¿Qué es el arte espiritual?

Cuenta la historia que en una ciudad india, hace bastantes años pero tampoco tantos, había un gurú muy querido por sus discípulos, quien prometía una visión (darshan) de Dios (bhagavan) a quien quisiera, pagando un precio razonable.

El gurú era apuesto, y preparaba una habitación especial llena de humo de incienso y con muy poca luz, al fondo de la cual se sentaba él sobre un trono y se ponía una corona de joyas sobre la cabeza. El gurú se vestía con una tela tradicional amarilla y sostenía un disco de metal con una mano y con la otra una maza. Un discípulo del gurú se colocaba detrás de él, sosteniendo una flor de loto en una mano y una concha marina con la otra.

Los discípulos hacían pasar a los interesados a la habitación oscura, pero les advertían antes de que la visión de Bhagaván es muy intensa y si se quedaban demasiado tiempo podían quedar ciegos, o morir. Así hacían pasar a los asustados buscadores de la visión por la habitación un mero instante, y nadie se atrevía a abrir los ojos del todo.

De esa manera el gurú ganó mucho dinero, pero un día murió y dejó a sus discípulos. Nadie tenía una cara tan bella como la del gurú, para poder seguir representando a Bhagaván con sus cuatro brazos. Pero había uno de los discípulos que era un ladrón, y allí donde iba robaba. Fue atrapado muchas veces, y al final el rey de la zona decretó que le cortaran la nariz como castigo.

Un policía ejecutó la orden, y la sorpresa fue que al momento de perder la nariz el discípulo se levantó cantando y bailando. Cuando le preguntaban por qué estaba tan dichoso decía que era porque veía a Dios en todas partes.

El discípulo siguió cantando y bailando por las calles de la ciudad, y cuando la gente le preguntaba por qué ellos no veían con tanta facilidad a Bhagaván, él les decía que era porque tenían la nariz delante de los ojos, y esta no les dejaba ver.

Poco a poco, más personas comenzaron a pedirle al discípulo que les liberara de su nariz, y todos se ponían a bailar y cantar de felicidad, proclamando que ahora veían a Bhagaván por todas partes. Aquellos nuevos conversos liberaban, a su vez, a otros, y en poco tiempo ese grupo creció tanto que se les empezó a conocer como el credo de las narices cortadas.

Se hicieron muy conocidos y empezaron a recibir donaciones de todas partes. Con esos ingresos el grupo de las narices cortadas podía comprar comida y vivían juntos en las plazas y parques de la ciudad, cantando y bailando siempre, celebrando la presencia de Bhagaván.

Las autoridades locales se incomodaron con la creciente presencia de los narices cortadas en la calle, y el rey decidió expulsarlos del reino. El grupo se dividió, pero la mayoría de miembros emigraron juntos al reino contiguo, y ocuparon las plazas de la capital con sus cantos y danzas.

Dado que la fama del grupo le precedía, el rey del lugar decidió reunirse con ellos, y los representantes de los narices cortadas le explicaron que Bhagaván estaba en todas partes, y si se liberaba de su nariz podría verlo con sus propios ojos.

La convicción con que se lo contaron, y la pasión de las danzas y cantos del grupo, convenció al rey. Pero, como encargado del bienestar del pueblo, el rey se sintió responsable de que todos sus súbitos pudieran disfrutar de la misma iluminación. ¿Por qué dejar que unos pocos vieran a Bhagaván y el resto quedara sumido en la ignorancia? El rey pensó que sería mejor decretar que todo el reino perdiera la nariz el próximo lunes; así verían todos a Bhagaván.

Cuando el rey transmitió la decisión a sus consejeros uno de ellos no quedó convencido. Volvió muy preocupado a su casa y le contó lo que se había hablado en el palacio a su padre, quien también había sido consejero del rey. Ese consejero retirado también se preocupó mucho, y por la mañana acompañó a su hijo al palacio para hablar con el monarca:

-Su majestad, hay algo sospechoso en esta propuesta. Los ojos están por encima de la nariz, nunca se ha oído que la nariz bloquee nuestra visión. Con su permiso, me ofrezco a perder la nariz primero. Yo soy anciano y no tengo nada que perder. Si veo a Bhagaván lo diré, pero si hay alguna pega seré sincero y explicaré exactamente lo que me esté pasando.

El rey se convenció de que valía la pena hacer la prueba y citaron al representante de las narices cortadas para que hiciera su labor.

La nariz del padre del consejero fue cercenada, y el líder de los narices cortadas se acercó a su oreja para susurrarle el mantra secreto que se entrega con cada iniciación, pero dijo:

-Ahora que tienes la nariz cortada la gente te va a señalar en la calle y se van a reir de ti. Vas a perder respeto allí donde vayas; te conviene cantar y bailar como nosotros, y decir que ves a Bhagaván en todas partes, para que te admiren como a un santo.

El padre del consejero se levantó entonces y contó al rey lo que le habían dicho. La secta de las narices cortadas fue expulsada del reino y sus miembros se dispersaron por las tierras circundantes.

Esta es la historia de la secta de las narices cortadas, que recoge la autora Kirin Narayan en el libro Storytelleres, saints and scoundrels (narradores, santos y granujas), en el que recopila y analiza las historias que contaba un humilde maestro espiritual en la ciudad de Nasik, en los años ochenta. El nombre del maestro espiritual no se menciona en el libro, por pedido de él. La autora se limita a llamarlo Swamiji, “querido maestro”, y tras compartir esta narración comparte también el comentario del maestro:

<<Dios no tiene forma. No puedes verlo con estos ojos, pero puedes percibirle con la sabiduría. La sabiduría es Dios. Si pones tu mirada en la materia, tu propia forma será la forma de Dios. La auténtica identidad de cada uno es divina. ¿Por qué no entendemos que todos somos, juntos, Bhagaván (la fuente universal)? Tenemos que dejar de odiarnos, abandonar los celos, la malicia, la traición. ¿Pues a quién estamos atacando, sino a Dios?>>

Y el comentario del swami ayuda a recordar que esta historia contiene más sutilezas de las que aparecen a primera vista:

Porque si Dios, o Bhagaván, lo es todo, ¿quién está capacitado para decir que lo ve más que los otros? ¿O para decir que lo entiende mejor? Y yendo un paso más lejos, ¿qué más queda para buscar, si lo que buscamos está en nuestra propia cara, y en nuestra propia mirada?

La historia de los narices cortadas habla de Dios, de ver a Dios. A quienes hemos recibido una educación atea el ver a Dios parece superfluo, o no es ninguna prioridad. Pero, tengo que decir, que a veces la diferencia entre ateísmo y religión no es más que linguística. Porque Dios no tiene un solo nombre, lo llamamos fuente universal (bhagaván), el origen y lo que mantiene todo (Ishvara), o la guía, ideal, vía que siguen todos los hombres y mujeres (Narayana), pero sigue siendo lo mismo. Y si no queremos creer en ningún principio unificador, sino que nos parece más convincente pensar que el mundo es un caos, como una tormenta de posibilidades en conflicto, igualmente anhelaremos manifestar en él algunas acciones (krithi). Queremos expresar nuestra visión del mundo, comunicar con el entorno aquello en lo que creemos (Vac). Crecer, descubrir o realizar una manera de ser nuestra (shri), pero que es tan íntima y personal, tan “nuestra”, que creemos en ella como en algo eterno. Creemos en una manera “como el mundo debería ser”, y si no queremos llamar a esto Dios es nuestro derecho, pero más allá de los nombres, las cualidades que nos mueven, aquello que anhelamos, apunta a lo mismo. Con lenguajes distintos.

Los narices cortadas buscaban la verdad, inicialmente. Después se toparon con el miedo, y buscaron volver al mundo, a la aceptación general, diciendo que veían a Dios en todas partes. Para que les diéramos un lugar en la sociedad. Y la paradoja es que, al fin, no mentían. Porque todo lo que veían era, efectivamente, Bhagaván: las emanaciones de la fuente universal. Y quizá el único error fue decir que solo ellos lo veían, y los demás no. Pero eso no lo han hecho solo los narices cortadas. Nosotros también lo hacemos, cada día: ¿o cuántas veces a lo largo de una jornada pensamos que los demás deberían ver el mundo como nosotros lo hacemos?

Este blog forma parte de una performance de 12 años, un voto, que consiste en narrar y estudiar el Mahābhārata, presentando eventos de narración, cursos, escritos, dibujos y todo lo que este acto inspire, en distintas localidades, en formato presencial y online. Quien siga la performance en directo, durante los 12 años, o lo que quede de ellos, podrá vivenciar un acercamiento respetuoso al Mahābhārata, en el que el artista se pone en manos de la obra y no al revés. Y este año, que es el sexto de la performance, está basado en la pregunta de quién es Krishna y cómo se le puede reconocer. En la entrada pasada prometí que hablaría de la muerte de Krishna, pero antes de hacerlo era importante para mí compartir esta historia de los narices cortadas, porque ilustra algo que me parece crucial, para este año y para los seis que quedan: la realización de que para buscar a Krishna hay que buscar el mundo. Para reconocer a Krishna hay que entender al mundo, y para entender al mundo hay que creer, primero, que algo así es posible. Hablar, hacer, pensar, ver, crear, todo, con la certeza de que se puede comprender al mundo, y hacer las paces con todos sus aspectos, con la vida y con la muerte. Esta manera de crear es el arte espiritual. Una obra que refleje la búsqueda del mundo en el mundo. Esto es el arte espiritual. O una manera de explicarlo.

En el centro de la Bhagavad Gita Krishna se describe con una serie de descripciones mitológicas. Estoy haciendo una serie de encuentros en línea sobre la Bhagavag Gita y las narraciones mitológicas de Krishna. Si quieres asistir en vivo o recibir las grabaciones puedes escribir a: respirarelmahabharata@gmail.com

La búsqueda de lo real

Allí fuera hay un mundo objetivo: el de todas las cosas iluminadas por los rayos del sol. Allí fuera, una pared es una pared y el fuego quema. Allí fuera, está el cosmos, desplegándose hacia las entrañas del infinito. Y aquí dentro, hay un mundo interior: tiene formas y nombres, pero sus paredes son maleables y su fuego nunca quema. Entre el infinito y lo objetivo, hay un mesocosmos que enlaza todas las posibilidades: es el lugar donde las formas brillantes que danzan sobre un tronco se llaman fuego, y este fuego es un dios, que enlaza el tronco seco con la respiración de nuestro cuerpo, y con en el sol, y el ritual, y la poesía.

El ser humano se mueve y se desplaza por y mediante este mesocosmos. Gracias al mundo intermedio reconocemos el espacio que nos rodea; reconocemos nuestra relación con nuestro hogar. Porque nuestro hogar es un lugar físico y otro lugar interior. Mediante el mesocosmos reconocemos nuestra relación con nuestra aldea, nuestra familia, nuestra raza y el planeta.

Pero en el mundo intermedio uno se puede perder, dando vueltas alrededor de los propios pensamientos. Porque la dirección aquí no se encuentra con la mente, ni ninguno de los sentidos, sino mediante la acción. La acción desinteresada, la entrega, es la guía para ir reconociendo el pulso vital que nos llama a atravesar las aguas fantasmales en las que se diluye el tiempo, y en él todas las formas del mundo objetivo.

Mahābhārata, es el nombre de una gran historia, que habla de cómo encontrar esta dirección. Para hacerlo, el Mahābhārata nos cuenta la historia de aquellos que vivieron antes que nosotros; la humanidad anterior:

El Mahābhārata nos habla de un mundo en el que las cosas eran distintas, y nos habla de cómo murieron los héroes (kshatriya) que defendían al mundo de bandidos. Nos habla, el Mahābhārata, de una humanidad que conoció a los reyes (kshatriya), aquellos seres que vivían por hacer lo correcto y proteger la justicia. Pero, dice el Mahābhārata, que llegó una era misteriosa y oscura en la que los Kshatriya se convirtieron en una carga demasiado pesada. La tierra rogó por ayuda, con un plañido que fue escuchado en todos los mundos. Y nació Krishna, y su contraparte femenina Krishná: también llamada Droupadi, la oscura, nacida del fuego. Entre los dos se encargaron de que murieran todos los hombres kshatriya, en una guerra total, que quedó narrada en los cantos del Mahābhārata.

Este gran canto iniciático que se llama Mahābhārata es lo que estoy narrando en doce años. Dejándome transformar por el Mahābhārata, entregándole la mayor parte de mi tiempo y mis pensamientos entre el 2016 y el 2028. Y este sexto año se lo dedico a Krishna, porque es el centro del Mahābhārata, junto a Krishná. Porque el Mahābhārata dice que allí donde está Krishna está la victoria (jaya). Solo que, si Krishna y Krishná fueron quienes destruyeron a los Kshatriya, ¿a qué tipo de victoria se refiere el Mahābhārata?

Cuando Krishná (Krishnā), instiga a sus cinco maridos como fuego en sus entrañas; cuando los insta a ir a la guerra contra sus primos, en nombre de la justicia, y la venganza, ella sabe que esa guerra que está avivando será la destrucción de todos. Y cuando en medio de la batalla Arjuna, quien fue el más poderoso entre los kshatriya, sintió que no debería participar de esa guerra corrupta, Krishna lo animó a hacerlo, aun sabiendo que esa guerra significará la desintegración de todos los clanes. Y cuando, al final de esa guerra terrible, Krishna animó al héroe Bhima a luchar de manera deshonesta, y ganar con un golpe bajo el último duelo de la batalla, sabía que se ganaría una maldición. Y esa maldición fue la que lo destruyó a él, a Krishna, y a todo su linaje. En la próxima entrada explicaré mejor este fragmento, que todavía no ha aparecido en el blog, sobre la muerte de Krishna y algunos de los sucesos que llevana ella; pero lo que importa ahora es que eso era precisamente lo que Krishna buscaba. Krishna provocó su muerte, y la de su linaje, porque también fue un guerrero, y su clan (los Vrishni) debía desaparecer como los otros.

Así, ¿cuál es la victoria de Krishna?  Porque con la desaparición de los reyes comenzó nuestra era. Ahora nadie nos protege de los bandidos. Las guerras siguen existiendo, pero ya no son batallas, sino saqueos, y el fuerte esclaviza al débil para venderlo en el matadero. Así es la era de los bandidos coronados. Pero Krishna, y Krishná, siguen existiendo. Porque ellos sostienen todas estas formas que llamamos universo; con una pequeña parte de sí mismos. En medio de la confusión, en medio del paisaje fantasmal de las fantasías y los deseos, sigue estando Krishna. Y allí donde está Krishna está la victoria. Pero para estar con Krishna, y llegar a la próxima victoria, habrá que dejar ir alguna cosa. Así como la humanidad anterior tuvo que renunciar a los héroes, para seguir a Krishna, esta humanidad nuestra tiene que renunciar a algo. ¿Qué se nos está pidiendo que renunciemos, para que comience la era siguiente?

La próxima humanidad, se cuenta en el mismo Mahābhārata, será perfecta. La humanidad que nos suceda, recuperará la era de la luz, donde todos sabrán lo que tienen que hacer, y lo harán. ¿Qué es lo que tenemos que dejar ir, para dar paso a la próxima humanidad?

Si te interesa la relación de Krishna con el mesocosmos, tal y como se describe en la Bhagavad Gita, probablemente el texto filosófico más conocido del Mahabharata, puedes seguir los encuentros que estoy haciendo sobre el tema para La estrella de la devoción, un colectivo dedicado al arte religioso contemporáneo. Los encuentros se pueden seguir en vivo o en diferido, escribiendo a: respirarelmahabharata@gmail.com

Hay una guerra en el cielo

Más allá de los confines del mundo, y más allá de todo ciclo temporal; allí donde rugen las tormentas de lo indefinido; los dioses colaboraron una vez -esa sola vez- con sus enemigos eternos.

Los dioses (que brillan como el amanecer, la amistad, el fuego, el oro y la sinceridad) colaboraron con los Asura, quienes avarician el poder y controlar la vida. Juntos, por aquella sola vez, los enemigos unieron fuerzas para remover las aguas cósmicas que conectan todos los mundos: para extraer de ellas una esencia. Igual que se bate la leche para producir mantequilla, o se frota la madera para encender un fuego, así giraron juntos las aguas cósmicas los Dioses y los Asura.

Así lo cuentan las memorias antiguas. Y en el momento en el que el elixir de la inmortalidad salió de las aguas universales terminó la colaboración de Dioses y Asura. En el momento en el que vieron al elixir salir de las aguas, los Asura se abalanzaron sobre él y comenzó una guerra que continúa todavía. En todos los mundos, en todos los tiempos, hay una lucha absurda por la verdad. Porque así es la mente de la confusión: cada vez más inquisitiva, y a la vez más pequeña. La mente de la confusión es como un pequeño cuchillo para cortar el mundo a pedazos. Y así es como la división se posa sobre nosotros como un bochorno húmedo y pesado. Como un malestar compartido.

El Mahābhārata es un gran libro, claro como el agua limpia. Habla del ser humano, de nuestros miedos y anhelos, del sufrimiento y los dioses que nos guían. De los espíritus invisibles, del hombre, la mujer, y de la atracción y el miedo que nos tenemos. Y en el Mahābhārata hay un capítulo que se llama Bhagavad Gita: el canto de la fuente universal, donde Dios le habla a un guerrero para que deje de sufrir. Y lo que le dice es cristalino: que no se pierda en pequeñeces y confíe, más allá de la comprensión. Y por mucho que intentemos cortar la facilidad de este mensaje, y lo diseccionemos en opiniones, contextualizaciones  e interpretaciones parciales enfrentadas todas entre todas, la realidad siempre nos excederá. La realidad nos engulle, nos sostiene y nos pare. A la realidad no le afectan nuestros cuchillos, nuestras barreras, ni nuestros gritos, porque también forman parte de ella.

Entre lo que es cierto, y lo que sé; entre lo que entiendo, y lo que hay; entre mi idea, y la tuya; entre lo cercano y lo inalcanzable; entre lo que está y lo que no. Entre el bosque y el verano, entre la abeja y el sendero, entre la sombra y el aroma de una flor. Entre la lluvia y la tierra. Entre el pájaro y el horizonte, o entre la nube y el cielo, se regocija aquello que no puede morir.

En esta entrada es un intento de expresar la tristeza que me causan todas las discusiones innecesarias, y las tomas de poder intelectual, cada vez que decidimos que somos nosotros quienes entendemos “de verdad” como deberían ser las cosas. O cómo debería leerse un texto sagrado como la Bhagavad Gita.

El texto está influenciado por una narración oral del Mahābhārata que he escuchado durante los pasados quince días, a manos de Uma Jimenez, y el poema místico-erótico del autor medieval Jayadeva, llamado Gitagovinda. Poema que narra los dolores y placeres de Krishna y su amada Radha, así como las compañeras de esta.

Este sexto año de Respirar el Mahābhārata está basado en la búsqueda interior de Krishna. Si quieres participar, o recibir también los videos que estoy haciendo en paralelo sobre los elementos mitológicos de la Bhagavad Gita, y la descripción iniciática que Krishna hace de sí mismo en ella, puedes escribir a respirarelmahabharata@gmail.com

Krishna es para siempre

En la entrada anterior escribí, influenciado por el Mahābhārata, sobre el esfuerzo por perseguir los placeres del cuerpo como una batalla perdida.

Una persona cercana me expresó su tristeza al leer esa entrada, porque le pareció sentir que, en cierta forma, yo estaba renunciando a la vida. Pero aquí la paradoja está en que no se puede renunciar a la vida. Es imposible, porque todo lo que somos es vida. Algo que tenemos la libertad de hacer es actuar violentamente contra el cuerpo, incluso hasta llegar a su destrucción, pero esto no implica ninguna renuncia sino lo contrario: una acción violenta. Dejarse llevar por la vida no lleva a la destrucción. Al contrario, dejar de perseguir y abandonarse al paso de la vida lleva a la apreciación, precisamente, de aquello que subyace al marchitamiento del cuerpo, que es la vida misma.

La vida es incomprensible e indefinible, porque la vida brota de la oscuridad. Y la oscuridad es lo desconocido: aquello que no alcanza la luz. La oscuridad es insondable; no se puede medir ni comprender: no se puede ver, ni escuchar, ni oler, ni saborear. Pero en la oscuridad nace la luz y en ella desaparece. En medio de lo incomprensible cristaliza la inteligencia, y esta consciencia del ser que nos fascina y angustia, pero no podemos decir que solo la vida inteligente sea vida, ni la vida consciente. Existe también la vida mineral, y la vida lumínica, y otras formas de vida para las que no tenemos palabras. Todos los fenómenos son vida y solamente cuando no se rechaza ni uno solo de sus aspectos es cuando vemos componerse ante nuestra mirada interior al cuerpo humano completo, simbolizado por este otro cuerpo que se hincha, palpita y marchita. Una y otra vez. Generación tras generación.

Narada, el viajero de las estrellas, le contó esto a los dioses de la luz; el vidente Ásita se lo contó a los ancestros de la luna y Shukra, el brujo, se lo contó a los espíritus de los elementos y a los espectros de la furia. Vyasa, el autor del Mahābhārata, se lo contó a los humanos diciendo:

<<Miles de madres y padres, cientos de hijos y esposas, se han sucedido existencia tras existencia; y más que lo harán.

Miles de ocasiones para celebrar, y miles de ocasiones para pasar miedo, preocupan, día tras día, al ignorante, pero no al que comprende.

Yo grito, con los brazos levantados, y nadie me escucha: Tanto riqueza como placer brotan del dharma, entonces ¿por qué no es el dharma seguido?

Ni por placer, ni por miedo, ni por avaricia, debería uno abandonar nunca al dharma; ni para salvar la propia vida. El dharma es eterno; la felicidad y la pena no lo son. La vida es eterna; el cuerpo por el que esta vive no lo es. >>

Según fuentes orales estas líneas son la esencia del Mahābhārata. Con ellas Vyasa resumió el mensaje de siete mil páginas.

En cuatro estrofas, miles de páginas, o sin decir ni una sola palabra, el mensaje es el mismo: que todo es transitorio, y todo importa, porque es para siempre.

Krishna, el viaje

Esta es la historia de una batalla perdida y, a la vez, es la historia de una batalla ganada. Es una historia que nos concierne a todos:

Duryodhana es el nombre de un rey que ha usurpado el trono del emperador de la tierra, mediante el engaño. En consecuencia, Duryodhana tiene que enfrentar el resultado de sus actos en una guerra contra el antiguo emperador y sus hermanos. Una guerra que Duryodhana confía ganar gracias al poder de su ejército y, en gran medida, porque quien va a dirigir las tropas en la batalla será Bhishma, <<sabio como el gurú de los dioses, profundo como el océano, firme como el Himalaya, generoso como la vida, equiparable al sol en su fuerza. Capaz de destruir al enemigo en una lluvia de flechas, como Indra, el mismo rey de los dioses>> (Mahabharata, Bhishma-abhishecham Parva). Bhishma es hijo del matrimonio de un rey humano con el río Ganges. Tiene el poder de todos los elementos y la capacidad de decidir el momento en el que va a morir.

Con semejante aliado capitaneando y dirigiendo sus tropas Duryodhana está convencido de su victoria. Sin embargo, después de describir las tropas de ambos bandos y los preparativos para la guerra, la primera noticia que nos llega del campo de batalla es:

<<-Bhishma ha muerto. ->>

Esta es la primera frase que los lectores oímos. Esta es la primera descripción de lo que ha pasado en el campo de batalla. Antes de empezar, saber que Bhishma ha muerto. Es decir, la guerra está perdida.

Sin Bhishma Duryodhana no puede ganar, y Bhishma ha muerto. Lo que viene después no es más que el relato de la descomposición de ambos ejércitos, pero en ningún momento la obra (el Mahābhārata) pretende crear la ilusión de que Duryodhana pueda ganar la guerra. La pregunta no es quién ganará, sino cómo se desarrolla el desenlace esperado.

Este blog documenta el paso por 12 años de preparación de la narración oral del Mahābhārata, este enorme relato que nos concierne a todos. Y a medida que me dejo permear por el Mahābhārata crece en mí la impresión de que para narrarlo es necesario poder concentrar la narración en lo principal, y lo más relevante para cada momento y audiencia. Y para hacer esto tengo que vivenciar el Mahābhārata en mí y plantearme de raíz qué es lo que realmente quiero compartir. ¿Por dónde me lleva el Mahābhārata en estos 12 años? Esta es la pregunta importante porque por muy neutral que quiera ser, al final, cualquier resumen, análisis o transmisión segmentada de un texto tan extenso y profundo será tendenciosa. Esto es inevitable. Cualquier narración que haga del Mahābhārata vendrá filtrada por mis intereses y mi ignorancia; por mi inconsciente si se quiere. Y si yo no hago el esfuerzo de comprender por qué estoy haciendo esto lo que comunicaré será la misma confusión y pereza, a través del Mahābhārata. Es por esto que en este sexto año me he propuesto ir hacia el origen de todo, que es Krishna.

Krishna es un personaje del Mahābhārata, y es Dios: <<Su carro está hecho de oro y tiene ocho ruedas: sus riendas están amarradas a todos los seres y tiene la velocidad de la mente. Tiene el aspecto del fuego y es extremadamente veloz. Está decorado con oro. Él es el señor de todos los seres y toda prosperidad. Es finito y también infinito. Él es el que actúa. Él es quien hace que todos actúen. Él es la tierra, agua, cielo, viento y energía. Es el sacrificio, para todos los seres, y el fuego es su boca>> (Mahābhārata, Jambukhanda-vinirmana parva).

En la primera entrada de este año escribí sobre el momento del Mahābhārata en el que Krishna da a los bandos enfrentados la posibilidad de elegir: él mismo, sin luchar, o todas sus tropas. <<Donde está Krishna está la victoria>>, se repite a lo largo del Mahābhārata. Pero Duryodhana no lo sabe, o no se lo cree, o no le importa, y elige con felicidad las tropas de Krishna.

Con miles y miles de soldados a su cargo, y un semidiós que muere solamente cuando él lo decida dirigiendo todas estas tropas, Duryodhana está convencido de que puede ganar. Pero la primera noticia que recibimos del campo de batalla es que Bhishma ha muerto. El resto, a partir de aquí, es un derrumbamiento anunciado.

Y yo siento que la vida es exactamente lo mismo: Por mucho que nos cuidemos los sentidos se apagan; oímos menos la música, se nos escapan los detalles de las formas, el cuerpo pierde fuerza, las articulaciones se endurecen y la mente calcula menos, sueña más, se duerme y desaparece. Y aún si mantenemos por arte de magia un cuerpo en perfecto estado llegará el día en que tendremos que despedirnos de él.

Todos los fenómenos y experiencias sensoriales y mentales son “las tropas de Krishna”; sus herramientas. Agarrarse a esto es la historia de un derrumbe anunciado. Como agarrarse a castillos de arena en el fondo del mar. Pero ¿qué queda sino? Krishna. Y ¿qué es Krishna? No lo sé, pero entiendo que soltando todo lo demás se irá viendo. Lenta e inevitablemente. Por esto digo que esta vida es la historia de una derrota y una victoria inevitables. Porque allí donde está Krishna está la victoria.

En concordancia con el proceso de búsqueda de este sexto año voy a compartir un ciclo de narraciones de las descripciones que Krishna se hace de sí mismo en la Bhagavad Gita. En este texto iniciático Krishna se compara con distintos elementos de la cosmogonía sánscrita, que normalmente no se explican en las traducciones y comentarios de la Bhagavad Gita, a pesar de que cada una de estas comparaciones es la semilla de numerosas historias inspiradoras. Los encuentros serán por zoom y se pueden seguir en vivo o recibir la grabación. Para más información o inscribirse puedes escribir a: respirarelmahabharata@gmail.com

El campo en el que nos encontramos

Antes de que este mundo naciera, hubo otro. Para que pudiera comenzar esta era confusa, en la que nos cuesta distinguir entre el engaño y la verdad, tuvo que terminar otra. Antes de nosotros hubo otra gente, distinta. Esa era terminó, con una gran guerra. Mejor dicho, en una batalla. Una sola batalla a la que acudieron todos los guerreros del planeta. Tantos, que llenaban esplanadas y bosques. Tantos, que en el resto de la tierra solo quedaron los ancianos y los niños.

El Mahābhārata es el relato gigantesco que cuenta lo que se pueda recordar de aquella batalla y aquella era anterior a la nuestra, tan distinta que nos costaría comprenderla con la mente de hoy. Y en aquella batalla estuvo presente Krishna, la personificación de la fuente universal de la que mana todo lo que existe, existió y está por existir. Y en medio de la batalla Arjuna, un guerrero invencible, pasa por una crisis existencial (tal vez bajo el peso de la transcendencia del evento en el que estaba participando) y cuestiona a Krishna sobre el sentido de la vida.

Hace unas semanas publiqué en este blog una recapitulación de las preguntas que Arjuna hizo a Krishna en medio de aquella batalla de la que venimos todos, que son las preguntas que aparecen en el fragmento del Mahābhārata llamado Bhagavad Gita. Elegí redactar solo las preguntas de Arjuna, sin las respuestas de Krishna, porque me pareció que cuando se leen juntas se puede ver la coherencia que tienen y cuán vigentes siguen siendo como expresión de la duda, maravilla, miedo y curiosidad del humano ante la profundidad del mundo en el que nace.  La entrada se puede leer aquí, e incluye todas las preguntas que Arjuna hace, desde el verso 1 hasta el 14. El texto no termina ahí, el fragmento tiene 18 partes, pero yo terminé el texto en la pregunta que hace Arjuna en medio del canto 14, porque a partir de esa pregunta hay un cambio sustancial en el diálogo. En esta entrada quería comentar este cambio:

Ante la visión de la magnitud del conflicto en el que está formando parte; en el cual Arjuna se está enfrentado en una lucha a muerte con sus familiares, maestros y amigos, este se cuestiona el sentido de toda empresa. El mundo, el cuerpo, la vida, todo es transitorio así que ¿por qué luchar? Y ¿qué sentido puede tener la vida, si es tan corta y tenemos tan poco control sobre nuestras acciones? A esto Krishna responde trazando en esquema del cuerpo como un campo en el que confluyen sentidos con mente, consciencia y discernimiento. Un cuerpo que se enmarca, también, dentro de otro cuerpo mayor, que es social y ceremonial; y Krishna explica cómo el cuerpo ceremonial está acompasado con el ritmo del universo. La existencia, el mundo, el cosmos, -explica Krishna- es un rito, en el que todos participamos, y el centro del rito es él: Krishna. Y a continuación Krishna explica qué es lo que nos aleja de la visión del centro (la ignorancia y sus causas), y qué nos acerca (la entrega y la conciencia, libre de prejuicios, de los procesos que envuelven el centro). Entonces Arjuna pide ver este centro, que es Krishna, y Krishna le otorga una visión directa, que el texto no describe sino que relata la reacción de Arjuna ante la visión. Lo que se nos describe es la mirada de Arjuna, y sus reacciones ante la visión. Después, Krishna se describe a sí mismo en palabras, usando toda la simbología de la cosmogonía que enmarca el Mahābhārata: Se nos describe la mirada del Mahābhārata, para ver en ella el reflejo de Krishna.

El ser humano, concluye Krishna, es un campo compuesto por emociones y sensaciones. Este campo está enmarcado en el universo, que es otro campo de fenómenos que aparecen y desaparecen, nacen y mueren en todas partes. No dejarse confundir por todos estos movimientos lleva más allá de la duda destructiva que está corroyendo a Arjuna.

Y aquí viene la pregunta clave, que cambia las reglas de juego. La pregunta en la que me vi obligado a terminar el texto que redactaba la duda de Arjuna. La pregunta es: ¿Y dónde encuentro a alguien que me enseñe a hacer este trabajo? ¿Quién me puede guiar? ¿Cómo reconozco a la persona que me pueda mostrar en lo concreto, en la práctica del día a día, a redirigir la mirada?

Esta pregunta lo cambia todo, porque a partir de ahora Arjuna ya no está elevando sus preguntas al silencio del cielo estrellado. A partir de esta pregunta Arjuna va a recibir una respuesta, y para recibir una respuesta hace falta un cambio de actitud radical. Hace falta empezar a escuchar, y a confiar en lo que se escucha. El texto que compartí en la entrada anterior sirve como resumen de la duda humana a lo largo de los siglos, pero lo que viene a partir de la pregunta clave de Arjuna, en el verso 14.21 de la Bhagavad Gita, es otra cosa. Y las próximas preguntas que hará Arjuna a Krishna tienen que ver con esta otra forma de escucha y la nueva relación con Krishna que se ha iniciado tras el giro. ¿Es posible hacer este giro también en nuestra era, la era de la confusión? ¿Se puede ir más allá de la duda metódica sin caer en la complacencia? ¿existe un punto medio entre la duda y el fanatismo?

En el fragmento del Mahābhārata llamado Bhagavad Gita Krishna le confiesa a Arjuna que está en todo, y en todas partes, pero no es las apariencias. Y esto es lo que me importa ahora, porque la pregunta que me hago este año es cómo no confundirme y reconocer a Krishna. ¿Cómo reconocer a lo que queda de Krishna en esta era de la confusión? (que, no lo olvidemos, llevará al renacer de la sabiduría). Porque, aunque Krishna sea la razón de existir de todo, no está en lo que veo, ni en mi mirada. O, visto de otra manera, está en ambos. Y para ver a Krishna es necesario ir más allá de la duda, pero sin caer en la inocencia de creerse las propias opiniones. ¿Cómo hacer esto? No lo sé, pero lo que propongo es la narración de esta búsqueda a través de nuestras invenciones y nuestros fantasmas colectivos. El arte como rito basado en el ritmo universal que palpita bajo nuestras discrepancias. Porque en el centro del rito está Krishna, el enigma sanador.

El miércoles 21 de Abril comienza un nuevo bloque de la práctica de narración meditativa que vengo ofreciendo para el colectivo CRA’P. Los encuentros son online, y en ellos indagamos en la narración meditativa como herramienta transformación, así como todos los temas tratados en esta entrada: arte ritual, espacio interior y exterior, la búsqueda, etc. En cada encuentro narro la historia de la fase lunar de esa noche (según la tradición astrológica sánscrita), seguida de una meditación guiada sobre el mismo tema y cerrando con un espacio de debate, o silencio, en el que compartimos lo vivido. Puedes conectarte a un encuentro de prueba o recibir la grabación:

NARRACIÓN MEDITATIVA TRADICIONAL DE LA INDIA

Krishna y los cimientos del mundo

Este blog nació en el invierno del año 2016 con el propósito de documentar la preparación de un espectáculo de narración oral del Mahābhārata, la obra iniciática más grande conocida. Una preparación que se dará por concluida en diciembre de 2028.

La vastedad del Mahābhārata, tanto en volumen de páginas como en la profundidad de su contenido, exige que la preparación esté a la altura del propósito. De ahí la decisión de marcar un tiempo mínimo de 12 años de preparación. 12 años dedicados al estudio y reflexión sobre el Mahābhārata y sus fuentes secundarias debería ser suficiente para poder narrar con un mínimo de criterio una obra así de excepcional. 12 años dan tiempo para que el narrador pueda madurar con la obra que va a narrar y pueda mostrar, si bien no todos los rincones del paisaje que despliega el Mahābhārata, por lo menos los senderos que se ha habituado a transitar, y cómo llegó a hacerlo.

Para que el contenido del blog vaya más allá de lo anecdótico, y lo excesivamente personal, se estableció, ya en el 2016, la norma de basar cada escrito en una cita del Mahābhārata. Como un viaje de exploración, en el que el contenido del Mahābhārata inspira un proceso de transformación de la mirada del narrador, provocando así el descubrimiento de nuevos detalles en el paisaje de la obra. Como la exploración de un campo desvela detalles que se van descubriendo en el camino. Como la descubierta de un paisaje que es interior y exterior a la vez.

¿Y por que la insistencia en usar símiles topográficos? Porque algo de esto hay en el Mahabharata. Esta obra relata la preparación, el desenlace y las consecuencias de un conflicto bélico. De un conflicto bélico generacional. Generacional, en el sentido de que fue el evento que generó este mundo en el que vivimos. Este mundo que nos confunde y fascina.

Y para hablar de ese conflicto el Mahābhārata insiste mucho (más de lo que uno esperaría) en la definición del espacio -el campo- en el que transcurrió esa guerra. El campo de Kuru, que es, a su vez, el campo del Dharma. Una esplanada que fue preparada para ese conflicto generacional varios milenios antes de su estallido. Un territorio que perteneció al linaje de los descendientes del rey Kuru, y un campo referencial para todo el universo. Ese campo, en el que transcurrió la guerra del Mahābhārata, es el mismo en e que sigue transcurriendo el relato de esa guerra, y su recuerdo.

Hay algo que el Mahābhārata quiere dejar claro en cuanto al espacio de la guerra que realata, pero la pregunta es qué. Los capítulos/partes anteriores a la guerra despliegan, primero, un recuento de los carros, armas, tropas, provisiones y poderes de los generales que participaron en ella (Ratha-atiratha samkhya parva). Segundo, un recuento de los parámetros de todos los mundos sutiles, imaginales, o simbólicos, que correspondem y enmarcan nuestros gestos en la tierra (Jambukhanda vinirmana parva). Tercero, una descripción de toda la tierra (Bhumi parva). Cada una de estas partes merece más atención y probablemente la reciba a lo largo de este año en este blog, pero sin perder de vista el punto de atención establecido para el 2021, que es el de comprender a Krishna. Y aquí paso a relacionar todo esto con Krishna:

Krishna es un personaje del Mahābhārata. Es un príncipe, un guerrero, un hombre y es Dios. Es decir, hay un Krishna que ya fue: el hombre. El Krishna que nació y murió, y luchó en esa guerra que hizo caer los cimientos de la sociedad. Ese Krishna ya pasó, y se habla de él en pasado. Pero hay un Krishna que sigue presente en todas partes. El Krishna que es Dios.

El Mahābhārata prepara al oyente (porque no olvidemos que es una obra pensada para ser oída, más que no leída) para la guerra describiendo/enumerando los poderes involucrados en ella. Enumerando a continuación los mundos imaginales involucrados en ella. A continuación describiendo toda la tierra, que quedará afectada por la guerra. Y la guerra se inicia con un discurso de Krishna (Bhagavatgita parva) en el que, entre otras cosas, dice que “ese cuerpo humano se conoce como campo (kshetra) y él, en cada campo, es su conocimiento (jñana)”.

Hay un universo interior sutil, que corresponde a un universo físico y terrenal, que corresponde a los poderes del ser humano, que corresponden a su cuerpo físico. Todos estos planos orbitan alrededor del recuerdo de una guerra, y en el centro de esta guerra está Krishna. Y Krishna es, entre otras cosas, la comprensión de todas estas órbitas que nos incumben.

Sobre la descripción de lo indescriptible

Las personas nos comunicamos con palabras, miradas, gestos y decisiones; así afectamos y nos dejamos afectar por el conjunto de nuestra especie. El ser humano usa la voz, la mirada y el cuerpo para interactuar con otras razas animales y vegetales. Las plantas y el mar se comunican con la atracción gravitacional de la luna, la luna comunica con la luz del sol y el sol comunica con los planetas que lo rodean mediante la presencia de su masa y energía. Las estrellas de todas las galaxias comunican una con otra, afectándose mutuamente, en su luz y posición. Así lo hace, también, el negro espacio abierto que absorbe las emanaciones de los cuerpos en todas las direcciones posibles.

Todo el cosmos vive y muere junto. Existe, como nosotros, y tiene la misma consciencia. Los sentidos, la memoria y el raciocinio son las herramientas que usamos los humanos para definir nuestra propia consciencia, pero no son las únicas que existen. No tiene menos consciencia la planta, el mineral, las llamas del sol, y una persona dormida que otra desvelada. Cambia la capacidad de raciocinio o el tipo de memoria, pero la consciencia sigue siendo la misma.

Y probablemente consciencia tampoco sea la palabra perfecta. Más que consciencia, me refiero a aquello que nos une con todo, que es tan sutil, pero a la vez tan banal. Banal porque es lo primero que se encuentra en cualquier sitio, pero sutil porque no se puede asir ni describir. La única manera que tenemos de describirlo es describirnos a nosotros mismos, y a nuestra reacción cuando nos relacionamos con eso.

No podemos describir lo indescriptible, pero podemos describir nuestra mirada, y lo que le pasa cuando ve lo indescriptible: Eso que conoce lo que existe, existió y existirá; así como las fortalezas y debilidades de todo. Porque es la raíz, ya sea de nuestras victorias o nuestro derrumbe. Nuestras vidas, nuestras posesiones, éxitos o fracasos, nuestra felicidad o nuestra desdicha, están basadas en ello. Es lo que crea y lo que otorga, todo se basa en ello.

Eso en el Mahābhārata se llama Krishna. Cada uno de nosotros lo llamará como quiera, pero seguirá siendo lo mismo.

El humano no puede entender el lenguaje de los elementos, solo puede comprender cómo el mundo le habla. Podemos entender lo que tienen para decirnos las estrellas, el sol, la luna, las plantas, piedras, aves, insectos y microbios cuando escuchamos atentamente la reacción de nuestro cuerpo a sus mensajes. Cuando escuchamos atentamente la reacción de nuestras imaginaciones al mundo, podemos entender, en nuestro idioma, la relación que tenemos con él. Para reconocer a Krishna, tendré que conocer mejor mi mirada.

La parte cursiva de este texto está basada en el discurso sobre Krishna que hace Yudisthira en el Mahābhārata, en Abhiniryana Parva, cuando propone que sea él (Krishna) quien nombre al general de sus ejércitos. El resto del texto es una exposición de la evolución de la indagación en la pregunta propuesta para este sexto año de respirar el Mahābhārata, que es cómo reconocer a Krishna cuando se nos presenta.

Preguntas que todos nos hemos hecho

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¿Me interesan los placeres en la vida, si he de ser injusto para conseguirlos?

¿Por qué buscar alimento y seguridad, enfrentarme al dolor y a la tristeza, y verme expuesto a la injusticia, ¿si mis esfuerzos se desvanecerán de todas maneras cuando expire mi último aliento?

No sé exactamente qué es lo correcto, ni cuál es la mejor manera de vivir, pero cuando  decido vivir de una manera determinada no soy consistente y hago cosas que considero que están mal. ¿Por qué actúo así, como si fuera en contra de mi voluntad? Las ideas se arremolinan en mi mente como hojas al viento.

¿Qué es la vida? No entiendo este existir (esta transformación continua) ni comprendo dónde se origina ni hacia dónde va.

¿De qué sirve este cuerpo transitorio y finito? ¿Qué voy a hacer cuando llegue la hora de la muerte? El universo es un enigma que ningún tipo de inteligencia es capaz de analizar. ¡Ai, mundo en movimiento! lo eres todo. Te mides a ti mismo usando tus propias medidas, que son los elementos de este universo en transformación, que eres tú mismo; y todos formamos parte de ti. ¡Esta es mi suplica! ¡Ayúdame! ¿Cómo me puedo dejar de sentirme separado del mundo y de la vida? Veo mi cuerpo, mis piernas, brazos y dedos. Veo el cielo, veo ramas, raíces y hojas en cada planta. Veo las estrellas y el sol, y veo el fuego que todo lo consume. Veo como todo esto que vive es calcinado por la muerte y vuelve a renacer. Tengo miedo. No entiendo.

¿Cómo aprovechar mejor esta vida? ¿Es mejor abstraer lo que me pasa, y reflexionar sobre el sentido último de todo, o estaría mejor entregándome a la pasión por una imagen santa o una revelación sagrada que canalice mi fe? ¿Es mejor creer en un Dios con nombre o en el Todo? Me gustaría comprender la sustancia de las cosas y esa esencia que parece que sostenga todos los cuerpos. Me gustaría conocer la estructura del universo y su sentido.

 ¿Cómo encuentro alguien que me enseñe a vivir?>>

Este texto en cursiva está basado en las preguntas que Arjuna, un guerrero en crisis, plantea a Krishna en el capítulo del Mahābhārata llamado Bhagavad Gita[1]. El nombre del capítulo, Bhagavad gita, se puede traducir por “el canto de Bhagavan”. Gita significa canto, y todo el Mahābhārata es un gran canto épico, pero en este capítulo Krishna ofrece elaboradas respuestas a las preguntas existenciales de su interlocutor. De ahí el nombre: “el canto de Bhagavan”, que podrámos leer también como «el canto de Krishna», porque Bhagavan es otro de los nombres de Krishna.

Bhagavan es un epíteto usado para designar a reyes y líderes. Se puede traducir como “señor”, pero la etimología de la palabra Bhagavan deriva de la palabra bhaga, basada en la raíz bhaj, que tiene significados relacionados con la acción de dividir, dispensar o repartir abundancia. Se llama bhagavan al dispensador de bienes, al líder, o rey, porque se entiende que el líder posee y reparte la abundancia del reino. Bhagavan se usa también como uno de los nombres de Dios, porque es quien otorga la abundancia al mundo, o es el líder de todos los líderes.

De manera más figurativa se puede entender bhagavan como la fuente, o manantial, de abundancia universal. Porque bhagavan es algo que emana y reparte continuamente plenitud. Así que, dado que Krishna en el Mahābhārata representa a Dios nacido en forma de hombre, podríamos traducir Bhagavad gita también como: “el canto de la fuente universal”.

La Bhagavad gita es un diálogo, incluido en el Mahābhārata, que describe las preguntas que hace un individuo en crisis a la fuente universal; al manantial que se refleja en nuestra mirada, que rebasa y vierte las formas del mundo.

Y hay mucho más que decir, o sentir, sobre este tema, pero todavía no se me ocurre una manera ordenada de encararlo. Lo dejo aquí por esta vez, pero el viaje continúa.


[1] Todas las preguntas que Arjuna hace a Krishna se pueden encontrar en los versos: 1.22,1.25, 1.28 a 1.39, 2.4, 2.6 y 2.7, 2.54, 3.1 y 3.2, 3.36, 4.4, 5.1, 6.33 a 6.39, 8.1, 8.2, 10.12 a 10.18, 11.1 a 11.3, 11.20 a 11.31, 11.37, 12.1, 13.1 y 14.21 de la Bhagavad Gita. Hay dos preguntas más, en los versos 17.1 y 18.1, que no están incluidas en este texto porque tienen una dimensión diferente.

Una historia misteriosa

Este blog está dedicado a una gran historia que se llama Mahābhārata: Una historia antigua, que relata lo que nos está pasando ahora, en este mismo momento. Porque si no fuera así de actual el Mahabharata no seguiría inspirando a tantos de nosotros.

Pero, ¿qué es eso que narra el Mahābhārata que sigue siendo tan vigente?

En la extensa y entrelazada historia que despliega el Mahābhārata aparece un rey furioso (de nombre Duryodhana) que desea declarar una guerra: Quiere que se preparen los generales, que se ciñan las armaduras, se aten las bridas, se engrasen las ruedas, se monten los elefantes, se levanten los campamentos, se movilicen los soldados y se afilen las espadas, las lanzas y las flechas. Quiere que mueran sus enemigos, las tropas de sus enemigos, y las de los aliados de sus enemigos. Quiere la victoria, y la destrucción de sus contrarios. Por encima de todo, sin reparar en lo justo, lo práctico, o lo mejor para su gente ni para el futuro. El rey Duryodhana quiere la destrucción.

Pero sus enemigos no son enemigos comunes.

Los consejeros de Duryodana (el rey furioso) temían que su líder no estuviera asumiendo con quién se estaba queriendo enfrentar y para hacerle entrar en razón uno de sus consejeros le contó una historia ancestral, recordada de generación en generación desde el origen de los tiempos: Una historia que hablaba de Matali, el auriga divino, conductor del carro en el que viaja Indra, quien es el rey de los todos los dioses que dirigen la vida, y brilla como el oro cuando es puro y refleja la luz del amanecer.  

Matali, el conductor cósmico, tenía una hija. Era tan bella que su belleza casi podía equipararse a la de la gran diosa de todos los mundos (Shri): las mejores cualidades de todos los elementos emanaban de la presencia de la hija de Matali y descendían por su cabellera como una cascada. Verla, era como tener un atardecer veraniego ante los ojos.

Matali quería mucho a su hija, y estaba preocupado de que no fuera a encontrar un marido de la talla que consideraba que se merecía. Para eso Matali salió de viaje por todos los mundos: para buscar un pretendiente apto.

En el camino, Matali se encontró a Narada, el viajero de los universos, y Narada le invitó a acompañarle hacia las regiones subterráneas:

-Me estoy dirigiendo hacia las moradas del señor de las aguas profundas, acompáñame y seguro que en alguno de los mundos internos encontraremos un pretendiente.

Narada conocía muy bien aquellos mundos y los describía con detalle a su acompañante:

 Le enseñó las moradas del señor de las aguas y vieron juntos al hijo del dios de las profundidades, quien estaba casado con la hija de la luna.

Vieron los palacios abismales, construidos todos en oro puro. Palacios que contenían las armas mágicas de los Asura (quienes seguían siendo los enemigos de los dioses). Los dioses las habían guardado allí, y fue conquistando todos aquellos palacios de las profundidades como los dioses se habían adueñado también de su propia divinidad. En esas profundidades (que están en todas partes) fue creado el fuego. En ellas reposa el disco de Vishnu, rodeado de un fuego sin humo, y el arco Gandiva, que fue creado para la destrucción del mundo y tiene la potencia de cientos de alientos vitales. En la batalla este arco subyuga a todos los reyes que se hayan aliado con los espíritus crueles (Rakshasa). Desde esas regiones fluyen las aguas de todos los mundos, pero allí todo está sumido en la oscuridad absoluta y Matali no hubiera podido discernir nada en esas profundidades si Narada no se lo hubiera descrito.

Desde allí subieron a Patala, la ciudad situada bajo el mundo de los Naga, quienes son los seres serpentinos que influyen nuestros sueños y fantasías. Las ciudades de los Naga son frecuentadas por dioses y Asura. Es hacia allí donde los seres y sus recuerdos desaparecen cuando son lavados por las aguas del tiempo, que caen a Patala en medio de un ruido ensordecedor. Desde esas profundidades Airavata, el elefante que monta el rey de los dioses, absorbe las aguas que después expulsa con su trompa sobre las nubes, haciendo que lluevan todos los objetos de los sentidos sobre los mundos.

-Durante el día, algunos de los habitantes de Patala son atravesados por los rayos del sol y mueren – contaba Narada a Matali – pero reviven de noche, bendecidos por los rayos de la luna.

Pero a Matali no le convenció nada de lo que vio:

-No hay nada que me interese aquí. Vayamos a otro mundo.

Y entonces vieron Hiranyapura, la ciudad dorada. Una construcción que fue imaginada en la mente de Maya, el arquitecto de Asura, y construida por Vishvakarma, el arquitecto de los dioses (Deva). Allí vivían los titánicos Asura, veloces como el viento, en mansiones de oro y plata, lapis lazuli verde, coral rojo y blanco, así como diamantes, que brillaban como la tierra, las montañas y las rocas, y parecían estrellas. Es imposible describir las formas que allí pueden ver los visitantes; son enormes y poseen todas las cualidades. Las montañas parecen nubes, con ríos que las descienden en todas las direcciones, y los árboles se pueden mover allí a voluntad, así como dar el fruto que uno quiera.

Pero Matali dijo:

-No me interesa nada de un mundo que cause disgusto a los Deva. Vayamos a otro lugar.

Así llegaron al mundo de las aves míticas. Ellas son las que persiguen a los Naga. En ese mundo todos los habitantes aspiran a la buena fortuna y tienen muchísima fuerza. Son guerreros, y nunca alcanzan la frecuencia de la sabiduría, porque luchan contra los Naga, y los Naga son sus parientes.

-Y esta otra- contaba Narada a Matali, cuando pasaron al siguiente mundo -es la región de Surabhi, la madre de todas las vacas sagradas, quien fue creada en el Amrita, el elixir de la inmortalidad. La vaca sagrada siempre rebalsa de leche y es la fuente de todas las esencias en la tierra. Todos los sabios se alimentan de la espuma de su crema. Los terneros de la vaca sagrada sostienen las cuatro direcciones y los sabios saben que vivir aquí trae más felicidad que habitar el mundo de los Naga, los cielos o viajar en los palacios voladores de los dioses.

Y esta ciudad que vemos ahora, – dijo Narada -es la ciudad del placer (Bhogavati), y está gobernada por Vasuki, el rey de los Naga. Esta ciudad es tan bella como la capital de los dioses. Aquí descansa Sesha, la serpiente enjoyada que sostiene todos los mundos. Tiene mil cabezas, y lenguas llameantes.

Aquí residen todos los Naga, en su multitud de formas. Llevan tatuadas esvásticas, círculos y otros símbolos sagrados. Son miles y miles; algunos tienen cinco caras, y otros cien cabezas, o tres, o siete. Tienen colas fuertes y son grandes como montañas.  

Pero Matali ya hacía un rato que no prestaba atención a su guía. Seguía con la mirada a un Naga en particular:

-Ese que está allí es radiante y bello. ¿Qué gran linaje representa? ¿De qué serpientes desciende?  Tiene energía y fortaleza, además de juventud. Mi mente se deleita al verlo. Él sería un marido digno de mi hija.

-Oh Matali, él es Sumukha (agradable faz); desciende de Airavata, el elefante cósmico que cabalga el rey de los dioses.

Pero los Naga tenían malas noticias que para Matali. No es que la familia de Sumukha no quisiera casarlo con la hija de Matali, quien era ni más ni menos que el auriga de Indra, el mismo rey de los dioses, pero le informaron con tristeza que el padre de Sumukha había sido devorado recientemente por Garuda, el águila de fuego que persigue incansablemente a los Naga, y cuando se marchó, Garuda amenazó con volver en un mes para devorar también a Sumukha.

No hay nada que los Naga puedan hacer contra Garuda; su poder es mayor que el de todos ellos juntos.

Entonces Matali y Narada viajaron al mundo de Indra, y lo vieron sentado en su trono, que brilla con todos los colores. Junto a Indra se encontraba Vishnu, el omnipresente, y sus cuatro brazos se expandían hacia los confines del universo. 

Matali expuso el caso ante el rey de los dioses, y habló de lo importante que era para él que viviera Sumukha. Entonces Indra, el rey de los dioses, alargó la vida de Sumukha con permiso de Vishnu, quien es el gran misterio que permea todo lo que existe, lo que existió y lo pueda existir algún día.

Pero cuando Garuda supo de los hechos enfureció. Con sus alas bloqueó el paso del viento en los tres mundos y tronó:

– Yo no puedo vivir de otra cosa que de Nagas, y necesito alimentar a mi familia. No soy como tú, Indra, que hago lo que quiero. Recuerda que pude haber gobernado el universo pero renuncié a ese trono por lealtad a lo justo. Aunque seas el más fuerte entre los Deva, puedo llevarte en una sola de mis plumas. Piensa bien sobre mi poder, antes de contrariarme.

Pero entonces resonó la voz de Vishnu en el corazón de los presentes:

-Oh Garuda, te consideras muy poderoso, pero no deberías alabarte así en nuestra presencia. Incluso juntos, los tres mundos no son capaces de soportar mi cuerpo. Yo mismo me sostengo a mí mismo y te sostengo a ti también. Para que se establezca la verdad en tus palabras demuestra que puedes levantar el peso de uno de mis brazos.

Y dicho esto Vishnu dejó caer uno de sus cuatro brazos sobre Garuda sin ejercer presión, porque no quería quitarle la vida. pero aun así el águila de fuego quedó aplastado, perdiendo la consciencia.

Cuando volvió en sí Garuda dijo:

-Te pido perdón señor de los universos. Estando tan cerca de ti me ha consumido el fuego del poder y he pensado que podía hacerte frente. Te ruego me perdones y me liberes.

Entonces Vishnu levantó el brazo.

-De la misma manera -dijo el narrador de esta historia a Duryodana, el rey enfurecido:

 -Seguirás vivo en mientras no ataques en el campo de batalla a tus primos, a los que tanto odias. Quienes has elegido como enemigos son hijos de los dioses. Hijos del Dharma, el orden universal que decide quien vive y quien muere; del viento, que nada puede detener; de Indra, el rey de todos los dioses, y de los Ashvin, los dioses gemelos del ocaso y del atardecer. En añadido, están aliados con Krishna, quien es Vishnu mismo, nacido en la tierra. Él es dios, y ellos son sus rayos. No puedes ni mirarlos, ¿cómo vas a enfrentarlos en la batalla?

En este gran relato que es el Mahābhārata, se cuentan muchas historias. Y todas las historias confluyen hacia una única realidad que nos incumbe a todos. Pero esta realidad es tan misteriosa, tan elusiva, resbaladiza y agitada, que nos la tenemos que explicar una y otra vez, y de maneras distintas.

En la historia que cuenta el Mahābhārata se habla de Krishna, y se nos dice que Krishna es el misterio. Es Vishnu encarnado; lo que permea todo, lo que da permiso al rey de los dioses para alargar o recortar vidas; lo que sostiene todos los mundos: Pero en ningún momento se no se nos pide que nos creamos el cuento de manera ciega, o literal, sino que meditemos, más bien, en qué es lo que une al mundo, y cómo lo describiríamos.

Una historia es un reflejo de la vida. La vida parece una encrucijada donde se encuentran las historias que nos contamos, que hemos oído, que imaginamos, que desarrollamos, que descubrimos… Y en todo esto hay un misterio. En la vida, y en cada historia. Un misterio que vive en nuestra propia mirada; en la lectura que hacemos de la vida y de cada una de sus matices. El Mahābhārata llama a este misterio Krishna.

El fragmento compartido se encuentra en el capítulo del Mahabharata llamado Bhagavad Yana Parva.

Continuará…

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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