad Gita se expone el dialogo entre Krishna, hablando en nombre de la máxima consciencia, con su discípulo y amigo Arjuna. Se trata de un texto traducido y re-traducido, así como comentado y debatido a lo largo de los siglos. El texto de esta entrada se compone de los comentarios de C.Radhakrishnan a los versos 13.2 / 1.1 / 3.9 / y 4.11 de la Bhagavad Gita.

Los escritos que aparecen en este blog representan el pulso de un acto artístico que consiste en el voto de estudiar durante 12 años el Mahabharata y estrenar cada 12 de Diciembre un espectáculo nuevo basado en la narración oral de un capítulo nuevo de esta gran obra. Puedes ver una explicación más detallada del proyecto en el apartado Una performance de 12 años, o el significado de este blog.
La parte más importante de este proyecto es su dimensión oral, o los encuentros personales. En el apartado Próximas actividades puedes ver un calendario de las posibilidades para vivir en vivo la narración oral de estos materiales.

Fuego en el Mahabharata

El relato del Mahābhārata comienza ante un fuego. Toda la historia que conocemos como Mahābhārata se cuenta durante un sacrificio que dura 12 años; un sacrificio en el que el rey y los sacerdotes (brahmanes) lanzan al fuego mantequilla clarificada, la crema de la vida, siguiendo un ritmo ritual muy preciso. Este ritual reúne dos elementos que considero muy cercanos a mí, y creo que para muchas más personas.

El primer elemento, es la confusión que ha dejado el final de una época. Ya he escrito en entradas previas a esta que el sacrifico con el que comienza el Mahābhārata representa un encuentro ritual organizado al final de una era: el mundo ha quedado arrasado por una guerra, reinos prósperos y pacíficos se han desintegrado y con ellos se han extinguido unos valores que no volverán. Este siglo XXI de la actual era común también está comenzando de manera parecida: las utopías políticas han quedado en ruinas, los países democráticos parecen tener más características de empresa comercial que de otra cosa y ya no podemos decir ni siquiera que el hedonismo nos convenza, o por lo menos no nos convence más que cualquier experiencia espiritual exótica. El siglo XXI es un siglo de recomienzo. Pero, por otra parte, ¿qué siglo no lo ha sido?

Cuando visualizo la historia del Mahābhārata a la luz del trabajo artístico-chamánico de María Stoyanova, la veo como la historia de la intensidad de la vida. El Mahābhārata habla de grandes tragedias; de los eventos como las guerras, la muerte o las catástrofes naturales, con los cuales la humanidad lidia desde que existe como tal.

Cuando pienso en las guerras interminables del planeta, en la opresión y en el apego que tenemos las personas a nuestros queridos y el dolor que nos causa la separación, el Mahābhārata se me aparece como la historia de la tensión existencial entre lo que nos gustaría que fuera y lo que hay – La tensión entre las aspiraciones de eternidad que tiene la vida y la inevitable descomposición de los cuerpos – La tensión entre el absoluto ser y el no-ser. Y esto me lleva al segundo elemento que considero cercano a mí en el inicio del Mahābhārata: La fricción entre la manera en que nos gustaría que fuera el mundo y cómo este realmente es. Esta tensión constante crea una intensidad, un calor. Este calor en sánscrito se llama tapas, y es el primer elemento que aparece en el universo cuando este se comienza a expandir. Este calor es el que arde en forma de llamas en cada hoguera, y es el mismo que mueve nuestros cuerpos.

El Mahābhārata comienza alrededor de una hoguera, porque la hoguera en el centro representa el fuego que tenemos todos dentro, y el fuego representa también calor del sol, y el fuego representa a su vez la tragedia que la tierra acaba de pasar; las tragedias del Mahābhārata y las de nuestro siglo XXI. Porque la historia, y las injusticias, y las guerras, queman como el fuego, emocionalmente, a los que las padecen, a los que las hacen y a los que miran desde los márgenes. La vida quema. O más bien, nuestras vidas son las llamas del fuego de la historia.

En el contexto del Mahābhārata, al fuego se le llama Agni, y Agni habla y tiene voluntad. Cuando la vida comenzó Agni no se alimentaba de cualquier cosa como ahora, sino que comía solamente la mantequilla clarificada que las estrellas le ofrecían durante los sacrificios. Digo las estrellas porque lo primero que nace en el universo eterno es la expansión, y con la expansión nace el tiempo y el espacio. De la mente de Brahmā, que es quién representa la expansión, nacen primero los Rishi, y de ellos, o por mediación de ellos, nace la raza humana.  Los Rishi son representados como sabios ancianos, pero a la vez cada uno de ellos es una de las estrellas que vemos en el cielo. Los siete primeros Rishi, los saptarishi, son las estrellas de la osa mayor, y Bhŗgu, el nombre del Rishi que nos ocupará en la siguiente historia, es el nombre del planeta Venus. De los Rishi desciende el conocimiento humano, que es parecido a decir que el conocimiento desciende de las estrellas. En el caso de Bhŗgu en concreto, el Rishi protagonista de la historia que quiero contar, él es quién transmitió a la humanidad el conocimiento de la astronomía y astrología. Pero Bhŗgu también es el planeta venus. Y Bhŗgu es quién desencadenó las cualidades destructivas del fuego.

En el Mahābhārata se cuenta que Bhŗgu estaba casado con una mujer que había elegido vivir con él, a pesar de que sus padres la habían comprometido con un demonio (rakashasa). Cierto día el rakshasa entró en la cabaña donde vivían Bhŗgu y su esposa y le preguntó a las llamas del fuego: “¡Oh Agni! Tú que estás presente en los actos de cada ser vivo, en los justos y los injustos, contéstame con sinceridad: ¿es cierto que la esposa de Bhŗgu es la misma mujer que fue casada conmigo antaño?”. Esto es, porque el fuego está presente en todo. En el calor del cuerpo y en el pequeño fuego del hogar. También en cada estrella. El fuego siempre está presente.

Agni, el fuego, no tuvo más remedio que decir la verdad, porque esta historia pasa en una época en la que todavía no se usaba la mentira. El demonio secuestra a la mujer pero ella estaba embarazada del hijo de Bhŗgu y con el espanto del secuestro sufre un aborto. El hijo cae al suelo, deslumbrando como un sol, lo cual provoca que el demonio se incendie y se consuma en llamas hasta acabar convertido en cenizas.

Cuando Bhŗgu vuelve y escucha cómo Agni les ha delatado a él y a su mujer, se enfada y maldice a Agni para que a partir de ese día sea omnívoro. Agni se ofende y responde: “¿Qué pretendes actuando tan precipitadamente? Sabes que yo siempre me mantengo en el camino justo y digo la verdad de manera imparcial. Cuando se me preguntó, contesté la verdad. ¿En qué he transgredido? (…) Aunque ya sepas esto, te lo volveré a contar: Estoy presente en multiples formas, en las oblaciones al fuego (agnihotras), en los sacrificios a la luna nueva (sattras) y otros rituales. Cuando la mantequilla clarificada (ghee) se me ofrece de acuerdo a los rituales prescritos por los Vedas, los dioses y los ancestros aparecen en ellos y son satisfechos. Los dioses son las aguas y los ancestros también son las aguas. Los dioses y los ancestros tienen el mismo derecho a hacer sacrificios. Por lo tanto, los dioses son los ancestros y los ancestros son los dioses. Dependiendo del estado de la luna, se veneran como uno o por separado. Los dioses y los ancestros comen lo que se vuelca en mí. Yo soy conocido como la boca de los treinta y tres dioses y de los ancestros. En los días de luna nueva los ancestros y en los días de luna llena los dioses, son alimentados a través de mi boca con la mantequilla (ghee) que se me ofrece. ¿Cómo puedo ser yo omnívoro?

Ofendido, Agni se retira del universo y todo queda detenido. Los dioses y los ancestros piden que intervenga Brahmā y este cita a Agni.

Agni es, según el Mahābhārata, el creador del mundo, al igual que Brahmā. Como si el fuego y la expansión fueran uno. Brahmā le dice a Agni, con un tono muy suave: “Tú eres el creador de los mundos y también su destructor. Preservas los tres mundos y cuidas que todas las ceremonias se lleven a cabo. Señor de los mundos, actúa de forma que los ritos prosperen. Comedor del ghee sacrificial, ¡¿te has confundido?! Tú siempre eres puro en el universo. Eres el refugio de los seres vivos. En cuerpo entero, no es posible que te vuelvas omnívoro. Oh fuego con la cresta hecha de llamas, solo las llamas de las oblaciones lo devorarán todo. Así como todo lo tocado por los rayos del sol se vuelve puro, todo lo que sea quemado por tus llamas se volverá puro. ¡Oh Agni! Tú eres la suprema energía. Has brotado de tu propia energía. Por tu propio poder, haz que las palabras del sabio (Bhŗgu) se vuelvan ciertas. Acepta la parte de los dioses, y la tuya, cuando sean ofrecidas a tu boca

Agni aceptó las palabras de Brahmā y desde entonces es lo que es. Las llamas del fuego, como dice Brahmā, están pensadas para los sacrificios, y pueden comer todo. Sin embargo el cuerpo de Agni no lo come todo, y yo cuando leo esto entiendo que el cuerpo de Agni es el calor que conecta todo el universo. El calor de la sangre humana y de la hierba bendecida por el sol, esto también es Agni, pero no es omnívoro. Agni come lo que se le dé solo cuando manifiesta su cresta de llamas.

Los humanos, en el plano material, somos el animal que hace fuego. Si imaginamos una panorámica a vista de pájaro del hábitat de todos los animales si hay algo que nos distinga especialmente como homínidos esto es el resplandor de las hogueras en nuestros refugios. Los humanos somos el animal que explota el fuego, que lo invoca y se cobija en su poder. Pero el fuego está en todo, el calor de Agni es lo que mueve los átomos del universo. El calor de Agni es el dolor de la historia, y es la transformación del dolor en paz. La vida es fuego y el fuego es ambos peligro y bendición; esto es lo primero que se cuenta en el Mahābhārata, alrededor de una hoguera, al término de una guerra catastrófica. El fuego es también la luz de la esperanza en el cielo, que nunca se apaga. Me parece que me queda mucho por aprender del Mahābhārata.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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