Sobre la fe, primer acercamiento

Una experiencia es algo que no se puede compartir. Aunque pueda enumerar los eventos que me llevaron a vivir una experiencia, o pueda describir las sensaciones que tuve, o, incluso, reproducir las condiciones que me llevaron a esa experiencia, la experiencia en sí seguirá siendo personal, interior, intransferible e incomunicable. La experiencia está enraizada en el misterio de la subjetividad. Las condiciones externas son objetivas, pero la vivencia interior que producirán estas condiciones será subjetiva.

En las últimas entradas de este blog he venido compartiendo las respuestas que varias personas han dado a la pregunta de qué es la repetición, y qué es una experiencia. Mi interés en esta cuestión nació de la lectura diaria de la parte central del Mahābhārata, en la que se repiten, durante cientos de páginas, descripciones casi idénticas de los detalles de la batalla de Kurukshetra. Es fascinante la extensión de este fragmento; y hasta donde yo sé es un caso único en la historia. Si alguien recitara el texto de la batalla del Mahābhārata podríamos estar horas escuchando, en repetición, gestos bélicos parecidos. Quizá 18 horas, como los 18 días que duró la batalla. Y es por lo exageradamente grande que es la extensión de este fragmento, y lo exageradamente repetitivo que es, que siento que hay detrás una intencionalidad. Como si la repetición nos llevara a una experiencia personal e intransferible, que nos puede llevar a cuestionarnos el sentido de la repetición.

Repetir algo es poner atención. Porque, dependiendo de como se vea, todo lo que existe es repetición. Si lo pensamos, tanto los procesos cósmicos como los gestos, los patrones de conducta, los ciclos biológicos, botánicos y meteorológicos son todos repetición continua. Cada gesto que hagamos será la repetición de algo que ya hemos hecho anteriormente. La diferencia, es que cuando queremos repetir algo voluntariamente hacemos un esfuerzo de atención. La diferencia no está en repetir o no, sino en repetir con o sin consciencia. Como contó Pelva Naik hace unos meses: «La repetición es continuación (…), solo por repetición algo puede evolucionar. La evolución pasa en la repetición; es inherente a ella«. Y la experiencia, pienso, sería la vivencia interna de la evolución.

Eso que llamamos “yo” es una repetición de procesos biológicos y mentales con los que la consciencia se identifica. Por ejemplo, cuando dormimos no siempre somos conscientes de ser “nosotros”, y sin embargo hay un cuerpo que sigue repitiendo funciones, en el cual despierta por la mañana la consciencia de ser “yo que despierto”. Hay cosas que hacemos, pero nos decimos “no parecía yo” y en cambio otras con las que nos gusta identificarnos y decimos: “yo soy así”. Este tipo de consciencia subjetiva (“yo soy”) florece en medio de la repetición y está relacionada con la experiencia, porque la experiencia es subjetiva.

Esta es mi respuesta a la pregunta ¿qué es la repetición, y qué es la experiencia? Me queda en el archivo una última respuesta, que me dieron dos personas muy sabias; espero poderla compartir pronto, pero quiero dar hoy la mía, para cerrar la historia del rey Harischandra, que se ha venido contando en las últimas entradas. Al final de este escrito volveré a hablar de la batalla del Mahābhārata:

El rey Harischandra estaba sufriendo penurias a causa del mago llamado Vishvamitra, quien estaba poniendo a prueba su voluntad. Después de haber perdido su reino, la esposa de Harischandra y su hijo habían pasado a vivir como sirvientes de Vishvamitra, y él, el propio rey, estaba sirviendo al dios del Dharma (sin saberlo) como carroñero, recogiendo restos de cadáveres en el crematorio.

Para colmo, el hijo del rey y la reina murió, mordido por una serpiente enviada por Vishvamitra. Harishchandra se encontró a su esposa llorando el cuerpo del hijo de los dos, en el campo de cremación, pero habían cambiado tanto, estaban tan demacrados, que no se reconocieron. Y cuando al fin lo hicieron el dolor fue insoportable.

Pero entonces llegó la redención: El rey y la reina se acogieron a la gran diosa, pidieron refugio en su mirada afilada y las millones de formas que hablan en su honor, porque no hay una separación entre la estatua, el nombre, la realidad y la Diosa. Una alga bajo las aguas, un rayo de sol, semillas secas guardadas para la próxima siembre, un corazón que late o una corona, son la Diosa. Y los cielos se abrieron, y bajaron todos los deva (los rayos de la fuente de la abundancia) quienes felicitaron al rey y la reina por haber pasado las pruebas sin perder la integridad. Por ello los invitaban al cielo. Pero entonces los monarcas argumentaron que el pueblo tenía que compartir un porcentaje de los méritos de sus reyes, y por ello todos los súbitos de Harishchandra y su esposa Shaivya pasaron diez años viviendo en los palacios celestiales.

Y la verdad es que tenía un par de páginas más escritas. Las entradas de este blog las escribo en una libreta, sobre todo en viajes de tren y en cafeterías, haciendo tiempo entre una cita y otra. Antes de publicarlas las paso a ordenador. Ahora, después de haber pensado durante quince días en esta entrada, y haber reescrito varias veces un texto sobre el final de esta historia, me doy cuenta de que en realidad, es el momento de callar. Si sigues este blog y has llegado hoy conmigo al final de esta historia del rey Harishchandra y su esposa Shaivya, quedémonos juntos con la invocación a la Diosa. Que cada un@ sienta en su corazón la redención de Harischandra y Shaivya, y en la próxima entrada podemos continuar este tema, compartiendo otra historia del maravilloso baúl de sorpresas que es el Mahābhārata.

¿Qué es más real, lo subjetivo o lo objetivo?

La historia bíblica del llamado a Abraham para sacrificar a su hijo Isaac, igual que la historia del rey Harishchandra que vengo compartiendo en las entradas anteriores de este blog, remiten ambas a un punto de intersección en el paso el sacrificio humano/animal, al ritual simbólico.

En la historia del rey Harischandra el monarca desea tener descendencia y el dios Varuna le promete cumplir su deseo, con la condición de que se le ofrezca en sacrificio al primogénito. Y a partir de ahí podemos reconocer en la historia un juego de contrastes entre la dimensión transpersonal y la experiencia subjetiva personal: Cuando el rey ve nacer a su hijo queda prendado a él como individuo y es incapaz de sacrificarlo, a pesar del prospecto de tener más descendencia después. El rey suplica, una y otra vez, pasar por los ritos de nombramiento del hijo, del primer corte de pelo, de su introducción en sociedad y de su primera instrucción espiritual. El argumento del rey/padre es que hasta que su hijo no pase por esos ritos no sería una persona completa, y por tanto el sacrificio no sería real, porque no estaría sacrificando realmente a su hijo, como pedía el dios, sino a un ser anónimo. Porque detrás de estas palabras se esconde, primero, el intenso lazo emocional de padre a hijo, y segundo, la pregunta que subyace a esta historia, y también al Mahābhārata; y que es parte de la motivación del voto de 12 años que ritualiza este blog: ¿qué es lo que hace que el humano sea humano?

Cuando el hijo del rey Harischandra llegó a la edad de recibir su instrucción espiritual fuera de casa, en la preadolescencia, decidió huir para salvar su vida – otra decisión con motivación subjetiva, que contrasta con el deber universal (sobre esta decisión escribí algo en la entrada pasada)

El rey Harishchandra fue maldito entonces con la enfermedad de la gota, por haber fallado al dios Varuna en sacrificar a su primogénito, y, desesperado por el dolor, recurrió a un recurso extremo: Un brahmán (sacerdote) del reino aceptó vender su hijo mediano para ejecutar el sacrificio.

Los sacerdotes reales dictaron que un hijo comprado se convierte en un hijo legítimo, por tanto apto para sacrificar, y encontraron a un brahmán empobrecido, desesperado por poder alimentar al resto de su familia. El brahmán aceptó vender a su hijo Sunashepa pero este, una vez atado al poste sacrificial, lloró con tanta angustia que ninguno de los sacerdotes reales fue capaz de llevar a cabo el sacrificio – de nuevo por la conexión empática, y subjetiva, con la víctima-. Y, en aquel momento, uno de los sacerdotes dirigió al rey unas palabras que hablaban, una vez más, de la bisagra entre el sacrificio literal y el simbólico: “Lo que está escrito sobre los sacrificios animales está pensado para las personas con inclinación hacia los objetos de los sentidos, para atraerlos hacia la vida ritual (…) Quien compadece a todos los seres, se contenta con lo recibido y calma sus sentidos, agrada a la divinidad”.

El equilibrio entre lo personal y lo transpersonal es sutil. El contexto en el que se expresa el dilema del sacrificio humano de Sunashepa, la victima comprada, parece ser el de una sociedad basada en el ritual estricto, pero resulta que dentro de toda esta transpersonalidad la compasión tiene suficiente peso como para transgredir la norma – “para agradar a Dios”, ¿Porque, qué sentido tiene el ritual cuando deja de agradar a Dios?

A continuación la historia cambia ligeramente de dirección: el rishi Vashishtha y su competidor Vishvamitra se encontraron en los cielos de Indra y discutieron sobre los logros del rey Harishchandra. Es decir, de sus méritos personales: Vashishtha defendía que el rey había sido justo y ecuánime con sus súbitos, mientras Vishvamitra opinaba que había sido un tramposo, que engañó al dios Varuna. Así empezó otra historia con ecos bíblicos, en este caso con la historia de Job, cuando Vishvamitra apostó todos sus méritos místicos con Vashishtha a que demostraríala maldad del rey Harishchandra acosándolo con una vía tortuosa de calamidades:

Vishvamitra creó un demonio en forma de jabalí que empezó a destruir los bosques del reino. El rey organizó una partida de caza para atrapar al monstruo, pero la ferocidad del enfrentamiento lo dejó aislado de sus soldados y extraviado. Entonces Vishvamitra se apareció ante él tomando la forma de un eremita renunciante, ofreciendo al rey solaz, baño y consejo. Harishchandra quedó profundamente agradecido y ofreció regalar al ermitaño “lo que le pidiera”. Así que Vishvamitra creó la ilusión de un chico y una chica jóvenes, y dijo a Harishchandra que para casar a aquella pareja le pedía como regalo de bodas el reino entero. Harischanddra aceptó, para ser fiel a su palabra, con el convencimiento de que aquello era lo último que podía perder, pero Vishvamitra añadió entonces que como impuesto por la transacción el rey le debía también dos medidas y media de oro, quedando así Harischandra en deuda con Vishvamitra, porque sin su reino ya no tenía ningún tesoro del que extraer aquella cantidad.

Por compasión por él, y para que su marido no tuviera que faltar a su palabra, la esposa de Harischanra le propuso entre lágrimas que la vendiera a ella como criada, y pagara así su deuda. Un sacrificio hecho por amor, que afectó tanto al rey que se llegó a desmayar. Por amor a su esposa, el rey se negaba a ponerla en venta, pero oír como lloraba de hambre su hijo (quien había vuelto de su escondite) hace que los dos se decidan. Otra vez, el poder de la empatía personal frente al deber de defender el reino.

Entonces Harishchandra, muy a su pesar, anunció en un cruce de caminos que estaba vendiendo a su esposa, y Vishvamitra, de nuevo, fue quien apareció en el lugar, en forma de un anciano esta vez, buscando una criada para todas las labores del hogar. El anciano procedió a dejar su pieza de oro en el suelo y llevarse a la reina tirándole del pelo, pero el hijo se puso a llorar de pena. El dolor de madre e hijo (personal, subjetivo, único) era tan intenso que ella suplico y convenció al anciano de comprar también al niño, alegando que no sería capaz de concentrarse y trabajar.

Antes de partir, la reina prometió al rey que se volverían a ver, y Harischandra dijo que el dolor de perder a su hijo y esposa era superior al del exilio y la ruina. Pero lo pagado por la reina y el príncipe no sumaba la deuda de Harishchandra y como no tenía otra manera de pagar, aceptó que  Vishvamitra lo vendiera a Yama – el dios del dharma, u orden universal, así como el guía de las almas entre los mundos- quien, para la ocasión, había tomado forma en este plano la forma de un hombre con el pelo enmarañado y la barriga caída, dientes largos y que emitía un olor asqueroso.

Vishvamitra recibió del extraño individuo riquezas incontables y la deuda del rey quedó saldada, pero Harishachandra tenía de servir a su nuevo amo, recogiendo pedazos de mortaja en un crematorio donde escuchaba durante todo el día el llanto de familiares y amigos lamentando la partida de sus queridos. Entre la descripción de los cuerpos quemados desintegrándose y los gritos de desesperación volvemos a ver el contraste entre la vida vista como proceso biológico y el poder de las relaciones personales.

Como dice Jana Rasó, psicóloga, arte terapeuta y formadora de yoga: la repetición es algo que sucede y sucede, y sucede, de manera que puede ser automática: como una muletilla de consciencia, como cuando repetimos la lista de compras de camino al supermercado para no olvidarla– Eso que decimos que somos, es una repetición de elementos. Repetición de gustos, patrones y recuerdos que llamamos “yo”. Repetición de patrones que llamamos “hijo”, “pareja”, “padre o “madre”. Y cuán importante es esta repetición.

Una experiencia – continuando con la cita de Jana Rasó- es el poder estar presente a las sensaciones que provoca (o suceden) en una acción concreta – Y ahí está la importancia de prestar atención a la experiencia de la repetición personal. En la tensión entre la conceptualización de lo transpersonal, y la experiencia de lo personal, por muy ilusoria que esta sea, está el poder de la vida.

Todo fenómeno es una condensación de repeticiones en el tiempo. La vida de un ser sensible es la condensación de un soplo en el tiempo. Mientras el soplo dura se repiten los ecos de un ser, cuando el soplo pierde fuerza se dispersa la vida en recuerdos, historias, grabaciones… hasta la disolución total. ¡Pero cuán importante es este paso por el tiempo!

Cuando se pierde el camino aparece la virtud;

Cuando se pierde la virtud, aparece la humanidad;

Cuando se pierde la humanidad, aparece la justicia;

Cuando se pierde la justicia, aparecen los ritos.

Pues los ritos

Son lo superficial de la lealtad y la fidelidad,

Son el origen del desorden.

(…)[1]

Pero el Mahābhārata nos dice que es itihasa (“así pasó”):  nos está recordando que no es de palabras de lo que nos está hablando, sino de “lo que pasa”, y no son “personajes” los que mueren en él, sino seres como nosotros, diferentes, pero auténticos, que exceden las palabras y las clasificaciones.

El Mahābhārata parece un proceso de aprendizaje, para vernos en la mirada de ese campo (kshetra) de pluralidad, donde lo subjetivo es tan real como lo objetivo, y el equilibrio entre ellos es un delicado y precioso instante. En este instante se esconde la verdad (Satya) que secretamente anhelamos.

El Mahābhārata, esta gran historia de la humanidad, habla de la caída desde la verdad hasta el desorden, y del renacimiento de la verdad en el desorden. El ritual es una misteriosa bisagra que confunde, y a la vez recuerda de dónde venimos y a dónde queremos volver.

Dentro de quince días compartiré el final del calvario de Harischandra y su esposa, con otra respuesta original a la pregunta de qué es la repetición, y qué es la experiencia. Mientras tanto, si te interesa bucear en la vivencia física e estas historias maravillosas te recomiendo dar un vistazo al curso que estoy ofreciendo gracias a la escuela Equilibrium Yoga.

Información: La mitología como viaje interior


[1] Daodejing 38, citado por Chantal Maillard en Las venas del dragón, Confucianismo, taoísmo y budismo, Galaxia Gutenberg, 2021, pg106

Rituales de paso

Una experiencia es algo que cala muy hondo y, aunque sea algo que no entiendas enseguida, vuelve; y al volver, da sentido a algo que puedas estar redescubriendo, pero en su momento no supiste reconocer como algo que dio sentido al hecho de hacer, o de estar, o de vivir. Una experiencia puede pasar desapercibida a nivel mental, pero aflorar después y convertirse en una experiencia, para dar la sensación de estar repitiendo algo que estemos viviendo[1].

Lo que experimentamos no es lineal, es algo que tiene muchos planos, y a veces los planos se encuentran. De repente algo hace que aquello que había pasado vuelva a aflorar, pero como ya estamos en otro lugar, en otro momento de nuestra vida, eso que ha vuelto a aflorar nos llega como una experiencia. No como un déjà vu, sino como algo que nos hace conectar con alguna memoria profunda. Quizá una memoria nuestra, o quizá otro tipo de memoria…

…Cuando Harischandra, el hijo de Trishanku (el rey de quien terminé de hablar en la entrada anterior) se encontró con dificultades para tener hijos acudió a Vishvamitra, y Vishvamitra le recomendó meditar a solas en el bosque sobre el dios Varuna.

Entonces la atención del rey volvió hacia la libertad original (Aditi), madre de todos los dioses. Y vio el tiempo, que hace fluir todas las aguas. El tiempo, que hace que salga leche de las ubres, y florezcan las plantas. Ante su mirada interior, el rey Harischandra vio como el tiempo lo controlaba todo, sin derramar una gota de sangre.

El rey vio en las profundidades de su cuerpo como Varuna desplegaba las dimensiones del habla y el ritual, y abría los caminos para que pasara el sol.

Vio los ojos de Varuna, brillando como las estrellas de la noche, observando el ímpetu de cada persona, y vio la disponibilidad de Varuna para acudir a toda suplica sincera[2].

Entonces llegó caminando un anciano con su bastón, vestido como un asceta peregrino.

El anciano paró ante el rey y se presentó como Varuna, el dios de las profundidades, guardián de la dirección cardinal del ocaso.

-Si quieres tener descendencia, deberás sacrificar para mí a tu primogénito.

Poco después la reina quedó embarazada y hubieron grandes celebraciones en la corte, con generosas donaciones fluyendo hacia todos los súbitos.

El día del nacimiento del príncipe primogénito, el mismo anciano mendicante apareció en la corte, pero el rey le dijo que antes de tener nombre es como si el bebé no hubiera nacido, y pidió a Varuna que volviera en un mes, cuando terminara la ceremonia de nombramiento del hijo, quien recibió el nombre de Rohitashva (caballo rojo).

Ese día volvió Varuna.

Pero el rey dijo al dios que su hijo no tenía dientes, y eso lo hacía inepto para ser sacrificado.

Cuando aparecieron todos los dientes del hijo Varuna volvió, pero Harischandra le pidió que esperara a que le hicieran el primer corte de pelo, porque hasta entonces todavía no llegaba a ser un niño.

-¡No pongas más excusas! Gritó Varuna con los ojos enrojecidos de furia. Es el apego al amor filial lo que te impide cumplir con tu palabra, y con el destino del niño. ¡No te confundas!

El día de la ceremonia del primer corte de pelo del príncipe, Varuna apareció usando la forma del mismo asceta renunciante. El rey cayó de rodillas ante él, y después de recibirlo con ofrendas, honores e himnos laudatorios, el rey dijo a Varuna que “como bien sabría”, la infancia se completa con el rito de paso (upanayana) en el que el niño recibe el cordón sagrado y los deberes de un ser humano adulto. Es entonces cuando está preparado para las enseñanzas espirituales, y para plantearse su participación en el mundo. Un humano sacrificado antes de ese momento no sería una ofrenda valida.

-No deberías mentir, no es propio de tu linaje – dijo Varuna, pero se apiadó de la angustia del rey, y acordó volver cuando el niño cumpliera diez años, y recibiera el cordón sagrado (upavīta).

Varuna se mostró enfadado, pero aceptó esperar, una vez más. De esta manera el rey y la reina ganaron unos años de tranquilidad, pero a medida que se acercaba la ceremonia de paso su angustia fue en aumento. Y el día del recibimiento del cordón sagrado, y de la entrada del príncipe al mundo adulto, por supuesto que Varuna acudió.

De rodillas, y con la cabeza postrada ante los pies del anciano, el rey suplicó con todas sus fuerzas.

-Deja que nuestro hijo termine la formación con su gurú. Como bien sabes, el inicio de la vida adulta debería hacerse con un período de formación con el maestro espiritual de la familia. Te lo suplico, no dejes que mi hijo abandone este mundo sin conocer, por lo menos, la manera de liberarse de las ataduras del miedo a la muerte.

Y para Varuna diez años o diez segundos tienen un peso parecido. Lo importante es el cumplimiento de la palabra, y era este límite con el que el rey Harischandra estaba jugando, con el de no llegar a cumplir su palabra.

Varuna aceptó esperar un poco más, avisando al rey de que no intentara evitar su destino. Pero, durante su formación fuera de casa, en las instalaciones (ashram) para la instrucción de su gurú, el príncipe, que era un niño inteligente, pensó en las idas y venidas de Varuna que había presenciado a lo largo de su vida. El príncipe entendió la situación y, asustado, huyó, para salvar su vida.

Cuando terminó el período de instrucción del príncipe Varuna entró al palacio caminando, en el cuerpo del mismo anciano delgado, pero se encontró al rey solo, avergonzado, anunciándole que el niño había desaparecido.

Y dado que Varuna está relacionado con las aguas, castigó al rey con la enfermedad de la gota. Pero ya volveremos al rey Harischandra, en próximas entradas, y también terminaremos la historia de su hijo, Rohitashva.

Esta historia recuera, entre otras cosas, que los rituales con los que marcamos el paso de la vida no nos evitarán que esta termine. El hijo del rey, igual que el rey, tendrá que entregar su cuerpo de todas maneras, haga lo que haga. Igual que todos nosotros. Pero, sin embargo, repetir estas ceremonias es importante. La repetición es algo que en sí mismo no se puede reproducir; a medida que repites vas transformando lo que pasa – por lo tanto no hay algo que esté igual. Cuando intentamos repetir una experiencia la manera como la entendemos nunca será la misma dos veces, porque hay algo de nosotros que cambia. Reconocemos que hay algo que se repite, algún tipo de memoria, o sensación, está ahí, pero la manera como lo vivimos es siempre algo que es diferente a como lo estaremos viviendo en el momento. Por otra parte, el ejercicio de repetir es importante porque te obliga, o te permite, ser concreto – y al ser concreto algunas cosas se destilan: hay cosas que quedan y permean, y nos van transformando, y otras que puedan quedar atrás y desaparecer.

¿Qué es lo que permea, y queda, de todos estos rituales de transición, que se repiten generación tras generación, de manera más o menos consciente?

Todos terminamos desapareciendo en las profundidades de la noche, o en las aguas de Varuna, si se quiere. ¿Qué es lo que queda, de generación en generación? No sé si es algo que se pueda expresar con palabras. O no de manera directa. Por esto son tan útiles estas historias, que hablan de eras antiguas con formas extrañas, pero que a la vez nos son tan cercanas como la sangre que se arremolina en nuestro corazón.

En la próxima entrada seguiremos con la historia de Rohitashva, el hijo que escapó, y más desventuras de Harischandra, en busca de más claridad en este bosque de experiencias y vivencias que se repiten y hacen eco entre sí.


[1] Quien ha respondido en esta entrada a la pregunta ¿Qué es la repetición?, y ¿qué es una experiencia?, ha sido Toni Cots, maestro, viajero y experto en teatro espiritual y el uso tradicional del cuerpo y la máscara como conexión entre mundos.

[2] Las imágenes de esta meditación sobre Varuna están basadas en las descripciones de los himnos dedicados a este dios en el Rig Veda, libro 5, cantos 5, 41, 61 y 82

El despliegue de la realidad

La repetición es aquello que pasa una y otra vez, de forma reiterada, puede ser infinita o finita[1].

Según mi hija de casi cuatro años, repetición es pintarse las uñas.

La experiencia es una vivencia que se ha integrado. La experiencia, o vivir algo, según mi hija Sarah Luna, es una estrella.

Cuando el mago Vishvamitra invocó a los dioses para elevar al rey Trishanku en cuerpo a los cielos, ninguno de los brillantes (deva) acudió al llamado. Pero Vishvamitra, con el ceño fruncido, ordenó a sus ayudantes seguir con el ritual. Las incantaciones, y las oblaciones, seguían y, aun sin la aprobación de los deva, el cuerpo de Trishanku empezó a elevarse y ascender por los mundos sutiles. Por la fuerza de Vishvamitra Trishanku acabó apareciendo en los cielos de Indra, el rey de los luminosos, quien, cuando vio a aquel transgresor, lo golpeó con un destello cegador que hizo caer el cuerpo de Trishanku, cabeza abajo, de vuelta al plano terrenal.

Al ver aquello Vishvamitra entró en cólera y, haciendo un uso prodigioso de sus poderes mágicos empezó a crear en la dirección meridional nuevas constelaciones (Nakshatra) y nuevos servidores divinos (gaņa). A medida que Trishanku caía invertido aparecía un cielo paralelo a su alrededor. Nuevos mundos, y nuevos planos, semejantes a los existentes. Y Vishvamitra amenazó con crear él mismo una nueva dinastía de deva, con un nuevo Indra, o rey de los deva, que aceptara a Trishanku en sus cielos.

Entonces Indra, y sus acompañantes, aparecieron ante Vishvamitra en postura de súplica, y le hablaron en un tono apaciguador:

-Entiéndenos Vishvamitra. El cuerpo de Trishanku es impuro. No está preparado para vivir en los cielos. Lo que pretendes es forzar la realidad, no será provechoso para nadie. No puedes romper el mundo por el capricho de una persona.

Y Vishvamitra entendió, y recapacitó, pero no podía faltar a su palabra y fallar a Trishanku. Así que Vishvamitra dejó a Trishanku brillar, así como estaba, en los cielos del sur. Trishanku (cuyo nombre significa “tres bultos”, o “tres clavijas”, por una deformidad de su cabeza que lo hacía parecer como si tuviera tres cuernos) se convirtió en la constelación más fija e los cielos del sur, la que apunta hacia la dirección del polo antárctico.

Los pueblos que crecieron bajo los cielos del sur relacionaron la constelación de Trishanku con la pisada del ñandú, o súri, el ave que se denomina también avestruz. En diferentes narraciones del mismo evento se cuenta que el avestruz huyó de un cazador hacia llegar al “país de arriba”, y refugiarse junto al río celestial (gaṅgā, vía láctea) desde donde desciende, en forma de alimento, a la tierra, a medida que el fondo oscuro en el que flotan las estrellas consume el brillo de la vida.

La constelación de cuatro estrellas relacionada con la pisada del ñandú, o Trishanku, por el proceso de precesión de la tierra, se podía ver desde el hemisferio norte en épocas bíblicas (s. XI-VII aec), y hasta el primer siglo de la era común. Plinio el viejo, el militar y “geógrafo” romano, la menciona en su Historia natural, como una constelación que en su época se podía ver todavía desde Egipto.

En La divina comedia, relato de un viaje místico por los mundos sutiles, comparable al del rey Trishanku, el autor relata su descenso por los círculos infernales hacia la dirección “inversa” al cielo, por cuyo fondo salió al cielo del purgatorio, donde distinguió “cuatro estrellas vistas por los primeros humanos”. Desde ese lugar ascendió el narrador de La divina comedia hacia los pies del trono divino.

Cuando en 1505 el marinero portugués Hernando Magallanes aprendió la utilidad naval de esta constelación de cuatro estrellas como indicador del polo sur de la tierra, la bautizó como “cruz del sur”, influenciado por la lectura de La divina comedia, que seguía siendo un texto de referencia en su época.

Ahora, desde las estrellas australes, quiero recordar la razón de ser de este blog, que es la narración en 12 años del Mahābhārata. Y recuerdo, también, que en este séptimo año de Respirar el Mahābhārata toca pasar por la minuciosa y extensa descripción de la batalla de Kurukshetra, el cruento evento de destrucción total que terminó con todos los guerreros de la tierra. Como dije en una de las primeras entradas de este año, no quiero caer en banalizaciones injustas de la guerra, una experiencia que escapa la comprensión emocional: para no repetirme transcurro historias paralelas, como estas vivencias de Vishvamitra que estoy compartiendo. De fondo, sin embargo, continua la guerra. Y hay algo importante en esta historia de Trishanku en relación a la guerra: la relación de la creatividad interior con la materia. El ascenso o descenso por los 14 planos de la realidad (cielos e infiernos), tiene que ver con el mundo imaginal, que es tan interno como externo, y la fuente de la materia.

En el Vastu Sutra Upanishad (5.21) los alumnos de Pippālada, experto en construcción de espacios e imágenes sagradas, le preguntan por la naturaleza de los 14 planos. Pippāladda invoca primero a Rudra de los cien pelos diciendo ¡Oh Rudra, aparta mi miedo, Rudra de las cien cabezas; calma mi miedo!

¡Alabanzas a ti, en forma de toro de cien pelos, quien eres la materialización del Dharma!

Después Pippālada explica que la palabra con la que se hacen los rituales es el mantra. El mantra produce dhvani, una “resonancia” interior por la que se aparecen los atributos divinos, o los atributos de la realidad profunda de las cosas. Los rishi son quienes ven estos atributos. Las características de estos atributos son las del orden cósmico (ŗtam). Según estos atributos los rishi toman forma en el mundo de las personas. De estos atributos se forman los arquetipos (rūpa) y en ellos aparece la naturaleza de las cosas (bhāva). De la naturaleza interna la cualidad, de la cualidad la acción y la práctica religiosa (ācara). De la práctica religiosa el método (upāya), del método (o la repetición) la acción ritual. Con la acción ritual se encuentra el sentido, con el sentido aparecen las formas de los deva, de las formas se derivan las imágenes. De la comprensión de la forma nace la producción de imágenes.

Las estrellas, y todo lo que vemos, son una puerta a la raíz de la creatividad que tenemos en nuestro interior, y esta creatividad necesita una regulación ritual, para recibir la dedicación y la atención adecuadas. No hay nada que no tenga su origen en la creatividad, y nada de lo que existe no ha pasado antes por el mundo imaginal, el de las formas sutiles. También la guerra. Porque que antes de la guerra física viene la crítica, el desprecio, el orgullo, la diferenciación, la acusación, y otras divisiones internas que cristalizan en acciones contrarias a la paz. Para poder colaborar entre hemisferios, y entre la tierra y la humanidad, no podemos “romper la realidad”; no podemos ir en contra del mundo. Lo que nos une, y nos separa, como humanidad y como terrícolas, son las narraciones que nos hacemos sobre nosotros, nuestra familia, país, comunidad religiosa y terrestre.  

Porque nada de esto es como nos lo explicamos exactamente, no somos lo que nos pensamos que somos, y el país y la comunidad son una convención, con el poder de destruir o salvar al planeta. Y quien rige todo esto no es ninguno de nosotros. Tampoco los deva.

Oh Rudra, toro con mil cuernos, ilumina mis pasos. Liberame de mis obsesiones y permíteme volver a mi propósito real.


[1] Quien ha respondido en esta entrada la pregunta de ¿qué es la repetición? Y ¿qué es una experiencia? Es Daniel Majá, ilustrador, practicante de yoga y buscador espiritual, con quien estamos desarrollando un proyecto que iré anunciando a medida que avancemos en él.

¿Cómo se ven los dioses?

Continuando con las personalidades mencionadas en la entrada anterior de este blog, y con la historia que comenzó en ella:

Vishvamitra, el rey que había descubierto que las capacidades espirituales podían ser superiores a los del poder físico material, comenzó una severa práctica energética y ritual. Así, tras años de ascetismo riguroso, ganó poderes mágicos espeluznantes como el dominio de los elementos naturales. Obtuvo visión de la expansión universal, que brilla en el interior de nuestra mirada y nos habla mediante los pensamientos. “Te has convertido en alguien que realmente ve el poder de los reyes, en un rajarishi”. Así habló la voz de la expansión universal (brahmā) al corazón de Vishvamitra. Pero Vishvamitra no quedó satisfecho, porque seguía compitiendo con el vidente de videntes (Mahārishi) Vashishtha.

Entonces llegó al refugio de Vishvamitra el rey Trishanku. Trishanku acudía a él tras ser rechazado por Vashishtha, porque aquel rey había pedido al sacerdote de sacerdotes que oficiara un ritual para elevarlo al cielo en vida, y con el cuerpo que tenía.

Trishanku, tras ser rechazado por Vashishtha, había recurrido a los hijos del mismo sabio, y estos se habían enfurecido con él, por pedirles algo que su padre ya le había denegado. Por esta razón el rey Trishanku se presentaba ahora ante Vishvamitra, porque había oído que este sacerdote real estaba enemistado con el linaje de Vasishtha.

Vishvamitra aceptó el reto, y se reunieron, para a asistir su llamado, numerosos rishi (ascetas renunciantes) quienes temían sus recién adquiridos poderes mágicos. Todos aceptaron, por miedo, participar en aquel ritual reprobable. Todos, menos los hijos de Vashishtha.

La ceremonia se ejecutó a la perfección; se entonaron los sonidos exactos en cada momento preciso, y se hicieron los gestos necesarios. Se ofreció soma, o néctar de la inmortalidad, extraído de la unión del mundo vegetal con el mundo creativo. Pero ningún deva acudió. A pesar de que los deva (ángeles, o “dioses”) se alimentan de soma, y dependen de los rituales humanos para acceder a él… no vinieron.

Y antes de seguir con la historia, me gustaría detenerme en esta imagen.

¿Qué significa que los dioses no acudan a un llamado? ¿Cuándo están los dioses, y cuándo no? ¿Cómo entender esto con la mentalidad moderna?

Vamos a explorar esta cuestión desde lo poético, mediante el relato que contó el rishi Agastya al príncipe Rāma, hace dos eras:

En una ocasión en la que los deva principales acudieron a alimentarse de Soma, se acercó al lugar de la ceremonia Rāvana, un ser terrible, extremadamente poderoso, rebosante de furia y ambición desbocada. Los deva le tenían tanto miedo a la actitud belicosa de Rāvana que Indra, el rey de los dioses, se escondió en el cuerpo de un pavo real. Y Yama, el dios del dharma, se escondió en el cuerpo de un cuervo. Kubera, el dios de las riquezas, se escondió rápidamente en el cuerpo de un lagarto; Varuna, el dios de las profundidades, se escondió en el cuerpo de un cisne, y el resto de dioses se escondió en otros animales.

Así se escondieron los guardianes de las cuatro direcciones; el este se convirtió en un pavo real, el norte en un reptil, el oeste en un cisne y el sur en un cuervo. Y cuando el peligro pasó los deva agradecieron a quienes les habían cobijado regalándoles dones especiales:

Indra, el guardián del este, le dijo al pavo real que ya no temería más a las serpientes, que su plumaje estaría decorado con ojos, como los mil ojos de Indra que se abren en todas partes.

-Cuando yo haga llover- dijo Indra -te llenarás de dicha.

Yama, el guardián del sur y de la armonía universal, liberó al cuervo de la mayoría de los sufrimientos que padecen el resto de aves:

-La maldición de la muerte no te perseguirá- dijo Yama al cuervo -y vivirás mientras nadie te cace. Y todos los ancestros que viven en mis dominios (las tierras de los ancestros) se sentirán aliviados del hambre, junto a sus descendientes, cada vez que tú comas en la tierra.

Varuna, el dios de las profundidades en las que se pone el sol, dijo al cisne:

-Escucha mis palabras forjadas en la dicha: tu tinte será encantador, suave y parecido al disco lunar; y recordará a la espuma inmaculada. Cuando te acerques a las personas siempre serás precioso de ver, y como signo de mi gratitud alcanzarás una complacencia inigualable.

Entonces Kubera, el señor de las riquezas, y de todos los minerales del interior de las rocas, le dijo al lagarto:

-Tu color brillará como el oro. Estoy satisfecho contigo. Tu cabeza no se deteriorará y mantendrá el brillo de mi satisfacción.

Así se lo contó Agastya a Rāma, y así lo recuerda la naturaleza de todos estos animales, desde hace milenios y milenios.

La naturaleza se repite en cada generación, y en esta repetición nace la evolución. Con la naturaleza se repiten las cualidades de los dioses. “La repetición ritual es una expresión temporal de un suceso que acontece en el eterno presente. Como quitar un trozo de papel que está varias veces doblado; plegado sobre sí mismo es el eterno presente, y al desplegarlo se ven los agujeros repetidos en la expresión temporal [1] .

Cuando hablamos de dioses nuestra mente los puede imaginar como sombras de una geometría enigmática trazada sobre los horizontes de la consciencia, pero ante nuestros ojos son los colores del pavo real, la magnificencia del cisne y los movimientos eléctricos del lagarto.

¿A dónde nos lleva este conocimiento? A experimentar los dioses en el entorno natural:

Partiendo de la base de que todo conocimiento está dentro nuestro porque estamos ya dentro de la divinidad, se podría decir que la experiencia, -y entendiendo ex como “hacia fuera”, y haciendo una etimología peculiar de peri como “piros”, fuego- sería como una salida hacia fuera de este fuego interno, siendo el fuego como no mero calor, ni luz, sencillamente, sino como esclarecimiento. Podría entenderse como que en la experiencia es sacar hacia fuera la comprensión, o el esclarecimiento, que ya permanecía en potencia dentro nuestro”.

Así es como en el océano podemos ver a Varuna, sin que Varuna sea el océano, o a Indra en el pavo real, sin que el pavo real sea Indra. Porque el mundo en el que vivimos no es solamente material, ni psicológico (que es una extensión de lo material).

Hay una parte importante de nosotros que no conocemos, y esta parte, precisamente, es la que lleva el timón de nuestras vidas – nos guste o no.

Continuaremos en la próxima entrada…


[1] Las frases en cursiva son la respuesta que dio Mariano a la pregunta ¿Qué es la repetición? ¿Y qué es la experiencia? Mariano es un lector de este blog, pero no sé prácticamente nada de su currículo vital. Lo que sé es que mantenemos una correspondencia regular extremadamente inspiradora.

¿Para qué nos contamos una historia? Segunda parte: ¿de dónde llegan las fuentes?

En la música clásica indostaní se tocan pocas composiciones escritas; es más habitual que los músicos improvisen con diferentes escalas, o grupos de notas, llamadas raga. Los raga están relacionados con momentos de la jornada, porque cada combinación de notas tiene una resonancia específica, que es la más afín a un momento del día. Por ejemplo, una combinación de notas bajas y agudas afín a los últimos instantes de la tarde, cuando no es ni de noche ni de día, o notas bajas, que se tocan con un ritmo pausado, para los días de lluvia. De esta manera músicos y oyentes integran el sonido con la sensación (rasa) del momento.

¿Pero, quién decidió qué sonidos se tocan en cada momento? Los humanos que estuvieron vivieron antes que nosotros, ¿inventaron las combinaciones de notas idóneas para cada momento del día, o lo aprendieron del entorno?

Se dice que en el origen de los tiempos las raga emergieron de la matriz del universo como el sonido de los cinco elementos. El raga Deepak (dípak) apareció resonando con el fuego. El elemento tierra apareció resonando con el raga Shrí. El elemento agua apareció resonando con el raga Megh. El cielo, o éter, algunos dicen que resonaba con el raga Malkauns y otros con Bhairav, mientras el viento energético universal resonaba con el raga Hindol.

Cada uno de estos raga se casó con seis ragini, o seis raga femeninos, y tuvieron hijos. Estos hijos formaron tribus, o clanes (jati), que son todas las familias de raga que existen en la música clásica indostaní. Lo cual quiere decir que en el sonido también se pueden reconocer linajes, si sabemos escuchar.

Por otro lado, una historia que nos cuenta el Mahābhārata -una historia que empezaré a transitar lentamente a partir de esta entrada- es la del enfrentamiento del rishi Vishvamitra con el gran rishi Vashishtha:

Antes de llamarse Vishvamitra, y convertirse en un rishi, o sabio visionario, Vishvamitra fue rey. Por su parte Vashishtha es un rishi de nacimiento, y uno de los referentes más importantes de rishi, porque nació directamente de la mente de la expansión creativa universal (Brahma)

Por sus aptitudes, Vashishtha se encargaba de cuidar a la vaca de la abundancia (Nándini, o Kámadhenu), de cuyas ubres emana todo lo que nutre al mundo. – Vishvamitra vio la vaca que cuidaba Vashishtha y la deseó para sí. –  Vishvamitra robó la vaca a Vashishtha usando su fuerza física superior.

Cuando la vaca le preguntó a Vashishtha por qué permitía que la secuestraran, este contestó:

-Él es un guerrero, su poder está en su fuerza. Yo soy un renunciante espiritual, mi poder está en la paciencia.

-Pero, ¿si no quiero estar con él, tengo derecho a liberarme? – preguntó la vaca de la abundancia.

-Puedes hacer lo que quieras – dijo Vashishtha.

Entonces la vaca de la abundancia universal parió guerreros de varias razas, que no existían hasta entonces, como los Yavana, que hay quien relaciona con los antiguos griegos, o los Mlecha, que somos todos los «bárbaros» que no hablamos sánscrito.

La vaca se liberó, gracias a aquellas tropas que lucharon por ella contra Vishvamitra. Y la historia continúa, y seguirá en la próxima entrada, pero hoy quería detenerme aquí, en la pregunta:

¿En qué momento se dividen las supuestas razas y culturas de la tierra?

Como con el sonido, ¿existen linajes que corresponden a matices distintos de la humanidad?

De alguna manera, la historia de Vashishtha y Vishvamitra es también la historia de la discordia. Porque diferenciar es separar, y la diferenciación llegó junto a la discordia. El camino de retorno sería, como en la música, la armonización, donde cada tono tiene su lugar en resonancia con los demás.

No lo sé del todo, pero siento que no hay mucha diferencia entre los linajes humanos y los del sonido, y que indagando en la diferencia entre el lenguaje humano y el sonido abstracto se disuelven las separaciones mentales de la discordia. ¡Oh diosa de los grillos! Pechos azules y mirada sin fondo. Dulce miel del sol. Brisa que nos acaricia desde el fondo de los tiempos. Cada vez que siento el viento, me dice: -Yo he acunado a todos tus ancestros, desde la India hasta el Sáhara.

La historia sobre los linajes de los raga se la escuché a la maestra de dhrupad Pelva Naik, en un encuentro personal, que pudo tener lugar gracias a Eulalia Cuixart de Sangitarasika, donde le pude preguntar en persona la pregunta que va a marcar las próximas entradas de este año: ¿Qué es la repetición, y qué es una experiencia?

Su respuesta (transcrita y traducida por mí del inglés):

-Una experiencia es algo que no se deriva de la memoria, está en el momento; es en el momento, cuando experimentas algo. Es un acto de recibimiento, ante todo. Es un proceso muy integrativo. También muy emocionante. No solamente una memoria, es nuevo y fresco, renace en cada momento. Es sensual, en el sentido de que la experiencia depende de los cinco sentidos. Es material, y a la vez el espíritu se reconoce en ella. La experiencia mayor tiene lugar en la rendición personal.

-La repetición es continuación. Algo no estancado; no muerto. Como un fluir. Energético y cíclico. Todo es cíclico, solo por repetición algo puede evolucionar. La evolución pasa en la repetición; es inherente a ella. Pasa continuamente.

La repetición es muy importante.

Si te han interesado las historias de los raga te recomiendo venir el próximo 28 de Julio a la presentación del espectáculo de música narrada, o narración musicalizada, que hemos desarrollado este invierno junto a Abdul Karim, músico de flauta bansuri tradicional.

Dependiendo de la hora en la que toque presentar el espectáculo, y de las condiciones atmosféricas, presentamos uno u otro raga. Con la palabra, presento el raga, las historias del sonido, del Aum, del lenguaje, y el arquetipo que representa el raga que oirás tocar. Así música de flauta clásica indostaní y palabras se funden en algo que va más allá del análisis y la comprensión.

28 de Julio, 20.00 a 21.15

Sala Equilibrium Yoga, Ronda Universidad 33 3-2b, Barcelona.

10 euros

Reservas e información: Michael.gadish@gmail.com  

Los hijos de la perra

El Mahabharata termina con el peregrinaje de los cinco hermanos protagonistas y su esposa común por las cuatro direcciones de la tierra. Cuando inician su camino hacia el este el texto dice que los empieza a seguir un perro, un perro que no les pierde la pista cuando deciden circunvalar la tierra por el sur y les sigue los pasos cuando alcanzan por el oeste la antigua ciudad de Krishna, que se encuentran hundida bajo el océano. Cuando deciden cruzar la cordillera del Himalaya por el norte el perro continua tras ellos y a medida que los Pandava mueren entre las nieves perennes de las alturas, el perro sobrevive y continua caminando al lado de los restantes hasta que Indra aparece montado en un carro refulgente ante el último hermano vivo, el mayor, Yudisthira, y le ofrece subir hacia el cielo. Yudisthira haco el gesto de llamar al carro a su fiel acompañante pero Indra le para:

-Los perros no tienen lugar en el cielo.

Entonces Yudisthira, en un gesto que se sigue recordando hasta hoy, renuncia al cielo en nombre de la fidelidad. Se niega a abandonar en el frío a su amigo cuadrúpedo, y este gesto de empatía de Yudisthira se gana un sitio de honor entre los dioses.

Esta historia es una de las más conocidas del Mahabharata pero lo que se recuerda menos es que el Mahabharata comienza también con un perro. Este perro, en cambio, probablemente también de la raza llamada Mastil Tibetano, que parece ser la autóctona de la India, es golpeado cruelmente por el rey Janamejaya cuando se acerca husmeando al terreno del ritual en el que el mismo Janamejaya oirá contar todo el Mahabharata.

A este ritual se acercará más adelante el conductor de carros que contará, a medida que contesta todas las preguntas que le hace el rey y sus acompañantes, lo que conocemos hoy como el Mahabharata. Pero antes de esto, el texto nos cuenta que el perro golpeado volvió a su madre Sarama, y se quejó ante ella de la injusticia que acababa de sufrir.

Ahora, Sarama no es cualquier perra. Sarama es la madre de todos los perros, la Devi perruna si se quiere, la diosa madre de la raza canina. Sarama aparece ya en el Rig Veda, el canto más antiguo de la tradición de la que proviene el Mahabharata, en un himno en el que se canta cómo Sarama visitó a los Panis, los enemigos de los dioses[1]:

-Panis, soy la mensajera de Indra, él me ha mandado. Tenéis muchas vacas y es mi intención alcanzarlas. Las aguas del río rasa no me han podido dañar porque estoy protegida por los dioses; primero tenía miedo de cruzar pero he conseguido llegar a vuestra orilla. Las aguas profundas del río no han podido contradecir los deseos de mi amo.

-¡Oh Sarama! Podrías alcanzar los puntos más lejanos del cielo. Hemos escondido el tesoro en un lugar rodeado de montañas. Has malgastado tu viaje. Sabemos que los dioses te han asustado para que vengas aquí; quédate hermana, eres preciosa, te daremos parte de las vacas. [En algunos versos védicos parece ser que a los Pani se les llama lobos. Una lectura que me parece preciosa es la del diálogo entre Sarama y los Pani como un diálogo entre los lobos del bosque y una perra amaestrada]

-No puedo ser vuestra hermana y no sois hermanos míos. No reconozco estas relaciones. Solamente conozco a Indra y al fuego[2]. Huid Panis, y dejad que las vacas vuelen al cielo. Habéis intentado mantenerlas en secreto pero Soma, Indra y los sabios las han encontrado.

 

Esta es la Sarama a la que acude para gemir el perro golpeado por Janamejaya. Algunos la han relacionado con la luz del amanecer también, y a los Pani con la oscuridad que esconde las nubes, que son las vacas del himno.

Yo, que soy de flipar fácil, pienso también que a la estrella más brillante de la noche, Sirio, se la llama “el perro”. En sánscrito su nombre es Lubdhaka, “el cazador”, o Mrigavayaha “cazador de antílopes”. Porque a los perros en sánscrito se les llama Sarameya –literalmente “el que es de Sarama”- en tanto a descendiente de la famosa Sarama, pero también Mrigadagņśa, “cazador de antílopes”. Esto tiene sentido porque la estrella Sirio va detrás de Orión, la constelación que parece un arquero, como el perro que acompaña al cazador. De hecho la franja del cielo que cubre tanto Orión como Canis Majoris, la constelación a la que pertenece Sirio, en la astrología india se la conoce como la casa lunar de Mrigashira, “cabeza de antílope”, y se dice que los nacidos bajo su influencia se caracterizan por ser buscadores incansables y personas con un deseo muy intenso.

El antílope, el deseo, la búsqueda y la realeza son elementos que aparecen a menudo en el Mahabharata. Los momentos de quiebre en el linaje de los Pandava, las crisis importantes, comienzan siempre con un rey persiguiendo un antílope (Mŗga, también puede significar ciervo) que lo lleva a adentrarse en el bosque, donde se encuentra de cara con su destino (ejemplo 1,2). Lo que no se menciona es que el rey muy probablemente vaya acompañado de un perro, un fiel “cazador de antílopes”. El perro es rechazado del relato como el hijo de Sarameya es expulsado de los terrenos del sacrificio cuando comienza el Mahabharata.

El lugar del perro es ambiguo en las historias sagradas, igual que en nuestro presente. Un animal necesario, compañero y hasta cierto punto espejo del humano, pero al que el imaginario social trata con recelo. En el Mahabharata los que crían perros son los chandala, un sector social problemático que componen los hijos de casta mezclada, brahmán y sudra, sacerdote y sirviente. Un chandala es un cruce entre mundos, una mezcla, algo indefinido de lo que puede salir tanto un conductor de carros (oficio destinado a los Chandala) que acabe contando todo el Mahabharata, un consejero real como Vidura, una de las figuras importantes de la corte de los Pandava, o un criador de perros. Un chandala es un espacio indefinido, como el cruce entre yugas.  El final de cada era es siempre confuso, en el crepúsculo de Treta a Dvapara yuga la tierra sufrió 12 años seguidos de sequía. Era imposible mantener ningún cultivo o ganadería, las poblaciones sufrían el saqueo de barones de la guerra y bandas de maleantes y muchos, desesperados, recurrieron al canibalismo.

En aquellos tiempos Vishvamitra, el famoso Rishi, abandonó su esposa e hijos y vagó en solitario por los caminos desolados. En una ocasión llegó hambriento al lugar donde vivían unos chandalas. Había jarrones rotos, pieles de perro, huesos de cerdos y burros, y ropas de difuntos acumuladas por todas partes. Gallos y asnos clamaban al cielo y habían grupos de chandalas discutiendo y peleando. Vishvamitra escudriñó el lugar buscando algo de comida pero no encontró nada; ni carne ni grano ni fruta. Estaba tan cansado que colapsó y quedó tirado en el suelo cuando de repente vio que en una de las cabañas quedaba carne de un perro que acababa de ser degollado.

Vishvamitra decidió que robar para salvar la propia vida estaba bien y esperó a que se durmieran los chandalas para entrar en la cabaña y robar la carne. Pero el dueño de la cabaña se despertó y gritó:

-¿Quién está robando la carne? ¡Vas a morir!

-Soy Vishvamitra, estoy moribundo y hambriento, he robado un poco de la carne de este muslo de perro. He perdido mi conocimiento de los textos sagrados. Ya no soy capaz de distinguir entre lo que debe y lo que no debe ser comido. Me he convertido en un ladrón. El dios del fuego se lo come todo, me he convertido en lo mismo.

Oyendo quién era el sabio, el chandala saltó de la cama y se postró ante Vishvamitra:

-No hagas nada contra tu naturaleza. Los entendidos han dicho que los perros son peores que los chacales y en lo que concierne a la carne de perro, dicen que la carne del muslo es peor que la de cualquier otra parte. Eres un sabio ilustrado, por favor encuentra otra manera de salvar tu vida.

-No hay otra manera– respondió Vishvamitra– todo vale a la hora de salvar la vida. Después de haber salvado la vida uno puede reunir fuerzas para restaurar su Dharma. El dios del fuego, el espíritu de los textos sagrados, es mi fuerza. Con sus bendiciones voy a saciar mi hambre y salvarme.

-La carne de perro no beneficia al cuerpo– volvió a contestar el chandala- Entre los animales que tienen cinco uñas, como los conejos, hay cinco tipos que son aptos para el consumo de brahmanes. Los perros no están incluidos en la lista, por favor busca otra comida y salva tu Dharma.

-En el estado en el que me encuentro no hay diferencia entre carne de antílope o de perro.

Así continúa la discusión hasta que Vishvamitra dice: –un toro sediento no dejará de beber por el croar de una rana– despreciando al chandala e ignorando su consejo. Vishvamitra se llevó la carne al bosque, ofreció parte a los dioses y cocinó la carne. Después ofreció parte de lo cocinado a los dioses y a los ancestros. El dios Indra quedó tan satisfecho que dejó que cayera la lluvia, por primera vez en 12 años, y Vishvamitra no tuvo que consumir la carne robada.

Cuando los dioses reciben su parte de esta carne prohibida, de un brahmán que actúa como ladrón, aconsejado por un chandala que recuerda la ley mejor que un rishi, el mundo se equilibra. La relación que yo hago entre estas historias es que el perro cazador que no se menciona, el que sigue al rey en el bosque como un acompañante invisible, es reconocido por primera vez por Yudisthira al final del Mahabharata, pero ha estado siempre, desde la primera página, acompañando fielmente al lector.

Aceptar el perro negro que nos acompaña es asumir el mundo, me parece. Cuando Janamejaya patea al pobre perro que se acerca a su ritual, Sarama le maldice diciéndole que «cuando menos te lo esperes te pasará algo malo». En cambio cuando Yudisthira reconoce y acoge al perro que lo acompaña llega más alto que el cielo. La diferencia entre Yudisthira y su nieto Janamamejaya es que Yudisthira es el último representante de Dvapara yuga, la era en la que todavía quedaban quienes sabían qué debemos hacer, Janamejaya representa las primeras generaciones de Kali Yuga, la era de la confusión. La era de la mezcla de razas también, la era de los chandala. Y digo yo, en el Mahabharata siempre se pone en un mismo lugar a los perros y a las mujeres. La mente crítica patea esta comparación y asumimos directamente que el Mahabharata es un texto malévolamente machista. ¿Y si se nos está insinuando otra cosa? Tal vez que cuando el mundo aprenda a reconocer y escuchar a los invisibles, a los que han estado allí a lo largo de la historia de la humanidad, acompañando en silencio, podremos volver a equilibrar el universo, regresar a Satyayuga.

¿Y si se me estoy volviendo a flipar?

Las historias siguen siendo bonitas.

[1] Se trata del himno 10/108/1-11- El texto que ofrezco es un resumen de la traducción al inglés de Bibek Debroy

[2] El original dice Angirasa, uno de los Rishi, asociado al fuego. Traduzco por fuego para mantener la linea de la interpretación del verso como el dialogo entre un perro y lobos.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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