El viaje

Todos los nacimientos. Todos: La semilla que brota, el huevo que quiebra, la vaca que asoma del útero encogida y el humano, cuyo nacimiento es progresivo: Todos los nacimientos los otorga él (janardana). Él, el que inspira los cantos en todas las casas.

Pero a él no lo encontraremos en los objetos, porque reside en la mirada. Él se encuentra allí donde dirijamos la atención, porque es la fuente de toda percepción, aunque no sea el ojo, ni el cerebro, ni el sistema nervioso. 

Él tampoco es tinta, ni papel, ni orejas, ni memoria, pero está en las historias, cuando las contamos.

¿Quién es él? Quizá contando algunas de sus historias lo podamos recordar.

En esta historia, por ejemplo, él se llama Krishna, “el negro”, por el color de su piel, o Janardana, “el que otorga los nacimientos”, por sus capacidades especiales. Y en esta historia Krishna Janardana, “el negro que otorga todos los nacimientos”, es un guerrero, de cuna noble. Un hombre, adulto, que tiene una misión. La misión de salvar al mundo de la peor guerra imaginable. Una guerra total, que hará que nada vuelva a ser como antes.

Él es, en esta historia, un príncipe que se ofrece como mediador político entre dos bandos enfrentados. Para ello Krishna sale de viaje: para reunirse con los contrarios y proponerles la paz.

El que impulsa todos los elementos (Vasudeva) salió de viaje. Los caballos que tiraban de su carro cabalgaban con tanta intensidad que parecían besar la tierra y devorar al cielo.

Entonces él, el de la melena larga y brazos poderosos, vio grandes grupos de sabios que lo esperaban a lo largo del camino. Sus corazones brillaban con la luz de la expansión cósmica.

Janardana, el que otorga los nacimientos, bajó de su carro para saludarlos a todos. Le mostró sus respetos a cada uno y preguntó:

¿Se encuentran todos los mundos en buen estado de salud? ¿Se está siguiendo la actitud adecuada (Dharma) en el mundo? ¿Está la sociedad siguiendo los consejos de los sabios?

Porque él es también Madhusudana, quien vierte el néctar universal de la vida, que brilla como el sol y es dulce como la miel. Él inspira esas preguntas que se hace nuestro corazón: ¿Habéis alcanzado vuestros objetivos? ¿Cuál es vuestro propósito en la vida? ¿Qué desearíais cumplir? ¡Oh ilustres nacimientos humanos! ¿Por qué propósito estáis en la tierra?

Porque él no responde, sino que pregunta. Él inspira la sabiduría en todos los seres. La sabiduría que brota con la observación, cuando se dirige a él. Así se reúnen todas las miradas a su alrededor.

Y continuó su viaje, según la historia, bajo un cielo despejado en el que sonaban truenos, a pesar de que no hubiera nubes. A su paso los ríos cambiaban de dirección; los fuegos se encendían y la tierra temblaba. Cientos de pozos se desbordaron. El polvo que levantaban las ruedas de su carro confundió las cuatro direcciones, el cielo rugía y no se veía nada. Tormentas sacudían las capitales y los árboles caían arrancados, pero allí donde cabalgaba él soplaba una brisa agradable y el cielo se llenaba de pétalos de flores. Los caminos se allanaban y se volvían placenteros. Así cabalgaba Krishna, y en el camino lo esperaban hombres y mujeres venidos de todas partes para saludar, honrar y agradecer su paso.

Texto inspirado en la descripción del viaje de Krishna en el fragmento del Mahābhārata llamado Bhagavad Yana Parva. Gracias a Jaffar, Rafiq y Karima, por la inspiración.

Hace dos días terminó el primer bloque del taller online de narración meditativa de las historias que comparto en este blog. El día 27 comenzará el próximo, que continúa con la misma práctica, que no requiere ninguna experiencia previa. En este taller compartimos cada quince días la historia de la luna del día del taller, una meditación sobre la misma historia y un espacio de debate y reflexión sobre el efecto transformador de este tipo de narraciones, que van más allá de lo literal, y también de lo metafórico, alegórico o esotérico. Puedes probar una sesión para ver de qué se trata. Más información en este enlace.

El destino y la libertad

Dios y el ser humano son como dos orillas separadas por un misterio. Dos orillas que se reflejan: Ambos, Dios, y el ser humano, superan nuestra capacidad de comprensión. Porque ¿qué es Dios? La vida, la energía que arde en las estrellas, la firmeza de los minerales, el cosmos, el todo, o no existe; ninguna definición satisface nuestro corazón cuando queremos explicar qué es Dios. Ni siquiera negándolo podemos olvidarnos de Dios. Pero, el ser humano, por otra parte, ¿qué es? ¿Un primate urbano?¿un animal racional?¿un mamífero espiritual?

¿Dónde termina y dónde comienza nuestra humanidad? ¿Por qué hacemos las cosas, los humanos? ¿Y por qué las hace Dios? No nos entendemos, pero nos intuimos, igual que a Dios.

Krishna, el oscuro, quien también es llamado Prithivipáti, «el señor de la tierra», fue Dios, nacido como humano: Doble misterio. Profundidad que refleja profundidad. Y Krishna participó en una guerra. Una guerra que significó el fin de una era, la cual apenas recordamos sino es recurriendo a relatos de memorias pre históricas como el Mahābhārata.

Antes de que estallara esa guerra fatal, cuando el conflicto era inminente, Krishna se reunió con los representantes de los bandos enemigos. Uno de ellos, los Pandava; cinco hermanos de linaje noble, exiliados, vilipendiados y humillados a manos de sus primos. Cinco hermanos que lo habían perdido todo menos su fuerza vital, quienes se reunieron primero con Krishna y le pidieron que hicieran un último intento de evitar la batalla. Tal vez, si Krishna hablaba con los dos bandos, se pudiera llegar a un acuerdo y repartirse el reino que se merecían. Tal vez escucharan, los usurpadores, y se pudiera evitar la confrontación.  

Pero Krishna no les podía prometer nada: <<Hay quien intenta cuestionar el funcionamiento del mundo (dharma) queriendo delinear el umbral entre las competencias del destino y las del esfuerzo personal, pero nunca lo consiguen. La misma razón que trae el éxito a una persona puede dirigir a otra hacia el fracaso. Las consecuencias de las acciones humanas siempre son inciertas. Como el viento, y sus cambios inesperados de dirección, las acciones de una persona pueden estar bien planificadas, bien pensadas y bien aconsejadas, pero el destino actuará de otra manera. Y por parte, la acción humana puede contrarrestar lo que el destino haya hecho. (…) Un campo puede ser limpiado y fertilizado, pero si no llueve en la estación adecuada no habrán frutos. (…) No hay nada que yo pueda hacer para contrarrestar el destino.>>  (Bhagavat Yana Parva, 6)

Y es interesante que Krishna, quien es Dios y un ser humano, diga que no se puede cambiar el destino.

Los esfuerzos de los humanos forman parte del destino mismo. Cuanto más intentemos cambiar el destino más participamos en él. ¿Y Dios?

Tal vez, ¿quién sabe?, lo que está queriendo decir Krishna es que Dios no contradice el destino que ha sido decretado por él (o ello, o ella, dependiendo de cómo uno lo quiera ver).

Una vez puesta a girar la rueda de causas y consecuencias impulsadas por la acción (Bhagavad Gita 3.16), Dios participa de las mismas normas que toda su creación: <<No me queda nada por hacer en ninguno de los mundos, no me queda nada por alcanzar ni conseguir, y aún así sigo actuando>>, dice Krishna (BG 3.22), <<Si no lo hiciera, el universo se pararía, y todo quedaría destruido>> (BG 3.24). Como si dijera que forma parte del destino sin que tenga ninguna necesidad de hacerlo. Sin que nada lo fuerce a hacerlo.

 Tal vez meditando sobre esto conoceríamos mejor a Krishna, o a su faceta humana por lo menos. Buceando en lo que nos hace humanos, viviéndolo, quién sabe si se puede encontrar aquello que también es Dios. Como un punto de fuga inasible en el que lo humano se refleja en lo divino, o lo divino se refleja en lo humano.

Sexto año, el año de Krishna

 Esta es la historia de lo que ha pasado con la humanidad hasta ahora: El Mahābhārata.

Para contárnoslo, esta gran historia usa otras muchas historias pequeñas, como el relato del encuentro de un hijo del viento, Bhima, con Hanuman, otro hijo del mismo elemento.

Bhima ha oído hablar de Hanuman. Ha oído contar las hazañas de Hanuman y cómo ayudó al príncipe Rama a encontrar su amada Sita, quien había sido secuestrada en el jardín del palacio de una ciudad dorada, construida sobre una isla.

-He oído- dice Bhima – que para llegar a la isla lo hiciste de un salto. Te volviste gigante y saltaste con tanta fuerza desde la costa, que aplastaste la montaña que te aguantaba. ¿Podrías mostrarme esa forma tuya? ¿La que tomaste aquella vez? Pero la respuesta de Hanuman es negativa. Vivimos dentro de una secuencia de eras (yuga), que se suceden como una rueda. Una era perfecta, degrada inevitablemente a otra menos perfecta, que deriva en otra era peor, que deriva en otra era terrible, de la cual renace de nuevo otra era perfecta, la cual degrada en una era un poco peor, etc.

Entre era y era las normas físicas cambian ligeramente. Así se lo explicó Hanuman a Bhima. Hanuman es inmortal y sobrevive a los cambios de era, pero su forma cambia. Su famoso salto, Hanuman lo dio en una era anterior a la de Bhima, y Bhima no podría ver con los ojos de su era el cuerpo que Hanuman tuvo en otra anterior.

Y esta es una bella manera de hablar del pasado. Lo que pasó (itihasa) ya no se puede volver a ver. Se puede contar, pero contar no es ver. Así es el pasado, nunca se puede ver, y cuando se cuenta viene envuelto de confusión. ¿Cómo contar, por ejemplo, la separación de una pareja? ¿Quién se separó de quién, y en qué momento? ¿Cuándo empieza una separación? ¿Es posible marcar ese instante de manera objetiva, en la narración que nos hagamos del pasado? ¿O cómo contar un enamoramiento pasado? ¿En qué momento ocurre?

Y esto no significa que no haya una verdad y todo discurso sea relativo, sino algo más sutil e interesante. El Mahābhārata nos narra lo que le pasó al mundo, antes de que comenzara esta confusión que nos afecta, pero por mucho que nos lo cuente nunca lo podremos ver. Porque el Mahābhārata pasó en una era anterior a la nuestra. Toda representación de algo que ya ha pasado será interpretación.

Hasta aquí la introducción. Pero de lo que quiero hablar es de Krishna, y del sexto año de Respirar el Mahābhārata.

Krishna aparece en el Mahābhārata. Forma parte del entramado de personas que participaron en esa gran guerra que significó la caída de la era anterior a la nuestra. La guerra de la que habla el Mahābhārata.

<<Yo renazco siempre que el dharma esté en peligro>>, dicen que dijo Krishna. Krishna es la luna entre los luceros nocturnos, un príncipe entre campesinos, y un dios entre los guerreros, en la campo de batalla. Pero teniendo en cuenta de que por mucho que hablemos de Krishna, no lo veremos con los ojos de la era que lo vio, quiero dedicar este sexto año de Respirar el Mahābhārata a profundizar en la pregunta de ¿quién fue Krishna?

Cuando la guerra del Mahābhārata estaba apunto de comenzar Krishna no quiso tomar bando. Dio a elegir a los contrincantes entre dos opciones: los ejércitos que tenía bajo su mando, o a él. Un bando podría quedarse con todas las tropas y armas que comandaba Krishna, y el otro lo tendría a él entre sus filas, aunque sin luchar. Y claro que, sabiendo que Krishna es Dios nacido en la tierra, la elección correcta es él, y no sus ejércitos. Pero esta opción, si se nos presentara hoy, ¿sabríamos reconocerla?

¿Reconocería yo hoy, en esta era de la confusión, a Krishna si tuviera que elegir entre él y sus armas? Tengo la sensación de que esta elección se me presenta a diario, y varias veces. Y no sé si siempre la sé ver. ¿Cómo ver a Krishna, si se nos presenta, con los ojos de nuestra era? Ese será el hilo conductor de la indagación de este año que comienza: El sexto, de Respirar el Mahbharata, una performance de 12 años dedicada a la narración del Mahābhārata. Estoy muy contento de haber podido estrenar el espectáculo preparado durante el particular y convulso quinto año, con la actriz y cantante Gisele Cornejo y el director Toni Cots. Un espectáculo en versión presencial y en versión online, que todavía no ha terminado. El próximo domingo 20 haremos el último encuentro online de Respirar el Mahābhārata 5, una narración ritual del Mahābhārata y un taller sobre el Mahābhārata a la vez, que se repetirá en el futuro, tanto en formato presencial como online, si los dioses lo permiten.

Manifiesto del quinto año

No sabemos con certeza el desenlace que tendrán nuestras acciones. Cada palabra, cada gesto, o cada silencio, tendrá consecuencias: El momento que elijo para salir de casa, la persona con quien me cruce, y mi estado de ánimo cuando nuestras miradas se encuentren, tendrá repercusiones, a corto y largo plazo. Mi presencia repercutirá en más gestos, silencios, palabras y otros estados de ánimo, que producirán a su vez más consecuencias. Nuestro paso por el mundo tiene un eco. No podemos prever el alcance que tendrá el despliegue de las consecuencias de nuestra vida, y tampoco podemos comprender desde dónde, y cuán lejos en el tiempo nos arriba todo lo que inspira nuestras decisiones. Todos los eventos que han derivado en el encuentro de nuestros padres biológicos, así como el de los padres de nuestros padres, y todas las causas que llevan a la aparición de miles de fenómenos que afectan a nuestra actitud.

Desastres ecológicos, guerras, enamoramientos, golpes de suerte y milagros interactúan entre ellos desde el abismo del pasado hasta el abismo del futuro. Causas que nos convierten en consecuencias. De lo desconocido, vamos hacia lo desconocido. Lo que nos queda es el ahora, plagado de posibilidades. Incontrolable. Libre.

El fin nunca puede justificar los medios, porque no sabemos cuales serán las consecuencias de nuestras acciones. Más bien, los medios son el fin, porque los medios son ahora. El posicionamiento que elijo es mi refugio. Presente a presente. El bienestar del mundo es tan importante como mi bienestar, porque el mundo me permea. Por esto creo que la colaboración, y la repartición de los bienes, es preferible a la competición. Creo que todos tenemos la misma capacidad para crecer, cuando las condiciones lo permiten.

Elijo creer en la sinceridad, porque el fin nunca justifica los medios, sino que los medios son el fin, y nada vale la pena cuando se consigue sin sinceridad. Mi opinión no vale más que la de otro, aunque crea en ella. No quiero convencer, sino buscar el diálogo; intentar comprender las razones del otro y ponerme en su lugar. No prejuzgar por apariencia, afiliación o ideología. Buscar el argumento y el acuerdo en lugar de la victoria. Ser fiel a estos votos es más importante que el éxito, o que cualquier otro resultado, porque los votos son la realidad y el resultado no es más que un eslabón más en la cadena de causas y consecuencias.

Este es el manifiesto del quinto año de respirar el Mahābhārata. Estás invitad@ a asistir al estreno de Respirar el Mahābhārata 5. Con colaboración de Gisele Cornejo y Toni Cots.

Este año online, en vivo, o por diferido, para quien no pueda asistir al vivo pero quiera ver las grabaciones.

 Tenemos un precio especial para Latinoamérica también.

Como reflejo de este año convulso, y el fragmento correspondiente del Mahābhārata, la presentación de este año será un taller sobre el Mahābhārata y el posicionamiento en la vida. Un taller dividido en tres encuentros.

 Domingo 6: Introducción teórica.

Sábado 12: Narración ritual.

Domingo 20: cierre y conclusiones.

Para información y reservas puedes escribir a: info@cra-p.org o abrir este enlace de la página del colectivo CRA’P, quienes han vuelto a acoger esta performance en residencia un año más.

El misterio del Mahabharata

Pronto se estrenará el quinto espectáculo de Respirar el Mahābhārata, la performance de 12 años basada en el Mahabharata.

Ya han pasado cinco años de vida terrestre desde que decidí relacionarme a diario con el Mahābhārata. Hace cinco años que leo y releo el Mahābhārata; lo medito, lo narro (por partes), consulto en foros y comparo comentarios, artículos y videos, pero que sigo en el mismo lugar: Abrumado, y maravillado, ante algo que no sé cómo definir.

Ya he escrito en otras ocasiones que el Mahābhārata no es un objeto; el Mahābhārata supera a quien lo pretende estudiar. El Mahabharata devuelve, reflejadas, las proyecciones emocionales y mentales de quien entra en él. Los primeros estudiosos europeos que se encontraron con el Mahābhārata, a mediados del siglo XIX, pensaron que un cuerpo tan vasto de texto debía ser una colección de añadidos provenientes de épocas distintas; el Mahābhārata sería probablemente un puzle de distintas fuentes, porque una empresa tan grande, una cantidad tan grande de material, no podía ser fruto de una sola generación. Y dado que la visión espiritual que encontramos en el Mahābhārata es plural, admitiendo incluso disparidades entre lo que sus personajes predican y aquello que practican, se ha visto en esa pluralidad incongruencia, probablemente debida a una modificación de los patrones originales. Se ha interpretado, con distintos matices, que la obra que nos ha llegado con el nombre de Mahābhārata es una modificación de otro texto más antiguo, un trabajo de propaganda político-religiosa a favor de la corriente devota de Vishnu que se impuso a un sustrato de texto anterior, devoto de Shiva y heredero de una praxis influenciada por el budismo (Macdonell y Keith).

Se ha desgranado también el Mahābhārata en secciones: la narración de la guerra se ha identificado con el texto original de la obra, al cual fueron añadidos posteriormente suplementos foráneos, primero míticos y después didácticos, a manos de una casta de sacerdotes con intención de difundir su doctrina (Hopkins). En concreto, se postula, por los Bhargava, un clan de sacerdotes guerreros, que estaría interesado en promulgar una visión existencialista de la batalla (Fitzgerald).

Entre aquellos que han visto el Mahābhārata como un todo coherente, en lugar de un ensamblaje de modificaciones con intenciones contradictorias, hay quien ha leído en él una expresión narrada de la visión del pueblo indoeuropeo prehistórico (Dumézil), una exposición narrada de la esencia la devoción hindú (o Bhakti) (Biardeau) o una reflexión narrada sobre las múltiples lecturas que puede tener la realidad (Adluri).

Los comentadores medievales indios, en general, se han referido al Mahābhārata como una lectura con cualidades medicinales, que produce una relajación existencial. Según una de las líneas principales de interpretación, el Mahābhārata consigue esta inspiración interior mediante conceptos contrastados; como si de una reverberación poética se tratara (Ānandavardhana).

Y todo esto me devuelve al mismo lugar. ¿Qué es realmente el Mahābhārata? Quizá, quienes vemos en el humano al animal que se organiza en sociedades, en comunidades que se apoyan en un lenguaje común, leemos en el Mahābhārata la exposición de un programa político, y quienes anhelamos entregarnos a la pasión por la vida encontramos en el Mahābhārata un mapa del sendero hacia la devoción y la pasión plena por la existencia. Así también, los que tenemos pasión por la narración, la poesía y la arquitectura de la inteligencia, pero hemos dejado de creer en la capacidad de la mente y los sentidos para reflejar adecuadamente la plenitud de la realidad, vemos en el Mahābhārata un relato intencionadamente poliédrico, que nos inspira a ir más allá de la palabra.

El Mahābhārata es vasto como el mundo. No se puede definir de una manera determinada. ¿O acaso se podría decir si el mundo es bueno o malo? ¿El mundo es un parque de atracciones en el que corremos, como niños sobre estimulados, para transitar los mayores placeres y las experiencias más intensas? ¿El mundo es un campo de batalla en el que luchamos para proteger nuestra vida? ¿la de nuestra familia? ¿la de nuestro clan? ¿Un tablero sobre el que nos jugamos la eternidad o la extinción? ¿Un paseo sin rumbo? ¿Un viaje que no termina nunca? ¿Una tragedia? ¿Un misterio? ¿O todas estas cosas juntas?

Tal vez, lo que asemeja al Mahābhārata al mundo sea precisamente su amplitud. Tantas páginas, con tantas historias, y tanta enseñanza ética, filosófica, esotérica y poética. No solo la calidad sino la cantidad, es inabarcable. Siempre que uno quiera hablar del Mahābhārata, incluso pensar en él, se le escapará algo. Como el mundo, que a cada instante puede parir un punto de vista nuevo.

¿Y cómo se posiciona uno en esto? No olvidemos que cualquier narración y cualquier lectura sigue un punto de vista. La selección de material, el tono e incluso el lugar y el momento en el que se comparte el Mahābhārata, refleja un posicionamiento. Y ese posicionamiento, a estas alturas, ya está hecho. Quizá siempre lo estuvo, desde antes de conocer al Mahābhārata incluso. Ahora queda reconocerlo.

Esta es la última entrada de este quinto año de Respirar el Mahābhārata. La próxima entrada será, como los años anteriores, un manifiesto escrito desde mi visión personal, sin apoyarme en ninguna cita del Mahābhārata, que exprese lo que más importante me parece este año, en cuanto a este acto artístico ritual de 12 años.

Las fechas y la información sobre dónde reservar para inscribirse para el quinto espectáculo, que será online, se puede consultar en el apartado de Cursos y espectáculos, en este mismo blog.

Bibliografía

Adluri, Vishwa Frame Narratives and Forked Beginnings: Or, How to Read the Ādiparvan.Journal of Vaishnva Studies 19.2, 2011

Ānandavardhana, The Dhvanyaloka of Ānandavardhana with the Locana of Abinavagupta. London, 1990

Biardeau, Madeleine Études de mythologie hindoue I: cosmogonies purániques; Études de mythologie hindoue II: bhakti et avatāra. Pondichéry, 1994.

Brockington, J. L. The Sanskrit Epics. Leiden, 1999

Dumézil, Georges. Mito y epopeya, I. La ideología de las tres funciones en las epopeyas de los pueblos indoeuropeos. México, 2016

Fitzgerald, James. “The Rāma Jāmadagnya Thread of the Mahabharata: A New Survey of Rāma Jāmadagnya in the Pune Text.” Mary Brockington, ed., Stages and Transitions: Temporal and Historical Frameworks in Epic and Puranic Literature, Proceedings of the Second Dubrovnik International Conference on the Sanskrit Epics and Purānas. Zagreb, 1999

Hopkins, E. W. The Great Epic of India. Calcutta, 1969

Macdonell, Arthur y Keith, Arthur, Vedic Index of Names and Subjects. London, 1912.

Entre el sueño y la realidad

En una era anterior a la nuestra, cuando nadie podía imaginar el tener que dejar su tierra para sobrevivir, comenzaron a acumularse en el horizonte nubes oscuras cargadas de sangre. Los tiempos estaban cambiando, y quien debía haber sido el emperador mundial se encontraba en el exilio. Él, sus cuatro hermanos, y las esposa de todos ellos, tuvieron que convertir el bosque en su nuevo palacio.

Durmiendo sobre las raíces en el suelo, el emperador del mundo tuvo un sueño. Ciervos se acercaron a él en señal de saludo. Temblaban. Miraban.

Esperaban.

Y el soñador, ese dios entre reyes, preguntó:

-¿Quiénes sois y qué deseáis?

Tenían las voces ahogadas en llanto:

-Somos los ciervos que quedan de este bosque. Por favor, continúa tu viaje y encuentra otro lugar en el que vivir, oh rey. O todos moriremos. 

Tus hermanos son tan valientes, y habilidosos en el uso de las armas, que han reducido a los que somos naturales de este lugar hasta dejar unos pocos de nosotros en vida. Es la hora de dejar de perseguirnos, o la semilla que queda no brotará en nuestro linaje.

Permítenos crecer bajo tu favor.

Permite que el éxtasis de la vida se materialice en nuestro linaje, igual que se materializa en tu linaje humano el recuerdo del origen de todos los seres.

El ave que come grano vuela a la luz del sol e inspira el canto del poeta. Así la vida se funde en la inmortalidad. No destruyas este equilibrio que une a los dioses con las plantas.

Y el rey, de nombre Yudisthira, aunque exiliado y destronado, seguía preocupándose por el bienestar de todas las criaturas.

-Será como decís – contestó, en el sueño, y cuando despertó se reunió con sus hermanos. En la hora en la que el brillo tenue de la aurora desvanece la visceralidad de la noche anunció:

-Los ciervos me han dicho que son pocos los que quedan, y deberíamos mostrarles compasión. Han hablado con sinceridad, y han expresado el lenguaje de los cielos. Con las bocas de los ciervos me ha hablado el corazón del universo.

Deberíamos mostrar compasión a los naturales de la floresta. Ellos forman parte del mismo entramado de luz que todos nosotros. Hemos vivido de ellos casi dos años, ahora la vida ha de fluir. Si ellos desaparecen, lo haremos también nosotros.

Vayamos al bosque Kamyaka, más allá del desierto, cerca del lago Tirabindu, allí hay muchísimos ciervos. –

Así fue como los sueños se volvieron reales, porque cuando los sueños hablan del entramado que todo lo conecta, son reales, como la vigilia. Porque la realidad es una, y lo abarca todo; lo que varía es la intención con la que la navegamos.

Esta entrada consiste en la redacción en castellano del fragmento del Mahābhārata llamado Mŗigasvapnabhaya Parva, mezclado con elementos extraídos del canto IX.83 del Rig Veda, dedicado a Soma, y los comentarios al respeto de Sri Aurobindo. La decisión tiene que ver con la relación del ciervo con el elixir misterioso Soma, y con la manera de narrar, y la actitud, en la que me posiciono en este quinto año de Respirar el Mahābhārata. La siguiente entrada, pensada para el 15 de noviembre, continuará el concepto iniciado en esta, y la entrada que viene después (1 de Diciembre) ya corresponderá al manifiesto del quinto año. Así, si las condiciones lo permiten, se cerrará este quinto año de Respirar el Mahābhārata, un año convulso pero muy significativo en cuanto a posicionamiento interior. El 12 de diciembre se estrenará el quinto espectáculo de Respirar el Mahābhārata, este año pensado para formato presencial y online. Pronto publicaré más información al respeto.

El silencio que nos une

Mi tío Andraz (Andrés, en Húngaro) nació a fines de los años treinta. En 1944 Andraz tendría entre 5 y 8 años y vivía en un pueblo pequeño en Hungría, pero a consecuencia de la anexión a Alemania durante la segunda guerra mundial Andraz fue apresado, junto a su madre Clara y mi abuelo Michael. Mi abuelo fue enviado al campo de trabajos forzados en Mathausen y Andraz y su madre a un campo de exterminio. Allí murieron los dos.

Mi abuelo volvió a su pueblo y se casó de nuevo, con una superviviente de Auschwitz (Ilona), y en 1948 nació mi padre Peter.

No sé exactamente a qué edad abandonó su cuerpo Andraz. No sé casi nada de él, porque mi padre no lo sabe tampoco, porque mi abuelo no le contó prácticamente nada de su hermano mayor. Pero Andraz sigue siendo mi tío, aunque no hablemos de él. Y Andraz debe ser mencionado, porque forma parte de nuestra familia.

¿Y qué tiene que ver esto con el Mahābhārata? El Mahābhārata es una gran historia, y la historia de mi tío es otra. Las dos son historias. El Mahābhārata habla de personajes humanos, y mi tío también lo fue. El Mahābhārata habla de los descendientes de Manu, ancestro original de toda la humanidad. Y el padre de Manu es el sol. En sánscrito: Surya. Derivado de la raíz Su.

Su es la fuerza que impele la vida en el universo. Sukha, la felicidad, es otra palabra que deriva de la raíz Su. Sukha es la presencia de Su en la vida. Surya, el sol, es el representante de Su en los cielos. El origen de Su está en la raíz del universo -o sea, en todas partes- y se extiende en movimientos arremolinados. Desde todos los lugares hacia todas partes. Y lo que produce Su, lo que expande Su, se llama en sánscrito suasti ka: «aquello que produce Su«. Se pronuncia Svástika.

Como pasa tantas otras veces, las correlaciones etimológicas sánscritas evocan un relato poético existencial. Como si nos contaran que hay algo que se revoluciona hacia todas las direcciones, dentro y fuera, arriba y abajo, que impele y arrastra la vida. Pero todo esto son palabras. Entre las palabras y la vida hay un espacio fino. Las palabras no son la vida, pero son expresadas por seres humanos, y nosotros, los humanos, somos vida.

Las palabras pueden estar al servicio de la vida, entonces desembocan en el silencio bendito de la aceptación. El silencio dorado del sol.

Cuando las palabras van en contra del mundo nos hablan de separación y de negación. Las palabras que van en contra de la vida se enroscan en sí mismas, se dan importancia como si ellas, las palabras, fueran la realidad. Las palabras que van en contra de la vida producen más y más palabras; más y más discursos, a favor y en contra.

Hay que vigilar con el hechizo de las palabras, que nos quieren hacer creer que ellas son la realidad. La fuerza que todo lo mueve brilla en silencio para todos, cuidado con las palabras que nos quieran convencer de lo contrario. Vengan con la apariencia que vengan.

Con esta entrada quería mencionar a mi tío Andraz, quien merece ser nombrado y reconocido. Junto a Andraz quiero mencionar, también, a todos los no nombrados. Y con esta entrada quería hablar también de esas palabras que nos quieren poner a todos contra todos y mencionar también, entre líneas, al silencio luminoso que nos une. Reconozcámoslo y honrémoslo. Es el lugar del que venimos.

Anuncio: A partir de la semana que viene voy a comenzar una práctica regular online de narración de historias con meditación, para profundizar en el tipo de escucha que este tipo de narraciones de los orígenes proponen.

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La herida del universo

Las ganas de escribir, las ganas de vivir, las ganas de ver un día más el mundo. La voluntad de hacer lo correcto, de actuar de la mejor manera posible para el entorno; el impulso de ir más allá de lo conocido, y más allá de uno mismo, se siente como un constante empuje mudo. Un impulso. Un calor que incendia nuestra vida. Y a esto, en sánscrito, se le llama Shri. Se usa como uno de los nombres de la diosa, Shri, que da vida al cosmos. Al cosmos, entendido no solamente como asteroides y supernovas, sino también como las ideas, los recuerdos, el tiempo y lo innombrable. Todo es empujado por Shri, la diosa.

Cuando Shri nació solo había Prajápati, el ser original. Ella nació como el relámpago, rompiendo la noche. La hija madre. Ella se empujó a sí misma, desde siempre, hacia siempre, hacia el siempre.

De ella se dividieron los dioses. Pero cuando vieron la abundancia de la luz que los impelía, la plenitud de Shri, su madre, los dioses se dividieron y saquearon a la diosa. Se llevaron entre todos a sus cualidades.

Sávitar, el dios de la luz del amanecer, quien desplaza al sol por el cielo, y quien emite el bien y la vida entre los seres, se llevó para sí el empuje de Shri.

Sarásvati, la diosa del aprendizaje y las artes, se llevó para sí la palabra sagrada de Shri.

Tvástar, el arquitecto de los dioses, se llevó de Shri las formas del ser, y con ellas cristaliza todas las configuraciones del universo.

Todos los rayos de la luz que emanaba de Shri se los llevó para sí Pushan, y desde entonces él pastura el ganado luminoso de los dioses.

Indra, el rey de todos los dioses, quien hace llover las impresiones de los sentidos sobre la consciencia de la humanidad, robó de Shri el sacrificio mismo.

Briháspati, el maestro espiritual de los dioses, le quitó a Shri la sacralidad.

Varuna, el dios que observa todos los actos desde las profundidades insondables de las aguas cósmicas, se llevó el poder de Shri.

Agni, el dios que arde en todas partes y muestra sus crestas amarillentas allí donde se le invoque – el dios al que muchos llaman fuego – robó a Shri su ferocidad.

Por último, Soma, el dios cíclico, quien se consume y se regenera periódicamente; el guardián de la inmortalidad, le robó a Shri su realeza.

Así se repartieron las cualidades de Shri por el universo. Así fue saqueada la diosa madre por sus propios hijos. Y el recuerdo inconsciente de esa injusticia original reverbera en nuestras células todavía. Tiene que hacerlo, porque con ese acto nació también la crueldad. Con el saqueo de Shri se quebró la luz y entre sus rayos apareció la oscuridad. La rabia, el rechazo, el afán de justicia, de arreglar las cosas nació también de Shri. De su saqueo.

Pero <<la enemistad no se salda con otra enemistad>>. Así nos lo recuerda Yudisthira en el Mahābhārata: <<La victoria engendra más enemistad entre los vencidos. La enemistad renace en cada generación>>

¿Cuándo comenzó el conflicto? ¿Desde cuándo venimos clamando venganza? Tal vez saberlo ahora ya sea imposible. Desde el origen, tal vez. Desde el saqueo de Shri.

¿Queremos, entonces, seguir alimentando la enemistad? ¿Puede haber justicia sin venganza?

La ceremonia religiosa, el ritual, es Víshnu. Así lo cuentan también las historias del origen. Víshnu es lo que permea todo. Sostiene todo sin estar limitado por ello. El tiempo se sostiene en Víshnu, la vida, la oscuridad y la luz. Víshnu es el ritual, y el complemento de Shri.

El ritual, cuando se hace bien, reúne a todos los dioses. Alrededor del ritual se sientan Sávitar, Sarásvati, Tvástar, Pushan, Indra, Briháspati, Varuna, Agni y Soma. El ritual, cuando se hace bien, reúne al empuje vital con la palabra sagrada y la forma, que refleja los rayos de la luz. Para hacer bien el ritual hay que sacrificar algo, y así se hace presente lo sagrado. El ritual es poder, y fuego -vital o visible-. El ritual es la esencia de la realeza, y es Vishnu. Cuando se hace bien, el ritual reúne de nuevo todas las cualidades saqueadas a Shri. El ritual reúne a la madre cósmica con sus hijos. Reúne al universo. ¿Pero qué es el ritual? ¿Cómo sanar esta herida del universo, que se ha saqueado a sí mismo?

Quien lo sepa que lo diga, y ojalá sepamos escuchar.

La historia del saqueo de Shri proviene del Śatapatha Brāhmaṇa (5.4.5.2), tuve la oportunidad de narrarla el pasado encuentro de un curso llamado Shri, nueve encuentros para restaurar la dignidad del femenino. Puedes ver información en este: enlace.

Si quieres oir esta entrada leída, puedes apretar en este enlace.

La semilla cósmica

 ¿Qué vino antes, el huevo o la gallina?

De alguna manera, el huevo siempre ha estado. Toda la bóveda celeste parece la pared interna de un gran huevo lleno de estrellas, que, a su vez, parecen otros huevos de luz. Porque un huevo es una semilla. Una semilla de gallina. Así como el piñón es la semilla del pino y el óvulo la semilla del humano.

La gallina es la transición entre huevo y huevo. El huevo es la imagen del cosmos; del todo. Y dentro del todo crece y se enrosca el árbol invisible del ADN, o el código, pulso, lenguaje, misión o destino de toda partícula. El árbol cósmico y sus ramificaciones, algunas veces visibles a la mirada humana, y otras no. Comprensible, en parte. Es la transición entre presente y presente.

El dharma, tan sutil que no se puede hablar de él, es lo que decide que un piñón se convierta en pino, y que el pino se convierta en más piñones. El dharma decide las órbitas de los planetas y el desarrollo de todas las semillas del universo. El dharma hace florecer los almendros cuando llega la hora y hace que respire el cachorro humano al nacer.

El fruto del dharma es el ser humano. El dharma nos guía con su mano invisible a través de la vida.

El dharma es convulso, en esta era confusa que nos ha tocado vivir (Kali Yuga). Hubieron tiempos en los que las cosas estaban más claras. <<El trabajador (sudra) trabajaba. El comerciante (vaishya) vivía vendiendo bienes. Matar era el medio de vida de los nobles (kshatriya), mientras pedir limosna era la conducta de los Brahmanes (sacerdotes). Un kshatriya mataba a otro kshatriya. Como el pez vive de otro pez y un perro mata a otro perro.

¡Oh dios! Observa cómo cada uno sigue el dharma decretado. Ese ha sido siempre el dharma malvado de los kshatriya. -afirma Yudisthira, el rey filósofo, en el Mahabharata (Bhagavat Yana Parva I)- Pero hemos nacido kshatriya. Es nuestro dharma, aunque sea adharma.

¡Oh señor del universo! La disensión siempre está presente en una pelea. Siempre se pierden vidas en una batalla. La fuerza, o la planificación, no garantizan ni la derrota ni la victoria. La vida y la muerte no son determinadas por un ser y hasta que no llegue el momento adecuado uno no encontrará ni la felicidad ni la infelicidad. [Así como el capullo de la flor de almendro no se abrirá antes de la primavera]. Uno puede matar a muchos, y muchos se pueden unir para matar a uno solo. Un cobarde puede matar a un valiente, y un infame podrá matar a un héroe. La victoria puede ser de cualquier lado. Cada lado puede enfrentar la derrota.

¿Dónde está el asesino que no pueda ser asesinado? El vencedor también sufre pérdidas, porque siempre se perderá algún ser querido ante el otro lado. Y después de matar a otros nos sobrelleva el arrepentimiento. Además, los que sobreviven reúnen sus fuerzas para destruir a quienes queden del otro lado para terminar así la enemistad futura. La victoria engendra más enemistad a causa de la desdicha de los vencidos.

El que renuncia a la victoria y la derrota es feliz y vive en paz, pero el que ha creado enemistad duerme miserablemente. No tiene alivio mental. Como si viviera en una casa llena de serpientes.

El que extermina a todos, tiene mala fama entre los seres. La enemistad no se pacifica y permanece por mucho tiempo. En cada nueva generación quedan quienes la quieren retomar, ¡Oh noche extensa! La enemistad nunca se salda con otra enemistad. ¡Oh alma! La enemistad crece y se fortalece, como el fuego con las oblaciones. No hay excepción a esto, y la paz permanece inalcanzable. Esta es la mancha permanente en aquellos que buscan establecer su superioridad. La virilidad es una fuerte debilidad del corazón. Uno solamente puede alcanzar la paz cuando la aparta de su mente.>>

Así de pequeño es el hombre, en medio de la humanidad.

La guerra es guerra, y la paz es paz. Como el huevo es huevo y la gallina es gallina.

El conflicto permanece. Si lo soltáramos dejaríamos de discutir con el universo, aunque este no dejaría de morir y renacer a cada instante.

El sendero del dharma es sutil- no es un dictado. Comprender lo correcto, comprender el universo, no es posible, porque la comprensión es un fenómeno más del universo y, como tal, tiene fecha de caducidad. Como todos los fenómenos. La comprensión puede ser útil cuando aparece, pero al siguiente instante los planetas ya se han movido, las alineaciones han cambiado, el huevo se ha quebrado y ya es gallina; la comprensión se ha desfasado y ya no encaja con el entorno. La comprensión antigua se ha convertido en molestia.

Si el huevo es huevo, ¿cómo puede ser gallina? Y si la semilla es semilla, ¿cómo puede ser pino?

Si el universo está en guerra, ¿puede haber paz? O si el universo está en paz ¿puede haber guerra? Conocemos la paz, y conocemos la guerra. Entonces, el universo, ¿está en guerra o está en paz?

¿Qué vino antes, el huevo o la gallina? Sutiles son las ramificaciones del dharma.

Escrito en Ibiza. Gracias a Cristina, Jon, Axel y Jesus por la generosidad.

la inefabilidad del dharma

Ānandavhardana fue un filósofo que vivió en el Kashmir del siglo ocho de la era común. A él se atribuye el tratado de teoría de la literatura llamado Dhvanyāloka, que se traduce como “luz sobre el arte del dhavani”.

¿Y qué es dhvani? Pues de eso va el tratado, precisamente. Sería difícil explicar en breve el significado de la palabra dhvani sin simplificar demasiado. Para hacerlo, sería importante mencionar que desde el siglo ocho o nueve tenemos constancia escrita de que en los reinos del territorio que ocupa hoy la India había reflexión y debate sobre la cuestión de que el arte no representa al mundo. No se puede hablar del mundo como si fuera un objeto exterior, porque todos nosotros somos mundo, y los colores son mundo, los sonidos y las palabras. Lo que sí puede hacer el arte es evocar, por resonancia emocional, una vivencia compartida del mundo.

Esta cuestión se vuelve más compleja con la poesía, o toda expresión que dependa de la lengua, porque las palabras son duales. Cualquier lenguaje basado en palabras es un sistema dual de diferenciación entre opuestos, empezando por dentro-fuera, arriba-abajo, delante-atrás, y continuando hasta bien y mal, o todo lo que se nos pueda ocurrir. El mundo, sin embargo, no es así. Nosotros somos luz, y somos oscuridad; el mundo, lo tenemos dentro y fuera. ¿Cómo usar el lenguaje, entonces, para evocar al mundo? Mediante Dhavani.

¿Pero qué es dhvani? Dhvani son contenidos lingüísticos contradictorios, que evocan, por resonancia, una experiencia que va más allá de la dualidad de las palabras. Un ejemplo, expuesto por el mismo Ānandavhardana, dice:

La suegra duerme aquí, y yo aquí,

Mira bien, viajero, ahora que hay luz.

Pues de noche, cuando no puedas ver,

no deberías caer en mi cama.

En este caso, el verso nos indica la situación: un visitante, y una habitación, en la que duerme la familia. Lo que evoca el verso, sin ponerlo literalmente, es la invitación velada al viajero/lector. Esta evocación es dhvani. Se produce por contraposición de elementos, y el tratado llamado Dhvanyāloka, junto a sus comentarios posteriores, deducen cómo se produce esa evocación/dhvani, que es capaz de transcender la dualidad del lenguaje.

Pero si bien el ejemplo citado es esclarecedor, este tipo de evocación es superficial, casi un pasatiempo. Porque estamos en el mundo para vivirlo. ¿Hacer el amor con la pareja de nuestro/a anfitrión/a es vivir el mundo? ¿Sería eso aprovechar la vida y nuestro nacimiento humano? Lo dudo, pero dejo la pregunta abierta.

Dejo la pregunta abierta porque así lo hace el Mahābhārata también. Así lo hace la vida. Si nos preguntamos qué es lo correcto, y cuál es la mejor manera de vivir, la vida no nos responderá una respuesta clara. Las consecuencias de nuestros actos son difíciles de discernir. A menudo parece que las acciones que consideramos reprochables tengan recompensa y lo correcto se vea castigado. Y no lo digo como lamento, ahora solamente estoy observando la razón de por qué un texto moralista, uno que afirme que el engaño sea incorrecto, por ejemplo, no será del todo creíble: porque la vida no nos demuestra necesariamente lo mismo. Cuando planteamos a la vida la pregunta de qué es lo correcto, la pregunta queda abierta. Y sin embargo, hay algo que todos intuimos que es lo mejor, tanto si nos atrevemos a reconocerlo como si no. Está ahí fuera, o dentro. Está en la vida, pero no habla en términos categóricos sino que se intuye. Se siente. Se evoca. Como dhvani, en la poesía.

Porque el ejemplo citado, el poema sobre la invitación erótica, es un entretenimiento útil para ilustrar la capacidad de evocar que tienen las palabras. Pero cuando nos preguntamos sobre el sentido que pueda tener el uso de la palabra parece que la vida exige un compromiso mayor que el pasatiempo erótico.

Si nos responde, la vida, estas preguntas que le hacemos sobre el sentido, lo hace por evocación; por dhvani. Así también lo hace el Mahābhārata. Porque el Mahābhārata no es una representación de la vida, el Mahābhārata es la vida. A eso me refiero siempre cuando digo, en encuentros de narración o aquí, en este blog, que el Mahābhārata no es un objeto. El Mahābhārata no se puede estudiar, es el Mahābhārata el que lo estudia a uno. El Mahābhārata es tan vasto, en volumen y en profundidad, que cualquier afirmación sobre el Mahābhārata se diluye en sus aguas como se diluye en la vida toda afirmación sobre la condición de la existencia.

El argumento del Mahābhārata, como la vida, contiene mucho erotismo. Amores frustrados, hijos no reconocidos, pasión, agresión sexual, no falta nada. Aparecen los infiernos y los paraísos del amor, pero, como en la vida, también hay mucho más. Se habla mucho de dharma en el Mahābhārata. Porque seguir el dharma es la manera correcta de vivir. ¿Y qué es el dharma? Pues resulta que el dharma es tan sutil, que no se puede hablar de él. Y sin embargo, parece que todo el Mahābhārata sea una enciclopedia sobre el darma. Sobre lo correcto, que es tan sutil, que las palabras no lo alcanzan.

¿Existe acaso, una forma más realista que esta para hablar de lo correcto?

Lo que propongo es leer el siguiente discurso de Yudisthira (rey destronado e hijo, precisamente, del dios dharma) observando lo que el texto evoca en nosotros, más allá de lo que dice:

<<Cuando un hombre es nacido y cuidado en un linaje noble, pero codicia las posesiones de otros, la avaricia destruye su sabiduría. Cuando la sabiduría es destruida también se pierde la modestia. Cuando la modestia es destruida, el dharma es restringido. Cuando el dharma se destruye se destruye con él la prosperidad. Cuando la prosperidad es destruida el hombre muere. La falta de prosperidad es como la muerte para un hombre. Familiares, aquellos que le deseaban el bien, y los brahmanes, se partan del que no tiene riquezas como los pájaros abandonan volando el árbol que no tiene frutas.

Cuando un hombre ha caído y sus parientes se alejan de él es como el aliento vital abandonando el que ha muerto. Shambara [no se sabe muy bien quién es Shambara] ha dicho que no hay nada peor para un hombre que la situación donde no puede ver cómo pueda encontrar comida, hoy o mañana. Se dice que las riquezas constituyen el dharma supremo. Todo se establece en la prosperidad. Los ricos viven en este mundo. Los que no poseen riquezas están muertos. Si uno recurre a su fuerza bruta y le roba a otro hombre sus riquezas, con ello uno también destruye su dharma, su sostén (artha) y su placer (kama). Habiendo alcanzado ese estado, hay quien prefiere la muerte. Algunos se refugian en aldeas e incluso en los bosques. Algunos merodean buscando su propia destrucción. Algunos enloquecen. Otros caen bajo el control de sus enemigos. Otros se convierten en esclavos, para obtener las riquezas de otros.

Para un hombre, la destrucción de su prosperidad es peor que la muerte. La prosperidad es la fuente del dharma y del placer (kama). La muerte es el eterno dharma del mundo. Es el fin de todos los seres y no hay excepción. [Nótese lo contradictorias pero evocadoras que son estas dos afirmaciones seguidas] Es el fin de los seres y no hay excepción ¡Oh Krishna! [Krishna es el interlocutor de Yudisthira en este discurso] Un hombre que ha sido pobre de manera natural no sufre tanto como el que ha poseído fortuna, y prosperidad, y ha disfrutado de la felicidad, pero desciende a un estado inferior. Cuando uno enfrenta grandes dificultades a causa de sus propios crímenes, uno culpa a Indra y al resto de los dioses, pero nunca las propias acciones. El conocimiento de todos los textos sagrados no puede disminuir ese sufrimiento. A veces se enfada con sus sirvientes, otras critica a quienes le desean el bien. Siempre está sujeto a la rabia y pierde sus sentidos. Quedando bajo el poder de la confusión, recurre a la crueldad. De estos actos malvados, resultan los nacimientos de padres incompatibles, signo de la era de la confusión.

¡Oh Krishna! La sabiduría sola es el despertar. El ojo de la de la sabiduría puede salvar a un hombre así. Cuando un hombre recupera su sabiduría busca los textos sagrados. Cuando se centra en los textos sagrados recupera el dharma y la modestia se convierte en su mayor ayuda. Un hombre modesto evita el mal y su prosperidad aumenta. Cuando obtiene prosperidad se convierte realmente en un hombre. Siempre está establecido en el dharma y tiene el alma tranquila. Siempre se ocupa de actos buenos y no sigue lo que no es dharma (adharma). Su inteligencia no se aplica al mal.

Quien no tiene modestia no es ni hombre ni mujer. El que es modesto satisface a los dioses, a los ancestros y a sí mismo. Se vuelve inmortal a causa de esto. Este es el objetivo de los que cometen actos puros. >> (Bhagavat Yana Parva I)

Esta es la mitad del discurso de Yudisthira, y quiero reservar la segunda parte para la próxima entrada. Lo compartido aquí ya contiene suficiente contenido para reflexionar. Sobretodo pensando en lo que evoca, más allá de lo que dice.

Las contradicciones de este texto son muy interesantes. Los textos sagrados no alivian el sufrimiento, pero son parte del camino hacia la modestia. La sabiduría no viene de los textos sagrados, pero lleva a ellos. La muerte es inevitable, pero el que tiene modestia se vuelve inmortal. Entre todos estos conceptos resuena lo que el texto evoca en cada uno. Y eso que evoca está más allá de las palabras. Así de sutil es el sendero del dharma, así de sutil es lo correcto y así de misteriosa es la vida. La palabra no es la realidad, pero la vida resuena en ella.

Aquí nos quedamos esta vez. Está todo dicho, y a la vez queda todo por decir. En quince días seguimos con la segunda parte de este discurso.

Lecturas:

Emily T. Hudson Disorienting Dharma: Ethics and the Aesthetics
of Suffering in the Mahabharata
, Oxford Press, 2012.

The Dhvānyaloka of Ānandavardhana with the Locana of Abhinavagupta, Harvard oriental series, 1990.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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