¿Quién fue Drona? Quinta parte: las consecuencias.

El Mahābhārata es una obra iniciática, porque quien se acerca a ella se ve transformado. Ya de entrada, la misma extensión de la obra (más de siete mil páginas) es un misterio a resolver. La mente común no comprende cómo puede una sola creación literaria ser tan larga, ni por qué necesidad lo es. Si paramos un momento a observar cómo se siente nuestra mente ante esta cuestión encontraremos en ella cierta perplejidad, y sensación de impotencia. ¿Cómo relacionarse con una obra de tal magnitud? Podríamos leer un resumen del Mahābhārata, pero eso nos deja con la duda de qué puede ser lo que nos estamos perdiendo. ¿Qué puede haber quedado descartado de la selección, que sea relevante para nosotros? Y, por otra parte, si leemos el Mahābhārata entero su enorme extensión nos dejará siempre la duda de haber podido recordar todo lo que leímos para cuando lleguemos al final, o de haber tenido la atención adecuada durante todas las horas de lectura.

La perplejidad, y la sensación de estar lidiando con algo inabarcable, siempre acompaña a la relación con el Mahābhārata. Y uso la palabra relación, no necesariamente lectura, porque el Mahābhārata es un lenguaje artístico pleno que se expande hacia todas las disciplinas posibles. El Mahābhārata se puede ver en forma de danza, videoarte, escultura o pintura. Y en este sentido, para quien no tenga cerca la posibilidad de visitar templos decorados con escenas del Mahābhārata recomiendo el libro The illustrated Mahābhārata: A Definitive Guide to India’s Greatest Epic, de la editorial DK. Es un resumen excelente de “la cultura del Mahābhārata”, incluyendo menciones a distintas narraciones orales y literales, tradicionales y contemporáneas, entre grandes reproducciones a color de pinturas y esculturas tradicionales, ilustraciones de manuscritos y representaciones pictóricas modernas de escenas del Mahābhārata. Es un libro excelente para conocer el argumento del Mahābhārata, aprender sobre el Mahābhārata, y viajar por él mediante las impresiones que nos producen las imágenes.

La semana pasada estaba hojeando este libro con mi hija y la llamó la atención el dibujo de un laberinto circular de soldados luchando.

-¿Esto qué es? – me preguntó.

Mi hija tiene tres años y medio, y cuando me pregunta algo sobre el Mahābhārata suelo suavizar la respuesta para hacerla afín a su sensibilidad, sin llegar a mentirle. En este caso la imagen en la que se había fijado era la del Chakra Vyuha, o la “formación de combate en forma de disco / rueda”, que ejecutó Drona en la batalla.

De Drona venimos hablando en las entradas anteriores, y el momento de su ejecución del Chakra Vyuha en el campo de batalla corresponde a un giro trágico en la gran guerra, que lleva a una concatenación de consecuencias de progresiva degradación moral.

Cuando Bhishma renunció a la vida en el campo de batalla los Kaurava, el bando usurpador, nombraron como nuevo general a Drona. Él había entendido que el punto débil del bando opuesto era su lealtad a Yudisthira, el rey justo. El plan de Drona fue secuestrar a Yudisthira en el campo de batalla, y forzar al bando enemigo a rendirse a cambio de la liberación de su rey. Drona se dio cuenta de que mientras Arjuna, el guerrero perfecto, estuviera cerca le sería imposible secuestrar a Yudisthira, así que creó un señuelo en otro extremo del campo de batalla. Cuando Arjuna se alejó, Drona aprovechó la distracción para atacar a Yudisthira con la formación del disco, o Chakra Vyuha. El Chakra Vyuha parece haberse formado ordenando a los soldados en círculos concéntricos para atacar conjuntamente en formación circular. Si alguien conseguía atravesar una de las filas era atacado por la fila posterior, y si caía un soldado era reemplazado por el de otra fila.

Los únicos que conocían la técnica para penetrar aquella formación y neutralizarla desde dentro eran Krishna, porque lo sabe todo, Drona, el inventor de la formación, y Arjuna, quien fue el alumno favorito de Drona antes de convertirse en su enemigo.

Dado que Arjuna y Krishna estaban lejos (Krishna conducía el carro de Arjuna) la situación era desesperada. Pero entonces el hijo de Arjuna (de nombre Abhimanyu) se presentó ante el rey y dijo que él sabía cómo penetrar la fomración porque cuando estaba en la barriga de su madre oyó como Arjuna se lo contaba. Abhimanyu recordaba cómo se entraba en la formación, pero no cómo se salía. Esta es la escena que vio ilustrada mi hija ¿Y cómo explicarle a una niña de 3 años esta historia?

-Es un niño, que ha entrado a pelear dentro de estos círculos- le dije. O algo parecido.

-¿Y qué le pasa?

Pues en la historia original Abhimanyu quedó atrapado dentro del disco. Causó muchísimas bajas, pero al final fue acorralado y asesinado entre varios guerreros. Esa acción llevó a la progresiva degradación de la batalla, porque una de las normas de la guerra era no atacar a uno entre varios. Abhimanyu no solo fue acorralado entre varios, sino que sus verdugos eran adultos y él menor de edad. Aquél acto cruel, y ruin, causó la furia de Arjuna y a partir de aquél momento la guerra se peleó con rencor, y pasó a convertirse en una venganza personal, lo cual desencadenó una progresiva degradación moral que arrastró a todos a la destrucción de lo que le quedaba de dignidad a al humanidad.

Pues todo esto se lo resumí a mi hija con una palabra:

-Pierde.

-Ah – me respondió ella, y siguió mirando el dibujo. Y esto me transportó a un recuerdo de mi infancia, cuando en la televisión transmitieron, en varias partes, la representación del Mahābhārata que dirigió Peter Brook. Me llegó el recuerdo de mi madre diciéndome:

-Es una antigua historia de la India. – Me recordé a mí mismo preguntándome ¿Qué será la India? Y recordé la escena de la derrota de Abhimanyu, representada de manera muy sutil en la serie, parecido a cómo se lo conté a mi hija. En la dirección de Peter Brook solo se ve que Abhimanyu “pierde”, y desaparece en el círculo. Pero recordé lo traumática que fue también para mí la escena. No un trauma grave, sino uno de esos momentos cuando en la infancia recibes un destello de la visión adulta del mundo, y algo en ti sabe que ya nada va a volver a ser igual.

En otras entradas ya he escrito que no creo que el Mahābhārata se pueda reducir a una sola interpretación. Creo que más bien pinza la cuerda de nuestra creatividad interior, que nos trae todo tipo de comprensiones. La interpretación que hago de esta historia no es la única, ni la correcta, pero tampoco incorrecta. Es una inspiración, que puede resonar con el lector.

Me parece que el círculo impenetrable que organiza Drona es como el pensamiento adulto. Como el pensamiento solidificado en círculos concéntricos de miedo, expectativas, planificaciones, prejuicios y proyecciones de ideas preconcebidas. El niño, o adolescente, sabe que tendrá que penetrar este círculo -como un acto heroico- porque la vida lo demanda. No hay otra opción. La pregunta es cómo salir de él.

No estoy hablando de una regresión a las formas externas de la infancia, como las rabietas y caprichos, o una falsa inocencia, pero de recordar cómo vemos el mundo de niños. Cómo mantener la curiosidad por todo sin tener que volver a experimentar lo que ya sabemos que no nos hace bien. O vivir las emociones con intensidad, sabiendo que pasarán y no es necesario que nos agarremos a ellas.

Volver a sentir el mundo con las plantas de los pies, las palmas y todos los poros de la piel. Siento que por esta dirección está la sanación que buscaba hace un par de entradas.

¿Quién fue Drona? Tercera parte – El sagrado femenino

La sabiduría viene del cielo. Más concretamente, del centro de la galaxia. O mejor dicho del centro del universo, que resuena con nuestro corazón.

Cuando digo sabiduría me refiero a la compasión. La verdadera sabiduría es el amor; esto lo sabemos todos. La sabiduría emana luz, desde el centro de la espiral galáctica que contiene nuestro planeta; luz que salpica cuerpos incandescentes a todas las direcciones. Porque las estrellas que vemos desde la tierra forman un texto en un tipo de escritura braille ancestral, extendida sobre nuestras cabezas. Si no levantamos el mentón no la vemos así que, a veces, y por compasión, descienden de las estrellas mensajes, en forma de marcas sobre el suelo.

En las eras antiguas cuando una de estas señales cósmicas era reconocida se construían sobre su ubicación templos y altares. Ahora, cuando vemos una señal extraordinaria, llamamos a la televisión, o subimos nosotros mismos la fotografía a la red. Subimos grabaciones de pequeños milagros, que pueden ser así ridiculizados. Sorna, juicio, cinismo y sarcasmo bañan al fenómeno y la relación que se pueda establecer con esta muestra de compasión emanada del centro de nuestro corazón queda teñida por la sospecha. Porque tal vez sean estos los templos de nuestra era: el rumor y las habladurías.

El sabio Gautama fue una de aquellas estrellas que habían bajado a la tierra en la forma de un ser humano. Su esposa Ahalya también lo fue. ¿Qué recuerdo nos queda de aquella relación? Esta es una pregunta importante. Porque todas estas historias que llamamos míticas son apuntes de un pasado eterno que resuena con nuestro presente. Más allá de las palabras, y todos los vacíos que se abren entre estas escuetas descripciones, lo interesante sería sentir en qué silencios reverberan los ecos de aquella relación. ¿Qué recuerda nuestro corazón -que siempre está vibrando con el mundo- de aquella presencia estelar en la tierra?

Lo que la historia nos cuenta es que Gautama y Ahalya tenían un hijo, que el Mahābhārata llama Shradavan. Gautama fue al río a hacer unas abluciones y cuando Ahalya se quedó sola, recibió las visita de Indra, el rey de los deva. Indra había tomado la forma del marido de Ahalya. Parecía como si Gautama hubiera vuelto del río, pero era Indra. Gautama seguía en el río.

Indra, el que cabalga sobre el elefante blanco atronador, con el relámpago diamantino como arma, hizo el amor con Ahalya. No sabemos con certeza si Ahalya fue engañada, o intuyó que aquél era Indra disfrazado, pero las consecuencias fueron las que fueron. Cuando Gautama volvió del río descubrió a su mujer y la convirtió en piedra. Ahalya quedó atrapada, hasta que fue redimida por la mirada de Rama, muchos siglos después.

Hay muchos misterios que se abren con esta historia cuando le damos el respeto que se merece. Sin embargo ahora me quedaría con el hecho de que Shradavan, el hijo de Gautama y Ahalya, creció sin madre. O con una estatua como referente materno. Lo cual nos remite al linaje de Drona, que –como mencioné hace dos entradas– creció sin madre, igual que lo había hecho su padre, también.

Shradavan creció sin la cercanía de una figura materna, y dedicó su vida a estudiar el arte del tiro al arco (dhanurveda). En su juventud, mientras recitaba mantras en el bosque Shradavan vio pasar entre la vegetación a una ápsara: una apariencia femenina líquida, sensual como los meandros de los ríos, que emanaba seducción. La presencia de aquella ápsara fue tan excitante para Shradavan, que tuvo una expulsión involuntaria. Su simiente cayó sobre un filamento de hierba, se derramó sobre ella y se dividió en dos gotas. De aquellas dos gotas nacieron unos mellizos: Kripa y Kripi, el masculino y el femenino de Kŗpā, que se puede traducir en este caso por ternura, o suavidad. Quizá por la suavidad que tuvo aquél líquido al dividirse.

Kripi, la melliza femenina, se casó con Drona.

Antes de que Drona fuera contratado como maestro de armas de los protagonistas del Mahābhārata, era un místico que vivía de austeridades en el bosque. Su esposa Kripi  y él tenían lo justo para sobrevivir, y pidieron, mediante ceremonias y meditaciones, a Rudra, el aullido que agita todos los mundos, tener un hijo poderoso. Y tan poderoso fue Ashvattama, el hijo de los dos, que causó uno de los actos más trágicos de la guerra del Mahābhārata: La infame matanza nocturna que rompió la confianza que la humanidad tenía en sí misma.

Si el Mahābhārata fuera un objeto, estaría cubierto de jeroglíficos enigmáticos que despiertan visiones, sueños y comprensiones de las raíces de nuestro ser original. El entramado intrincado de historias que lo compone nos evoca recuerdos anteriores a nuestro nacimiento individual, y una lectura del Mahābhārata que propongo es la de leer en él un compendio de los errores que la humanidad ha venido cometiendo hasta llegar al lugar en el que estamos. Porque el Mahābhārata habla de una espiral descendiente, que ha llevado al mundo de la armonía al caos en el que estamos. Y, a su vez, el Mahābhārata habla de una espiral ascendente, que nos lleva a reconocer la armonía de nuevo, aún desde el caos. Teniendo esto en cuenta, es interesante observar la ausencia de presencia femenina en las vidas de los héroes de la caída de la humanidad. No solo presencia física y viva, como en el caso de la petrificada Ahalya, sino también en el modo de vivir (como en las aspiraciones de poder de Kripi, la esposa de Drona).

¿Dónde se sitúa cada uno de nosotros ante esto? ¿Cuál es nuestra relación con el femenino sagrado? ¿Y qué es el femenino sagrado, y dónde se encuentra? Estas son las preguntas que probablemente sea más interesante responder.

¿Quién es Drona? Segunda parte, canto de sanación.

En la entrada pasada escribí sobre el nacimiento de Drona, y en esta he querido hacer un inciso y presentar al Drona guerrero. Porque es lo que estoy transitando ahora -estoy estudiando los libros del Mahābhārata que hablan de la guerra- y porque  me parece un aspecto importante de Drona.

A partir de las acciones de Drona en la guerra, y lecturas relacionadas, en estos pasados quince días he buceado hondo en la presencia del horror y la violencia en el Mahābhārata, y sobre todo en el mundo. Ayer terminé de escribir la entrada que he estado preparando, y me di cuenta de que era extremadamente oscura. Incluso demasiado.

Primero se me ocurrió escribir un aviso al lector, al inicio de la entrada, advirtiendo de que lo que venía podía herir la sensibilidad y recomendar a quien no tuviera ganas de transitar estas palabras de violencia y terror extremas se abstuviera de leer. Pero algo me faltaba todavía, y a última hora de la noche llegué a la conclusión de que si bien preparar y escribir esta entrada me ha sido útil como proceso catártico, no es el momento de compartirla.

En su lugar, lo que comparto esta vez es una traducción y adaptación del himno 33 del segundo mándala (círculo de himnos) del Rig Veda. El Rig Veda es una recopilación de himnos en sánscrito, que se recitan en contextos rituales. Las palabras que usan estos himnos son polisémicas, por lo que se pueden leer de varias maneras. No solo el contenido de cada himno sino también la estructura como se recopilan todos tiene un sentido simbólico profundo, y el Mahābhārata se considera una narración que desvela (a su manera) las conexiones escondidas entre las palabras de los himnos védicos. Existen cuatro recopilatorios de himnos védicos, el Rig Veda, Sama Veda, Yajur Veda y Atharva Veda, pero el Mahabharata se menciona tradicionalmente como un quinto veda. Es en este sentido que considero relevante traducir este himno, y por su temática.

El himno que comparto está dedicado a Rudra, “el aullador”. Rudra da miedo, porque se aparece como un aspecto tormentoso de la divinidad, y también guerrero, pero a su vez Rudra rescató las hierbas sanadoras de las profundidades de las aguas cósmicas, y enseñó a los ancestros de la humanidad los secretos de la medicina. El himno que comparto es un canto a la sanación en el horror, que es lo que busco en el Mahābhārata.

Lo que presento es un medio camino entre la traducción y la renarración. La multiplicidad de sentidos del sánscrito original la adapto al contexto mítico védico y del Mahābhārata, y omito algunas repeticiones para ofrecer este canto a la sanación del horror, que resume el proceso por el que he pasado estas semanas, sin tener que descender a infiernos que pueden causar malestar en el lector. En la próxima semana continuaremos con Drona, espero…

No nos impidas ver la deliciosa luz del sol,

Oh padre de los truenos.

Que nuestro linaje supere estos obstáculos y se pueda multiplicar.

Que la sanación que otorgas disperse la enfermedad, Y las dificultad,

y me permita sobrevivir a las nieves de cien inviernos.

A tu rugido, que es la frecuencia que lo remueve todo,

le pido que me lleve allende las dificultades,

hasta la orilla del bienestar.

Escúchame, y no te enfurezcas si me dirijo a ti de manera descuidada;

bendice nuestra descendencia con la sanación que otorgas.

Que este canto que te ofrezco convierta tu aullido en canción,

y que pueda celebrar la vida en el alimento

y acogerme a tus bendiciones.

Que tu mano saludable me otorgue el perdón.

Dedico estos saludos al brillante y reluciente bramido supremo,

que asume todas las formas poderosas y estables

de la abundante tierra, decoradas con destellos celestes.

La fuerza del vuelo de la flecha que ha lanzado es la de la expansión cósmica.

Expreso alabanzas cuando presencio el poder con el que cabalgas la terrible gacela estrellada.  

Te lo pido como un niño dirigiéndose a su padre:

Concédeme la bendición de la medicina que recuperaste de las aguas.

Solicito estos medicamentos que han beneficiado a nuestros ancestros,

Pido que nos pase de largo la inmensa furia que sacude los mundos

Y que nuestros descendientes, libres de daño,

puedan seguir reverenciando la creación

con sus ofrendas.

¿Quién es Drona?

Dicen que algunas de las estrellas que podemos ver de noche ya no existen. Cada estrella es el arder de la masa equivalente a miles de mundos, que está demasiado lejos. Tan lejos, que cuando llegamos a ver el fulgor de una estrella esta ya se puede haber apagado, y lo que vemos en el cielo es el recuerdo de lo que fue.

Puede que alguien desmienta esta creencia en el futuro, cuando cambie el paradigma científico, pero no se perderá su carga poética. Porque es como decir que todo lo que vemos es un eco. Un eco de la expansión cósmica (Brahmā) que dilata, doblega, arruga e infla la realidad, y hace estallar en el espacio millones de perlas brillantes que se agrupan siguiendo patrones. 

Los deva -los brillantes- son las potencias efectivas de esta expansión. Nuestros patrones humanos reflejan los de los deva. Ellos tienen líderes (Indra), trabajadores (tvaṣṭṛ), legisladores (aryaman), e incluso rebeldes (Chandra), marginales (Ashvin) e ignorados (Budha, Shani). También tienen un gurú espiritual, Brihaspati. Y nuestros lideres, trabajadores, legisladores, rebeldes, marginales e ignorados son un eco de los de los deva. También nuestros gurús.

Brihaspati, el maestro espiritual de los deva, hizo el amor con su cuñada. Pero, al acostarse con él, ella ya estaba embarazada, por lo que la semilla de Brihaspati fue expulsada, y cayó a la tierra. De la unión de la fuerza espiritual de aquella semilla luminosa con la ternura de la tierra nació el sabio Bharadvaja.

Bharadvaja nació solo, en el bosque. Y parémonos, antes de seguir, en la situación. Que los nombres de los involucrados en esta historia no se conviertan en información confusa. Cada uno de ellos es un sujeto, alguien que lidió heroicamente con las circunstancias en las que la vida lo puso. Bharadvaja fue un niño que creció solo en el bosque. Guiado por el fulgor de las estrellas, y los susurros entre las plantas, sí. Animado por la brisa en los días calurosos y por el fuego en invierno, sí, pero también asustado. Aún siendo hijo de Jupiter, el gurú de los deva brillantes, Bharadvaja fue también rechazado. Un paria. Alguien que podría no haber nacido, pero lo hizo.

Entre el dolor, y la certidumbre de estar cumpliendo su destino, Bharadvaja creció hasta que fue adoptado por el rey Bharata.

Bharadvaja, como hijo del cielo que fue, vivió muchísimos años, y sobrevivió a muchas generaciones. Siglos más tarde, cuando el rey Bharata ya se había convertido en un recuerdo, Bharadvaja estaba ejecutando un rito de transición en el bosque, cuando su mirada quedó cautivada por el paso de una ápsara, o bailarina celeste.

Pero hagamos una pausa primero. No corramos. Que no nos gane la prisa, y las ganes de saber qué pasó después.

Lo único que pudo distraer la atención de Bharadvaja fue el deseo. La irrupción de una intensa sensualidad. Tan intensa que Bharadvaja tuvo una eyaculación involuntaria. Una expulsión de semen, que Bharadvaja guardó en un recipiente de madera (droņa). Y una vez más, la fertilidad de la tierra acogió aquella semilla luminosa, para que naciera de ella un niño. Un niño que recibió el nombre de Droņa. Su nombre significa “recipiente”, en sánscrito, debido a la manera en que fue engendrado.

Y hay mucho más que decir sobre Drona, y cómo se desarrolló su vida. Porque Drona fue también un paria, y en muchos más sentidos que su padre. Pero paremos aquí, de nuevo, y que no nos ganen las prisas. En la próxima entrada continuará la historia de Drona y su papel en el nacimiento de esta era de la confusión. Dediquémosle ahora un momento de atención a todos los parias de la historia. A todos estos nacimientos sorprendentes e inavisados, inesperados, incluso indeseados, que han sido imprescindibles para el urdid de esta red maravillosa que somos los seres sensibles.

El gurú en la era de la reproductibilidad

La raíz verbal lu, en sánscrito, se traduce al castellano por cortar-dividir u otros sinónimos de esta acción. Lavya– derivado de la misma raíz, significaría cosechado, o cortado. La palabra sánscrita Eka se traduce por uno, y el compuesto eka + lavya se podría traducir por “¿una sola cosecha?”, o quién sabe si “un solo corte”.
Por otra parte ekala, en sánscrito, se traduciría por solitario.
Ekalavya, en el Mahabharata, es el nombre de un príncipe del bosque. Un príncipe Nishada, diría el original. Los Nishada son los habitantes del bosque, que viven en los extensos espacios selváticos, desconocidos, que rodean las ciudades. Los Nishada son desconocidos, y diferentes a los habitantes de las ciudades; siguen otro código social.
Todos los reinos de los que habla el Mahabharata encampanas su propia población de Nishadas, pero la épica se centra en las relaciones entre las ciudades, sobretodo su nobleza. Los habitantes de los bosques no trabajan para las ciudades; en el mejor de los casos viven sus vidas sostenidos por la abundancia del bosque y en el peor, cuando el reino no está equilibrado, los Nishada se vuelven bandidos y saquean las caravanas que conectan las ciudades.
Los Nishada tienen su orden social, en el que el Mahabharata no entra porque no le incumbe.
Y parece ser que Ekalavya es príncipe de los Nishada de su área. Pero además, Ekalavya está empeñado en aprender a luchar con el gurú de armas de los Pandava, los protagonistas de la historia.
Hay tantas maneras de leer esta historia, y ninguna será la definitiva.
El Mahabharata es, entre muchas otras cosas, la descripción del fin del orden; el fin de una era en la que todavía habían personas que sabían qué tenían que hacer en la vida. El Mahabharata cuenta cómo se empezaron a mezclar los mundos, como cuando los habitantes de los bosques empezaron a desear lo que guardaban las ciudades.
Ekalavya es rechazado por el gurú de armas con el que quiere aprender, por supuesto, porque no es un habitante de la ciudad. Pero Ekalavya no se rinde y recoge barro pisado por su anhelado maestro, cuando este se aleja, y sin que nadie los sepa moldea una estatua de barro en la forma de “su” gurú, ante la cual entrena, en las entrañas de la selva.
Esta imagen me ha hecho pensar en el libro de Walter Benjamin, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, que leí hace años, donde el filósofo habla de la pérdida del “aura” (así lo llama él) de la obra reproducida. Es decir, una pintura religiosa, en una iglesia, a la que hay que llegar caminando pasando por un valle y tres puentes, tiene sentido en relación a este contexto: la iglesia, el paisaje que la rodea, las costumbres de la región en la que fue construida, etc. Una fotografía de esta pintura, por muy buena que sea, ya no es la misma pintura. No puede ser lo mismo, aunque se reproduzca en el mismo tamaño que la pintura original. En el momento en el que se cuelgue esta reproducción en un museo de diseño industrial la obra ya no tendrá el mismo “aura”. Igual con la música, la grabación de unos campesinos de Mongolia que cantan, sonando en el dormitorio de un estudiante, es otra cosa que el original, otra experiencia, y cabe preguntarse qué tipo de experiencia y qué tipo de arte.
En el caso de los gurú, en la era de la reproductibilidad técnica, pasa lo mismo. Creo que parte de la vivencia de la relación con un maestro es la búsqueda, el peregrinaje si se quiere, y el encuentro físico. No solo conocer su discurso sino ser visto por él o ella. En la era de la reproducibilidad somos muchos los que tomamos como “maestro” las escrituras de alguien, o las grabaciones en vídeo de sus discursos, sin tener una relación presencial con esta persona. En esto, veo que la historia de Ekalavya es profética, porque predice la era a venir, donde tantos y tantos acabarán practicando ante representaciones de barro. Y no es tan extraordinario que el Mahabharata profetice nuestra era, porque lo que escribe nace de una profunda comprensión de los procesos de ordenación y disgregación de la energía, y cómo esta se coagula en ideas, sociedades, reinos, palacios, museos, personas, cuerpos, etc. Lo que el Mahabharata predice es de sentido común.
Y además el texto no es maniqueo, porque Ekalavya, al final, no se queda sin su enseñanza. Se dice que cuando el corazón llama a un maestro este llega, y Ekalavya acaba encontrándose con la enseñanza de su maestro.
Años tras el rechazo de Ekalavya por su estimado gurú, los Pandeaba se encuentran cazando en el bosque y el perro que mandan a explorar el terreno vuelve, ante su sorpresa, con el hocico cerrado por siete flechas engarzadas como un bozal. Tal proeza de arquería nunca se había visto y Arjuna, el alumno aventajado del gurú de la disputa, se indigna:
-Me dijiste que yo sería el mejor arquero del mundo pero parece que alguien me ha superado – le dice a su maestro.
En este momento el gurú, de nombre Drona, y encarnación de Brihaspati, el mismo gurú de los dioses, se adentra en el bosque para encontrarse con Ekalavya.
-¿Quién te ha enseñado a disparar así- la pregunta.
-Tú, maestro- responde con inocencia Ekalavya, y señala a la estatua de barro ante la cual ha estado entrenando.
-Si es así me debes mi paga (mi ofrenda)
-Lo que me pidas maestro.
-Dame tu pulgar derecho.
Esta escena golpea al lector con la crueldad del mundo, y también ofrece a Ekalavya la oportunidad de realizar un acto heroico, por entregado y desinteresado. Absurdo, desde un punto de vista utilitario, y sublime desde un punto de vista energético.
Ekalavya se corta el pulgar sin dudar y se lo entrega a su maestro. Con esto ha podido participar de la mayor enseñanza que puede ofrecer un maestro, que es la de la entrega total de uno mismo. Ekalavya es capaz de renunciar en un instante a sus dotes de guerrero por el mismo maestro que le debía enseñar a luchar.
Esta anécdota del Mahabharata es tan impactante que se graba en fuego en la memoria del que la conoce, y una de las cosas de las que habla es de la eterna tensión entre el mundo exterior y el mundo interior. En el mundo exterior la acción de Ekalavya es absurda, porque renuncia a los frutos de su entrenamiento. En el mundo interior Ekalavya ha podido efectuar el encuentro con su maestro. El mundo exterior, es el de las formas y las consecuencias; la flor crece porque se plantó una semilla. El mundo interior es el del símbolo; la flor crece porque es feliz. Si las flores crecen solo porque son felices, no sabremos cuándo plantar; y si las flores crecen solo porque se plantan semillas, la vida no tiene sentido.

Vanguardia y tradición – María Stoyanova y la circularidad del Mahābhārata

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El Mahābhārata es como un palacio con habitaciones y patios en el que cada lector encuentra su propio camino. A medida que exploro este espacio no me deja de sorprender la vastedad de sus dimensiones; es como si una parte de la estructura del palacio se fuera abriendo dentro de mi alma mientras la se expande hacia el cielo.

En esta entrada quiero presentar a María Stoyanova, la directora que está guiando lo que será la presentación pública del Mahābhārata, y aprovechar también para hacer un primer intento de explicar de qué manera creo que una vanguardia artística puede relacionarse con un texto tradicional. Al final de la entrada ofrezco la traducción de dos fragmentos del Mahābhārata.

La vastedad del Mahābhārata implica que cuando uno lo lee, en algún momento tiene que asumir qué es aquello que está buscando al leerlo. A su vez, dado que el Mahābhārata es más grande que la vida, cuando uno lo lee, el Mahābhārata exige también al lector el hacerse cargo progresivamente de la razón por la que está viviendo, porque esta coincidirá con el sentido que pueda encontrar en el Mahābhārata.

En mi viaje de buceo en el Mahābhārata me impele el compromiso de compartir cada año un fragmento de la obra. Preparar esta presentación pública me lleva hacer un trabajo de asimilación emocional del texto, incluso física, y en este proceso es crucial para mí el trabajo con la directora y artista escénica María Stoyanova.

Hace años que sigo y admiro la búsqueda de María Stoyanova. Creo que reconozco en Stoyanova una búsqueda incansable y sin frenos de la auténtica sinceridad, del lugar donde se encuentra la esencia de lo humano. El ímpetu de María Stoyanova recuerda al de los artistas románticos del siglo XIX, pero a diferencia de estos Stoyanova no parece tener como ideal lo sublime sino el encuentro horizontal con el público.

El trabajo con María Stoyanova me ayuda a reconocer, a partir de ejercicios físicos, aquello que mi cuerpo ha heredado del pasado. Al pasado le podemos llamar traumas familiares o consecuencias kármicas, pero al final se trata de una misma cosa. Para mí el pasado es un dolor y una sensación de desolación ante el legado que nos ha dejado el siglo XX. Y cuando leo el Mahābhārata, me doy cuenta de que existe un gran paralelismo en ese relato y la época que estamos viviendo.

El Mahābhārata, como nuestro siglo, comienza también después de una gran guerra, o después de una gran debacle en la que han desaparecido  reinos enteros y con ellos algunos de los valores que habían sostenido a la humanidad.

¿Hasta dónde está mi antiguo karma/traumas influenciando mi lectura del Mahābhārata y en qué medida está la lectura del Mahābhārata influenciando la interpretación que hago de mis recuerdos? Creo que esta línea no está nada clara, si es que existe, pero me parece una de las cuestiones más interesantes de esta investigación de doce años.

En el método de ajustar de una línea de trabajo basada en lo autobiográfico a uno de los grandes relatos tradicionales de la humanidad veo una vía que puede reintegrar las vanguardias del siglo XX en el contexto de la tradición. Este es el motor que mueve este proyecto.

En cuanto al texto prometido para esta entrada, creo que ha sido necesario hacer esta introducción. Es necesario explicar por qué mi trabajo personal me ha llevado a sensibilizarme de manera tan personal con el Mahābhārata, con la historia de una gran guerra y del fin de una era.

 

La circularidad del Mahābhārata:

La historia del Mahābhārata comienza en el contexto de un sacrificio, que auspicia un rey. El rey sacrificante es nieto de los cinco protagonistas del Mahābhārata: los Pandava. Cinco hermanos que se ven arrastrados a la guerra civil del Mahābhārata; la gran guerra que acaba destruyendo a todos los reinos que participan en ella. El rey sacrificante pregunta cómo y por qué pasó esta catástrofe de la que la humanidad se está recuperando. Un bardo, le comienza a contar las razones de la guerra, comenzando con el nacimiento del universo.

Uno de los primeros eventos que describe el bardo es el momento en el que los dioses, antes de que existiera el tiempo, tuvieron que aliarse con los demonios para batir juntos, en movimiento circular, el océano del universo y extraer de él una gota del elixir de la inmortalidad. Esto es importante porque una vez extraído el elixir, los dioses y los demonios empezaron a luchar por él, y esta lucha les ha llevado a encarnarse en el mundo material, como animales humanos y salvajes, para continuar su contienda. La gran guerra civil del Mahābhārata, es el desenlace de este evento primordial: el batir del océano universal.

Insisto en mencionar que el movimiento para batir el océano es circular porque mi trabajo personal me está llevando a indagar en el símbolo de la esvástica, que he elegido por la influencia que ha tenido sobre la historia de mi familia y por el Mahābhārata, porque en la tradición india este símbolo significa ofrecer bendiciones, en contraste con el uso que se le dio en Europa durante el siglo XX.

Existe una interpretación esotérica también, según la cual la esvástica, cuando se dibuja con las aspas apuntando a un movimiento hacia la derecha, ofrece bendiciones, y en cambio cuando se dibuja girando hacia la izquierda, lleva a la descomposición y la destrucción.

Volviendo poco a poco al texto del Mahābhārata, es interesante observar que la esvástica se puede interpretar como el dibujo de un remolino, y los remolinos se encuentran a nuestro alrededor allí donde miremos. De hecho, vivimos en un remolino. La vía láctea es una de las aspas de nuestra galaxia, que tiene forma de enorme remolino.

Igual que nuestra galaxia gira, en el Mahābhārata también nos encontramos con un texto que comienza donde acaba: El rey que escucha contar la historia del Mahābhārata, es el nieto del personaje con el que termina el libro. El Mahābhārata termina con la muerte de Yudisthira, el hermano mayor de los cinco protagonistas, cuando ya ha terminado la guerra. Si el lector se pregunta qué pasará con la humanidad después de Yudisthira puede seguir leyendo. Si vuelve a comenzar a leer el Mahabharata tras terminar la última página, el lector encuentra la continuación de la saga de Yudisthira; es decir la historia del nieto de Yudisthira y de su hijo. El Mahābhārata comienza donde termina.

Me he dado cuenta de la posibilidad leer el Mahābhārata hacia atrás cuando me he permitido identificarme personalmente con la tristeza de los personajes que abren el Mahābhārata; con la tristeza del rey y los participantes del ritual que este organiza. A raíz del trabajo con María Stoyanova, a consecuencia del proceso de reconocer mi autobiografía en el texto del Mahābhārata, he llegado a identificarme profundamente con el trauma familiar de Janamejaya, el rey que inicia el Mahābhārata. Sintiendo la tristeza del rey como la mía, a medida que indagaba en mi pasado familiar, he sentido la necesidad de indagar en el pasado de Janamejaya, el nieto de Yudisthira; esto me ha llevado a leer el final del Mahābhārata.

Es especialmente triste la descripción de la destrucción del reino de Krishna, el avatar divino que acompaña a los hermanos protagonistas: Los nobles del reino de Krishna se emborrachan y sucede una fatal discusión que comienza cuando varias personas acusan a dos de los presentes de haber ayudado al hijo del maestro de armas de los Pandava a asesinar a todo el campamento de los Pandava cuando dormían. Estas acusaciones terminan en una pelea campal en la que fallecen todos los nobles del reino de Krishna. El resto de la población es saqueada por bandidos cuando intentan emigrar juntos hacia otro reino aliado.
Tras leer esta historia tan triste y tan actual, he querido leer con detalle qué pasó en el campamento Pandava cuando fue atacado de noche por el hijo de su maestro de armas. Este es uno de los eventos más crudos del Mahābhārata  y uno de los puntos donde se pierde irremediablemente la confianza en la humanidad de los guerreros. Tras leer la descripción de esta tragedia, lo natural es querer saber por qué el hijo del maestro de armas de los Pandava decide perpetuar tal crimen y manchar así su nombre para siempre. Así resulta que Ashvatama, el nombre del hijo, está profundamente dolido por la manera en la que los Pandava mataron a su padre en la guerra. Y uno se pregunta, ¿por qué el maestro de armas de los Pandava estaba luchando en el bando opuesto y no junto a ellos? Y así me he dado cuenta que si no paro puedo acabar leyendo el Mahābhārata entero, hacia atrás, de trauma en trauma, de vuelta hacia el evento original, el batir del océano universal para extraer el elixir de la inmortalidad.

Esto me ha recordado la interpretación esotérica de la esvástica. Se puede leer el Mahābhārata hacia adelante, tal como está relatado, y se puede leer hacia atrás. La diferencia es que hacia atrás, vamos de trauma en trauma, en busca de las acusaciones y el sufrimiento. Hacia adelante, el texto ofrece otra cosa. De ambas maneras uno vuelve al principio, a la espiral original, y de allí puede seguir leyendo el Mahābhārata hacia atrás, otra vez, o dar la vuelta y leerlo hacia adelante. Cualquier espiral tiene un movimiento circular hacia dentro, hacia el centro, y a la vez una fuerza centrífuga hacia fuera. ¿Cuál es la diferencia? Creo que la elección de dos fragmentos del Mahābhārata puede darnos una pista. En primer lugar, he decidido traducir la descripción que ofrece el Mahābhārata del momento en el Ashvatama decide atacar el campamento de noche y asesinar a lo dormidos, tanto a los soldados como a las criaturas y las mujeres de los Pandava.

Ashvatama tiene insomnio a causa del dolor de la pérdida de su padre. En medio de la noche, ve como un búho ataca el nido de unos cuervos y asesina a todos los polluelos dormidos. Esto le da la idea de atacar el campamento enemigo de noche. Cuando avanza hacia el campamento, acompañado por dos guerreros del reino de Krishna:

…La noche, la creadora del universo, se manifestó. En todas las direcciones, el cielo era hermoso de ver. Estaba ornamentado por planetas, constelaciones y estrellas. Seres que se vuelven poderosos y merodean por la noche comenzaron a aullar

Los acompañantes de Ashvatama le vuelven a avisar de que lo que quiere hacer no es correcto y Ashvatama contesta que está tan lleno de dolor, que no le importa renacer como insecto, que lo único que busca es la destrucción de los Pandava. Ashvatama decide invocar el poder de Shiva, y en el fuego que enciende para hacer la invocación se aparece todo el ejército de demonios que acompaña a Shiva y que Shiva controla:

Las llamas envolvieron todas las direcciones y las sub-direcciones del firmamento. Muchos seres se manifestaron. Poseían bocas y ojos en llamas. Tenían muchos pies, cabezas y brazos. Eran como elefantes y montañas, con caras gigantes. Había formas como perros, jabalíes y camellos. Había bocas como las de caballos, hienas y vacas. Había caras como osos y gatos y bocas como tigres y leopardos. Había caras como cuervos, bocas como monos y caras como loros. Algunos poseían bocas como serpientes gigantes. Otros tenían bocas que eran blancas como la de los cisnes. (…) Otros tenían miles de ojos o cientos de estómagos. Había algunos sin carne y bocas como los lobos, y bocas como halcones. Algunos no tenían cabeza. ¡Oh rey! Algunos tenían bocas terribles como osos. Ojos y lenguas brillantes. Otros tenían bocas en llamas, ¡oh rey! Algunos tenían caras como ovejas y bocas como cabras. Había algunos con forma de conchas marinas y orejas como conchas marinas. Algunos llevan guirnaldas de conchas. Otros tenían voces como conchas. Algunos tenían el pelo revuelto y pegado, o estaban pelados. Otros tenían estómagos delgados. Había cuatro dientes y cuatro lenguas. Algunos tenían orejas cónicas, o llevaban diademas. ¡Oh Indra entre los reyes! Algunos tenían  hierba en el cuerpo, otro pelo rizado. Algunos tenían gorros y coronas. Otros tenían bocas preciosas e iban ornamentados. Algunos llevaban lotos y lotos blancos, otros estaban decorados con lirios. Emanaban grandeza y había cientos de miles de ellos. Algunos llevaban armas que podían matar cientos de personas de un golpe y discos metálicos en las manos. Otros llevaban garrotes. Otros llevaban catapultas y lazos en las manos, otros llevaban porras en las manos. Algunos llevaban aljabas en la espalda, llenas de flechas coloreadas. Eran indomables en la batalla. (…) Algunos tenían pilares en las manos (…) Otros llevaban serpientes alrededor de sus coronas, o serpientes gigantes como brazaletes, adornadas con ornamentos coloridos. Algunos estaban cubiertos de polvo. Otros iban cubiertos de barro. Todos llevaban ropas blancas y guirnaldas. Algunos tenían miembros azules, otros naranja. Algunos tenían las caras afeitadas. (Tocaban instrumentos, algunos bailaban, otros cantaban). Los inmensamente fuertes saltaban y viraban. Corrían velozmente, con la cabellera volando al viento. Eran como locos elefantes gigantes y rugían constantemente. (…) Ellos podían resistir, pero era imposible resistirse a ellos. (…) Vivían de carne y vísceras, bebían sangre y comían grasa y tuétano. Algunos llevaban pendientes y eran delgados, otros tenían panzas enormes. (…) Algunos no se podían mirar del miedo que daban, otros tenían bocas babeantes. Algunos tenían el pene muy largo. Otros tenían los huesos quebrados. Eran capaces de derribar el sol, la luna, los planetas y las constelaciones al suelo, si así lo desearan (…) nunca tenían miedo y eran capaces de tolerar las reprimendas de Hara (Shiva). (…) Eran los señores del habla. Estaban privados de malicia. Habiendo alcanzado las ocho formas de prosperidad (Compasión, perdón, limpieza, falta de celos, altruismo, falta de codicia, purea y auto-control) ya no se veían poseídos por la maravilla. De todas maneras, el gran Hara siempre se maravillaba de sus actos. Él era devotamente adorado por ellos en pensamiento, palabras y hechos. En pensamiento, hechos y palabras, él los protegía devotamente como hijos. (…)

Se reían de muchas formas diferentes. Golpeaban sus muslos y rugían. Tocaban instrumentos musicales y eso hacía que el universo respondiera.

Antes este “fuego de formas”, o “fuego de deformaciones”, Ashvatama ofrece su cabeza y es poseído por Shiva. Con el poder de la deidad merodea el campamento de los Pandava como la misma muerte. Cuando Ashvatama comienza a atacar el campamento, crea tal miedo y destrucción que los guerreros que mientras duermen sueñan con la diosa Kali y cuando se despiertan lo hacen tan aterrados que levantan las armas y golpean a lo primero que ven, es decir a sus mismos compañeros. En poco tiempo, el terror que infunde Ashvatama deja el campamento como una masa de piernas y brazos amputados, y grasa y sangre que fluye sobre la tierra. Cito literalmente.

La imagen de la destrucción que causa Ashvatama y de la invocación que hace antes de empezar es de un gran caos y desorden. Este desorden contrasta con la descripción que se hace al final del Mahābhārata del momento en que Yudisthira, el hermano más justo de los cinco Pandava, asciende al cielo en su cuerpo físico. El texto contiene mucha nomenclatura propia de la filosofía sánscrita y es difícil de traducir. Lo que presento aquí más que una traducción es un comentario personal con el que intento transmitir el sabor del fragmento a quienes tengan menos interés en los detalles técnicos del sánscrito:

El rey Yudisthira fue felicitado por los dioses, las consciencias iluminadas (Rishis) y las tormentas (Maruts) y siguió hacia el lugar que ocupaban los de su linaje. Vio a Dios en forma de expansión (Brahmán); esto no había sido visto antes en aquella forma ni reconocido de aquella manera. Yudisthira brilló en su forma original y las armas celestiales (Astra) se presentaron ante él, en sus formas personificadas. El disco celestial, y las otras armas terribles se presentaron, en su forma corporal. Fue venerado por el doceavo mes (Phalugna), el mes divino, en su forma más brillante.

Después, el texto va mencionado cada uno de los personajes principales de la historia, los hermanos de Yudisthira y sus maestros, y Yudisthira los va reconociendo en el cielo como constelaciones. A su esposa la ve brillando en el cielo como el sol, y cuando quiere hablar con ella Indra, el rey de los dioses, le explica que Shri, la energía femenina divina, había tomado forma humana para acompañarlo sobre la tierra y ahora estaba de nuevo en su lugar. Los hijos que tuvo con ella volvían a ser tras la muerte músicos celestiales.

Cuando las consecuencias de sus acciones se extingan, el brillo de estas constelaciones, las constelaciones con las que se fundieron los personajes del Mahābhārata, también desaparecerá.

Con este tono termina el Mahābhārata leído desde el principio hasta el final. Una descripción que contrasta con la descripción de desorden y descomposición del ataque de Ashvatama, que lleva sin embargo también hacia Shiva, a lo divino. El remolino hacia el centro, o hacia los bordes; la esvástica hacia la izquierda o hacia la derecha. Todo vuelve y avanza hacia el mismo infinito, pero ¿qué dirección decidimos tomar? Es por esto que defiendo que para leer el Mahābhārata es necesario asumir qué es lo que uno busca el Mahābhārata, porque si no, uno merodea por el texto sin dirección.

Este ha sido un primer intento de explicar qué es lo que busco al combinar una presentación del Mahābhārata basándome en una indagación autobiográfica, relacionada con un método artístico de vanguardias. Espero poder ir refinando la explicación en las próximas entradas, siempre con el apoyo del fantástico enigma que es el Mahābhārata.

 

 

 

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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