El mapa para atravesar la confusión

Se ha dicho, y se sigue diciendo, que hay un Ser, único, que es real y siempre existe; un estar, inconcebible, de una voluntad que por su mero querer materializa todos los mundos: los universos subatómicos que esconde la materia, las grandes corrientes de energía en movimiento, los planetas, ecosistemas, galaxias e incluso el abismo infinito que todo lo puede absorber: el caos. Los humanos somos los testigos de este Ser. Su creación más preciada.

El aroma de la tierra en la noche, el sonido del viento y los grillos, la luz de las estrellas y el efecto de la luna sobre el mar. El conocimiento de las plantas, el calor del sol y la frescura que ofrece la sombra. Todos estos elementos son la casa de la humanidad. Los bosques y los animales que los pueblan, las extensas llanuras, las montañas, los lagos, los mares insondables y el misterioso fuego, son nuestros referentes. Los humanos somos la mirada que tiembla ante el mundo. Somos los héroes, los elegidos; la raza que transita el horror de pensar en la muerte. Somos los compañeros de los dioses. De las plantas. De los elementos que componen la vida.

Los humanos percibimos todas las frecuencias del universo y podemos interpretarlas en acciones. Las manos, y la voz, de los humanos, interactúan con el tiempo y la materia, tejiendo el destino. La voluntad, mediante la inteligencia humana, configura y transforma nuestro entorno. Somos la raza que transforma el planeta. Allí donde hay humanos hay fuegos encendidos. Las urbes humanas compiten con las estrellas y desde las alturas refulgen sobre la piel de la tierra como incendios controlados.

Somos un propósito, en forma de animal. Un animal social, intelectual, creativo, artístico, tecnológico. No sabemos dónde están nuestros límites, si es que los tenemos. Hemos modificado el planeta y estamos modificando nuestra raza; nuestra animalidad. Hemos descubierto cómo liberar la energía escondida en los átomos, a modificar nuestras condiciones fisiológicas innatas. ¿Hasta dónde podemos llegar? No lo sabemos. ¿Qué buscamos? Tampoco. Es la vida la que nos mueve. El crecimiento.

Nos maravillamos creyendo en un destino incomprensible, en un puerto de llegada, que queda allende las estrellas, más allá del conflicto y del tiempo. Mientras tanto, mientras no alcancemos ese puerto huidizo, nos zarandean las pulsiones de los cuerpos que habitamos: Dolor y vergüenza en la infancia, angustia y perplejidad en la juventud, melancolía en la edad adulta y miedo en la vejez. Olas de emociones que transforman de un día para otro, sino de un hora para la otra, nuestra manera de ver el mundo. Una y otra vez.

¿Y cómo puede, un humano, preguntar qué es el ser humano? ¿Quién le responderá y en qué lenguaje? ¿En el de las plantas? ¿En el lenguaje de los ciclos cósmicos? El piar de los pájaros al amanecer y el mugir de las vacas en una noche oscura, ¿serán respuestas a la pregunta de qué es el humano? ¿Lo serán los truenos?

Para entendernos, nos miramos en el espejo y el espejo nos devuelve un signo de interrogación: la imagen de una cara que pregunta. Piel, cejas, frente, arrugas, mejillas suaves o peludas y pupilas negras. Una nariz, un mentón, y un fondo. Tras la cara. Un paisaje, interior o exterior – no importa. Un baño, con ventana o no. Signos de un entorno que acoge esa cara que mira.

Todo esto confunde al humano.

Así se lo contó la pitón gigante a Yudisthira; así se lo contó la pitón gigante al hijo del orden universal:

-Yo me confundí a causa de mi prosperidad. Estaba intoxicado. En tiempos pasados solía vagar por los cielos a bordo de mi carro celestial. Intoxicado con mi vanidad, no pensaba en otra cosa. Las grandes consciencias iluminadas (brahmanes y rishis), los espectros nocturnos (rakshasa), los guardianes astrales (gandharva), dioses (deva), serpientes invisibles (naga), músicos celstiales (kinnara) y todos los residentes de los tres mundos me rendían tributo. El poder de mi mirada era tal que al ser que yo mirara podía robarle la energía. Miles de sabios con la consciencia realizada cargaban mi palanquín. ¡Oh rey! Un día, cuando el rishi Agastya me estaba llevando, pateé su cabeza por orgullo e impaciencia. Enfurecido, el destino pronunció estas palabras: <Que sea tu orgullo destruido, y te conviertas en una serpiente sin extremidades>. Ese día caí desde mi supremo carro celeste (vimana). Perdí todos mis ornamentos. Y mientras caía, cara abajo, vi que ya me había convertido en una serpiente depredadora. Entonces supliqué a Agastya: -¡Por favor libérame de esta maldición! ¡Por favor, perdona mi falta!.

Entonces Agastya se llenó de compasión y me dijo: -Oh señor de los humanos! El rey del orden cósmico (dharmaraja), Yudisthira, te liberará de esta maldición cuando los frutos de tu insolencia y brutalidad se hayan descompuesto.

Ver el poder de su energía despertó una gran maravilla en mí. Oh rey, por esto he querido hablar contigo. La sinceridad, la autoconsciencia, la entrega a un bien mayor, rehuir la violencia y elegir siempre la bondad es lo que nos hace más humanos, no el nacimiento ni el linaje.

Así habló la pitón Nahusha, según la historia. Así lo cuenta el Mahabharata. El Mahabharata, la narración del sendero hacia la divinidad, dicen algunos. Las historias de los dioses; la historia del universo y sus elementos; el mapa para atravesar la confusión; el relato de la voluntad humana; la historia más larga, más colorida y más espeluznante jamás contada. El orden que ilumina el caos y el caos que nos libera del orden.

 

¿Pero quién es esta pitón gigante llamada Nahusha y quién es el rishi Agastya? ¡No te pierdas las próximas entradas para conocer su increíble historia! ¡Se te van a poner los pelos de punta!

 

Poco a poco nos estamos acercando al cierre de este cuarto año de Respirar el Mahabharata. La investigación de este año está siendo enfocada en el rol del azar, o caos, en el mundo. La razón de ello es que la historia que marca la narración de este cuarto capítulo de Respirar el Mahabharata es el juego de dados fatal en el que Yudisthira pierde su reino.

El evento que estoy preparando para este cuarto capítulo de Respirar el Mahabharata es un taller del juego de Lilah. Cuando sea el momento explicaré mejor la relación entre el juego, el Mahabharata y el azar. De momento, confío en que el lector interesado pueda sacar sus propias conclusiones, o disfrutar simplemente de cada historia de este blog por sí misma.

El taller de Respirar el Mahabharata 4 se estrenará el próximo 12 de diciembre en la sala del colectivo CRA’P.

Los Pandava se casaron con Draupadi y Shri fue establecida

Esta entrada la he escrito por partes, en libretas y hojas sueltas, y la ensamblo aquí con la sensación de escribir algo que solamente entenderé en el futuro, en retrospectiva.

La primera parte del escrito es un comentario sobre la lectura de un libro que me ha afectado mucho esta última quincena. Se trata de The KLF, Caos y Magia – La banda que quemó un millón de libras, de John Higgs, y no tiene mucho que ver con el Mahabharata, pero sí con la parte performática de este proyecto y por esto siento que es importante que en el blog quede registro de mi encuentro reciente con este libro.

El libro que cito es la biografía de dos amigos que se lanzaron a un viaje por el ¿arte? de la provocación, bajo diferentes seudónimos como The JAMM’S, The KLF o The K Foundation, entre los cuales The KLF fue el nombre de una supuesta “banda” de música electrónica con la que estos dos amigos, Bill Drummond y Jimmy Cauty, lanzaron varios éxitos musicales a principios de la última década del pasado milenio. Y digo “supuesta banda” porque The KLF fue un montaje de Bill y Jimmy, un experimento, para demostrar que podían hacer un éxito comercial y después criticar la industria musical desde dentro; usándo su éxito como plataforma.

Después de enriquecerse con varios números 1, Bill y Jimmy se despidieron de la industria musical durante la celebración de unos premios importantes para la música Pop inglesa, a los que habían sido invitados para actuar y recoger un premio. Bajo el nombre de la banda The KLF, Bill y Jimmy salieron al escenario con una metralleta cargada de balas de fogueo y dispararon una larga ráfaga hacia la dirección del público invitado (críticos y productores musicales). Después de esta acción se retiraron del lugar, sin pasar a recoger el premio que les habían asignado, y continuaron su acto de rechazo destruyendo todas las copias restantes del material que habían grabado, renunciando a los derechos de sus canciones –que no pertenecían a ninguna discográfica porque los dos amigos trabajaron siempre de manera independiente- y pasando finalmente a ejecutar el acto más polémico y criticado de su trayectoria, el cual consistió en quemar un millón de libras inglesas -todo lo que habían ganado con la música- en billetes de papel. Grabaron el acto en vídeo, editaron la grabación e hicieron una gira por salas alternativas de Inglaterra, organizando proyecciones debate en las que Bill Drummond y Jimmy Cauty pedían al público que les explicaran por qué habían hecho lo que habían hecho.

Mucho debate parece que no hubo porque el público, por lo que escribe el biógrafo de la pareja, se dedicó a abuchearlos y acusarlos de cínicos provocadores. La crítica a la industria musical, al enriquecimiento frívolo con productos artísticos superficiales, la apreció poca gente. No porque no se comprendiera la idea tras la acción, sino porque la decisión de quemar un millón de libras reales molestaba demasiado como para poder apreciar el componente crítico del acto. Podrían haber donado el dinero, coincidían todos.

Dicho esto, tengo que reconocer que tengo una debilidad por The Klf, por las canciones y los vídeos que salieron bajo este nombre, porque marcaron el imaginario de mi infancia.

Cuando tenía 11 y 12 años todos los niños escuchábamos música electrónica. Era la moda y cada semana salían recopilatorios con canciones nuevas, todas parecidas pero excitantes. Pero en este mar de ritmos repetitivos yo tenía el ojo puesto en The Klf como un fenómeno aparte; por la atmósfera y el juego misterioso de símbolos que combinaban sus estribillos y vídeos. Y esto es algo casi premonitorio, porque lo que los vídeos de The Klf combinaban era una mitología personal de Jimmy Drummond y Billy Cauty, que barajaba elementos de fenómenos artísticos (¿pseudo?)místico-filosóficos que marcaron posteriormente mi crecimiento, no menos que The Klf, sin que yo fuera consciente que los había oído mencionar por primera vez, de manera subliminal, en los vídeos de esta falso proyecto musical. Hablo del Discordianismo y William Burroughs, que me obsesionaron al final de la adolescencia, y la Magia del Caos y la filosofía artística de Robert Anton Wilson, y la mitología que este autor desarrolló en su literatura. Y de fondo, además de estos fenómenos minoritarios, la mano del Situacionismo, movimiento por el que siempre he sentido atracción.

De hecho, la obra de los autores que he mencionado, incluido el Discordianismo y la Magia del Caos, prácticas de origen semi-anónimo, o colectivo, entroncan todos con el Situacionismo. La ideología del Situacionismo consiste en considerar a todas las expresiones de la modernidad, a todos sus discursos y expresiones artísticas, como un gran espectáculo, como un teatro de la usura capitalista. Los situacionistas consideran que cualquier acto de rebeldía es asimilado por la sociedad como parte del espectáculo y comercializado como tal. Desde el terrorismo a las sectas religiosas, cualquier acto de diferenciación ideológica se convierte en material creativo para el espectáculo periodístico (que busca naturalmente el sensacionalismo porque la información objetiva no existe realmente como tal) y el mundo del espectáculo en general.

Conscientes de esto, en lugar de defender una visión política determinada en su arte, los artistas situacionistas buscaban jugar con el negocio de la cultura, entrar en su juego y exponer su funcionamiento en actos de provocación que veían como pequeños sabotajes al mecanismo de producción de imaginario colectivo.

Un bello acto situacionista es el que perpetró el performer Andy Kaufman cuando se saltó el guión de un programa de humor en vivo, en hora de máxima audiencia. Parece ser que el guión pedía a varios cómicos de moda en el momento simular estar en un restaurante bajo los efectos de la marihuana. Andy Kaufman se salió de su personaje, en vivo, y dijo que iba contra su ética el bromear sobre las drogas. El resultado, que ha quedado grabado para la posteridad, es que los demás cómicos se indignaron con Andy Kaufman hasta el punto de salirse ellos también de personaje. El acto derivó en una pelea entre los actores, con intervención del productor, ante la atónita mirada del público en casa. Los spots comerciales cortaron la bizarra situación y después el programa continuó. Los que estaban mirando el programa en vivo, y también los que vemos la grabación de la escena hoy, nos preguntamos si Andy Kaufman realmente sacó de sus casillas a sus compañeros o toda la escena estaba planeada desde el principio. En cualquier caso, no importa. El acto situacionista ya está hecho, porque montaje o no, lo que el público en casa tiene claro de repente es que nada de lo que ve en la televisión es lo que parece. De repente se rompe un hechizo, y ya no estamos viendo unos amigos en un restaurante sino cuatro actores, y un plató, y cámaras que los graban, y un montaje tecnológico impresionante que hace que veamos estas imágenes en todo el mundo. En un instante, vemos también la pantalla que nos muestra estas imágenes, e incluso nuestro salón, y quien sabe si nuestra vida, hasta el punto de preguntarnos ¿qué estamos haciendo aquí, viendo este programa de humor? Y esta pregunta nos lleva ya muy cerca de la espiritualidad. Este momento de conciencia es un acto situacionista. Estos son los pequeños sabotajes a los que aspiraban los situacionistas, y The Klf, entrando en la escena de la música electrónica, con un proyecto falso que sus creadores no se tomaban en serio, plantaron probablemente semillas que han llevado a otros adultos como yo, que sintieron una confusa fascinación con The Klf en la infancia, a cuestionar profundamente la percepción que tenemos de la realidad.

Creo que este proyecto de Respirar el Mahabharata debe mucho a The Klf, y a los situacionistas, porque una de las motivaciones principales de este proyecto es preguntarme por qué nos gustan tanto las historias a los humanos (historias de los vecinos, historias políticas, todo tipo de historias, no solo historias místicas) y cómo se relata la verdad, cuando sabes que esta es elusiva y se escurre entre las palabras a medida que la intentas definir. ¿Es más real la biografía de un personaje público que el relato del nacimiento de un dios? ¿Por qué?

El momento donde relaciono esta primera parte con un escrito que tenga que ver con el Mahabharata viene ahora. Porque si bien simpatizo con el situacionismo, y con performers provocadores de fines del pasado milenio como Drummond, Cauty o Andy Kaufman, hay algo que me siempre me ha faltado en sus actos, que sin embargo sí encuentro al relatar el Mahabharata. Este algo es difícil de describir para mí y el comprometerme por doce años con el Mahabharata me da la esperanza que pueda acabar describiéndolo mejor. De momento, sin embargo, me sirve mencionar algo que me ha llamado la atención en el libro The Klf, Caos y Magia, de John Higgs, porque el biógrafo de la falsa banda Klf introduce durante su libro el fenómeno llamado Discordianismo, que fue una parodia de religión que se expandió primero por los estados unidos, en la década de 1970 y llegó a mí a través de un compañero del instituto a fines de la década de 1990. Los creadores del Discordianismo lo difundieron de manera anónima, como una nueva biblia esotérica de fotocopiadora, o falso documento esotérico, promoviendo una religión de la no religión. Los discordianos adoran a Eris, sin creer en ella, y tienen rituales que no tienen sentido, porque son seguidores de la diosa de la discordia. Lo que los discordianos querían demostrar era que la práctica religiosa en sí ya constituye una realidad sin la necesidad de que represente a una entidad transcendental real. Los discordianos, o erisianos, eligieron a Eris, la diosa de la discordia Griega, para crear un culto paródico destinado a los que no creen en ninguna entidad, ni siquiera en Eris. De allí la paradoja de que ni los mismos Erisianos crean en Eris.

Lo que llama la atención es, primero, el éxito que tuvo el discordianismo, y la seriedad con la que muchos nos tomamos esa parodia. Y en segundo lugar, llama la atención que aquellos que incorporaron el culto a Eris (sin creer en ella) en sus vidas u obra artística, como por ejemplo Bill Drummond y Jimmy Cauty, siguieron un sendero relativamente autodestructivo o, por lo menos, de disgregación. Al parecer el autor al que se atribuye el panfleto provocador Principia Discordia, que lanzó este alocado movimiento al mundo, dijo décadas después que si hubiera sabido cómo hubieran ido las cosas hubiera adorado a Venus en lugar de Eris.

Parece que el culto, aún siendo paródico, instaura una realidad. Y donde siento desapego ante el Situacionismo o gran parte del arte contemporáneo de protesta, es en la actitud desintegradora, de protesta discordante; de rechazo. Porque si hablamos en términos mistocológicos, en estas actitudes de protesta falta Lakshmi, la presencia de la armonía; lo contrario a Eris.

Lakshmi, citando la obra La Madre, de Sri Aurobindo, que en su momento ya prometí traducir y citar en cuatro posts diferentes: «es el milagro de la eterna belleza, un secreto inasible de armonías divinas, una persuasiva magia de una atracción y encante universales que atrae y agrupa cosas y fuerzas y seres y los obliga a encontrarse y unirse para que una dicha (Ananda) escondida juegue tras el velo y los convierta en sus ritmos y figuras. Este es el poder de Lakshmi y no hay un aspecto de la Divina energía (Shakti) que sea más atractivo al corazón de los seres corpóreos.

Maheshwari (La sabiduría) puede parecer demasiado grande y calma, y distante, para que la pequeñez de una criatura terrestre se le acerque o la contenga: Kali (la fuerza) demasiado certera y formidable para que su debilidad la soporte; pero todos se dirigen con dicha y anhelo hacia Lakshmi. Pues ella lanza el conjuro de la dulzura intoxicante de lo Divino: estar cerca de ella es una felicidad profunda y sentirla en el corazón es convertir la existencia en un rapto y una maravilla; la gracia, el encanto y la ternura fluyen de ella como la luz del sol y allí donde fija su maravillosa mirada o deja caer la belleza de su sonrisa el alma es tomada y cautivada y sumergida en las profundidades de una dicha insondable. Magnético, es el tacto de sus manos y su oculta y delicada influencia refina la mente, la vida y el cuerpo, y allí donde apoya sus pies se dirigen corrientes milagrosas de cautivador Ananda.

Y sin embargo no es fácil cumplir las exigencias de este Poder encantador o mantener su Presencia. La armonía y la belleza de la mente y el alma, la armonía y belleza de pensamientos y sentimientos, la armonía y belleza en cada acto y movimiento hacia el exterior, la armonía y belleza en la vida y alrededores; esta es la exigencia de Lakshmi. Donde hay afinidad a los ritmos de la dicha secreta del mundo y respuesta a la llamada de la belleza total y la concordia y unidad y el flujo satisfecho de muchas vidas dirigidas hacia lo Divino; en esa atmósfera ella reside y consiente. Pero todo lo que es feo y mal intencionado y bajo (base), todo lo que es pobre y sórdido y escuálido, todo lo que es brutal y áspero repele su llegada. Allí donde el amor y la belleza no están, o son reticentes a nacer, ella no viene, donde están desfigurados y mezclados con cosas más bajas ella se marcha pronto o se esfuerza muy poco en verter sus riquezas. Si se encuentra en los corazones de los hombres rodeada de egocentrismo, y odio, y maldad, y envidia, y lucha; si la traición y la avaricia y la ingratitud están mezcladas en el cáliz sagrado, si la pasión burda y el deseo poco refinado degradan la devoción en estos corazones la agraciada y bella Diosa no se quedará. Un disgusto divino la posee y se retira, pues no es alguien que insista o luche, o, tapándose la cara, espera que esta amarga y venenosa materia diabólica sea rechazada y desaparezca antes de que ella base de nuevo su feliz influencia. La yerma desnudez ascética y la aspereza no le son agradables, ni la supresión de las emociones profundas del corazón y la represión rígida de la participación del alma y la vida en la belleza. Pues es a través del amor y la belleza que ella pone sobre los hombres el yugo de lo Divino. La vida se convierte en su creación suprema, en una rica pieza de arte celestial, y toda la existencia en un poema de deleite sagrado; las riquezas del mundo se juntan y conciertan en pos de un orden supremo y hasta las cosas más simples y comunes se vuelven maravillosas por su intuición y unidad y el aliento de su espíritu. Cuando es admitida en el corazón eleva la sabiduría a pináculos de maravilla y le revela los secretos místicos de un éxtasis que supera todo conocimiento, que aúna la devoción con la atracción pasional de lo Divino, le enseña a la fuerza el poder del ritmo que mantiene el poderío de sus actos armonioso y medido y conjura sobre la perfección el encanto que la hace durar para siempre».

Los sabotajes culturales de los situacionistas fueron necesarios y representan momentos de punzante toma de conciencia, como los pequeños despertares que provocaba Andy Kaufman con sus provocaciones televisivas, pero nacen de la discordia y el rechazo. Creo que todo el que lea estas líneas entiende contra qué estaban resistiendo los situacionistas y qué rechazan. En la base apoyo sus creencias, pero creo también que es posible resistir lo mismo que resistían los situacionistas desde otro lugar. Invocando a Lakshmi en lugar de Eris.

En fin, lo importante para mí en este post son dos cosas. La primera tiene que ver con el enfoque que hace el biógrafo John Higgs de su estudio. A diferencia de otras biografías de artistas, en la suya John Higgs no habla de Bill Drummond y Jimmy Cauty, los creadores de The Klf, como dos iluminados incomprendidos, sino como hijos de su época. El biógrafo presenta el panorama cultural de fin del pasado milenio y sitúa en él a los dos activistas de la provocación como elementos movidos inconscientemente por el torrente de eventos que les tocó vivir y por la desintegración de muchas concepciones artísticas antes del cambio de milenio. Creo que este enfoque es el que ha producido en mí el pequeño despertar que me tiene tan intrigado los pasados días; porque yo tampoco sé exactamente por qué estoy haciendo este proyecto. No puedo apoyar mis decisiones de hacer una performance de 12 años y basarla en el Mahabharata con un manifiesto teórico sólido, solo confío en que las razones se expliquen a posteriori. Y en segundo lugar, leer este libro me ha recordado que la motivación de este blog es artística. Porque reconozco que momentos me he llegado a confundir, y pensar en el blog como un blog didáctico sobre el Mahabharata, con el subsiguiente estrés de sentir que no estoy haciendo un trabajo demasiado minucioso, y la lectura de esta biografía me ha reconectado con la motivación artística del proyecto. Lo que estoy haciendo, no lo tengo muy claro, me lo  explico a medida que va ocurriendo. ¿Por qué lo estoy haciendo? Por la misma razón que Drummond y Cauty quemaron todo su dinero: porque no podía ser de otra manera, porque tenían que hacerlo. La diferencia es que yo no quiero quemar nada, sino construir. Pido a la armonía de Lakshmi que guíe mi inspiración.

Biografía:

Higgs, John The Klf, Caos y Magia. La banda que quemó un millón de libras. Libros Walden, Madrid, 2016.

Desorden que nace del orden, orden que nace del desorden

Según la segunda ley de la termodinámica “en un universo aislado la entropía (el desorden) siempre aumenta”. Esto es así porque el universo es lo que es. Quiero decir, que el universo es como todos ya sabemos que es: si una vaso cae y se rompe no volverá a formarse cuando lancemos sus piezas al cielo, y un motor que ha consumida gasolina en una subida no la volverá a recuperar en la bajada. El universo es como es, y las explicaciones que le damos (como las leyes de la termodinámica, por ejemplo) nacen del universo y desaparecen en el mismo cosmos como las mechas de las lamparillas de aceite en los templos.

La misticología india sigue las mismas normas que las leyes que la termodinámica para describir el universo. El mundo se crea perfecto y la sociedad humana, fresca y lozana, vive en un estado en el que todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y lo hace. Se trata de la llamada era de la verdad, Satya Yuga, pero un inevitable proceso de degradación deriva a la humanidad a una era en la que todo el mundo sabe lo que tiene que hacer pero no todo el mundo lo hace, para pasar después a una era en la que no todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y decaer finalmente en la era que nos toca vivir a mí y ati, que estás leyendo esto, según la misticología india: la era de Kali Yuga, cuando nadie sabe lo que tiene que hacer. Porque así lo dice la segunda ley de la termodinámica, y la sociedad humana es un sistema aislado también, una estructura que tenderá por tanto a aumentar su desorden interior.

El equivalente a la segunda ley de la termodinámica en la misticología india es la historia de la maldición que sufrió Dharma por parte de su madre, sobre la que ya he escrito en una entrada pasada. Pero aún conociendo esta historia muchas veces me he preguntado cómo puede una sociedad perfecta, como la de Satya Yuga, empezar a decaer.

La decadencia, explicada por el lenguaje misticológico indio, se da por el progresivo enredo de conflictos que derivan en una creciente confusión de roles y tareas. Esto me parece claro. Puedo entender que un gran lío venga de una pequeña confusión anterior venida a más, y que esta confusión sea la consecuencia de un malentendido anterior, pero algo que me seguía preguntando era cómo y dónde nace el primer malentendido del que deriva el desorden posterior. Más aún si se supone que este primer malentendido se dio en Satya Yuga, la era perfecta. ¿Cómo puede nacer el desorden de la perfección?

Bien, en el fragmento llamado Chaitraratha Parva del Mahabharata se da una explicación tan fantástica como profunda y convincente.

Para participar en esta explicación es necesario aceptar las reglas de juego de la misticología india; sus premisas.

Porque todo lenguaje simbólico es un juego; juego en el sentido de una colección de elementos enlazados como un engranaje. Un lenguaje es una estructura que limita la consciencia por una parte pero sirve para amplificarla si sabemos mantener la humildad, dejamos de guardar rencor y no nos empecinamos en nuestra opinión. Igual que las normas de cualquier juego.

Y la premisa de la misticología india es que el universo está creado en cuatro matices (varņa): Brahmana, ksatriya, vaishya y Sudra. Estos matices deciden las cualidades de todo  lo que existe, desde las frecuencias de sonido hasta la estructura social humana. Cuando estos matices están equilibrados hay armonía. En el caso de la sociedad humana eso significa que en una situación armónica aquellos que son sabios, cuyo poder radica en la paciencia, guían y aconsejan a la sociedad. Aquellos cuya fuerza está en su energía nacen de la frecuencia Ksatriya y en épocas de armonía representan y defienden las instituciones de la sociedad. Así era en Satya Yuga, la era de la verdad, pero pasó que un rey, con energía ksatriya, persiguiendo caza por el monte, se encontró de frente, cruzando un sendero estrecho cavado en la roca, al hijo de uno de los brahmanes más conocidos de la época.

El rey, con su ímpetu guerrero, exigió al brahmán que se apartara pero el brahmán, con un tono suave y tranquilo, le respondió que al caminar por aquel sendero estaba siguiendo su destino, su Dharma; estaba cumpliendo el mismísimo deber cósmico con ese frágil y energético cuerpo suyo.

Si fueran dos brahmanes los que se hubieran encontrado cara a cara en el sendero estrecho probablemente se hubieran parado a debatir las sutilezas del Dharma, el pulso del universo, pero la energía explosiva del rey ksatriya le hace perder los nervios y golpear al brahmán con el látigo que sujetaba doblado en la mano. El brahmán cayó y le explicó desde el suelo, como quien observa una obviedad, que las consecuencias de aquel acto serían que se convertiría en un monstruo devorador de personas, ya que sus actos eran así de excesivos e irreflexivos.

A partir de ahí la historia se enreda y el carácter del rey, efectivamente, va de mal en peor hasta acabar devorando al mismo brahmán que le explicó su maldición. Después vienen tristezas, consecuencias y consecuencias de las consecuencias de este acto de canibalismo brutal. Todas las consecuencias que nos han llevado a esta era de la confusión nuestra, Kali Yuga.

Por perfecto y equilibrado que esté todo el universo, siempre existirán posturas irreconciliables. Dado lo simbólica que parece la situación: dos personajes que se cruzan en un pasadizo tan estrecho que no permite otra opción que el retroceso o el enfrentamiento, entiendo que el Mahabharata está hablando de esos procesos internos de la realidad que solo se pueden describir dando rodeos. No en vano el brahmán devorado de la historia se llama shakti, energía. Ni a shakti, el brahmán devorado, ni al rey impetuoso se les puede culpar de hacer otra cosa que vivir su naturaleza. Así es como del equilibrio nace la degradación, porque el desequilibrio no deja de ser, en algún punto, perfecto.

Porque la primera ley de la termodinámica dice que la energía siempre se conserva, y dentro de Kali Yuga reside Satya Yuga. Las eras se suceden unas a otras y el rey maldito, el rey convertido en monstruo, es redimido más tarde por el mismo padre del brahmán que se comió. Los dos se encuentran en el bosque y el padre salpica unas gotas de agua fresca sobre la frente del monstruo diciéndole que todo lo que ha pasado se debe a una maldición que escapa al control de ambos. El rey vuelve en sí y su energía brilla roja como el sol del atardecer.

-¿Cómo puedo ayudarte? ¿Cómo puedo recompensarte?- exclama el rey.

-Cada cosa tiene su tiempo- responde el brahmán, y sigue su camino.

Así también la energía que consume un cuerpo parece perdida cuando lo abandona, pero sigue presente en el universo. Así es como una leyenda puede decir lo mismo que unos axiomas de la física moderna. Física, leyendas, música, religión, todas estas herramientas nos llevan al mismo infinito cuando permanecemos humildes, dejamos de guardar rencor y no nos empecinamos con nuestras opiniones.

 

(Para los más entendidos, los personajes mencionados son el Rishi Vashishtha, su hijo Shakti y el rey Kalmashapada)

Las lecturas recientes que han influenciado este post:

Mahabharata de Vedavyasa

Salas, Lluís Nansen – Meditació Zen. L’art de simplement ser, Viena, 2017

Stemberger, Günter – El judaísmo clásico. Cultura e historia del periodo rabínico, Trotta, 2011

Trinh Xuan Thuan, Deseo de infinito. Sobre cifras, universos y hombres, Biblioteca Buridán, 2013

 

 

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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