El anhelo de lo correcto

Un texto es un objeto que une el presente con la tradición social que lo tejió. Un texto contiene palabras y las palabras son solo sonidos, gruñidos y balbuceos, si no entendemos el lenguaje en el que están escritas. Un lenguaje es una constelación de convenciones sociales; un conjunto de acuerdos sobre el sonido que expresamos cuando queremos compartir ordenes, sensaciones, ruegos, regalos, y todo lo que nos permita relacionamos con otros humanos. Ahora, un lenguaje también intenta describir al mundo. Un lenguaje pretende describir la realidad y la realidad es cambiante. La realidad se transforma, siempre más rápido de lo que evoluciona un lenguaje. Un lenguaje es predecible, la realidad no. Por esto, dentro de la comunidad que comparte un lenguaje aparecen discrepancias sobre el uso correcto de este, o sobre las maneras en las que uno describiría ese cauce veloz y arremolinado que es la realidad. Es decir, aparecen dudas sobre el significado de las palabras.

Usar el lenguaje se convierte en un acto heroico, en el que uno intenta definir, y compartir, algo que es, en una última instancia, incomprensible e insondable: la realidad. El lenguaje no puede definir algo que es indefinible y se convierte en el compartir de una intención. El lenguaje es insuficiente para describir el mundo y se convierte, más bien, en una herramienta para compartir lo que decido hacer en el mundo. Esto es lo que comparto. Pero lo comparto usando un lenguaje, y el lenguaje es ambiguo. Comparto lo que quiero hacer en el mundo con palabras, pero a las palabras siempre hay que explicarlas. ¿Qué significa hacer el bien, ser justo, aportar algo? Todos estos propósitos requieren una explicación. Entonces uno explica con actos; que no dejan de ser un lenguaje. Pero los actos también son interpretables. Si queremos aprender de las acciones de otra persona siempre nos encontraremos en una situación (a causa de esta condición mutable e impredecible de la realidad) en la que no tendremos claro como hubiera actuado nuestro modelo. O nos equivocaremos, y por aferrarnos a unas normas, y obstinarnos con unas pautas de acción determinadas, nos alejaremos de nuestra intención original, como pueda ser el hacer el bien.

¿Qué es lo que podríamos compartir, entre nosotros, de generación en generación, que sostuviera la esencia del hacer correcto?

En el Mahabharata, que es la enciclopedia de lo que nos hace humanos, se habla, casi exclusivamente, del dharma. Siempre que se pregunta por el dharma los personajes del Mahabharata responden que el dharma es demasiado sutil para hablar de él. Sin embargo lo paradójico es se podría decir que el Mahabharata entero, sus siete mil páginas, están casi exclusivamente dedicadas a hablar del dharma, desde todos los ángulos posibles. Tan sutil, tan inasible, y tan importante es el dharma.

En este texto que comparto Savitri, una heroína del Mahabharata, da una lección de dhrama al mismo dios del dharma, también llamado Yama. El dios que se lleva el calor de los cuerpos.

Savitri, en este texto, describe lo que es esencial en la vida, repitiendo las palabras dharma y dharma-nātha, más un momento en el que recurre a la polémica palabra arya (ario). La versión que he redactado de este texto es un ejercicio en el que he traducido estas tres palabras usando las diferentes acepciones posibles: Dharma viene de la raíz dhṛ, que significa sostener, o firmeza, porque la acción correcta, compartida, sostiene la sociedad. Dharma puede ser práctica, también, porque una acción correcta se tiene que llevar a cabo, o se volvería una teoría sin fundamento. Nātha es, tanto refugio como señorío, en el sentido de que un señor justo es el que protege, y viene de la raíz nath, que se puede usar en el sentido de usar, acercarse, solicitar, “llevar a”- todas acciones que llevan a “refugiarse en”. Arya deriva de la raíz ṛi, de la cual deriva también la palabra rita, que es un sinónimo de dharma. Ṛi es, también, “ir hacia” y “obtener”. Arya es, de manera extremadamente literal, “el que va hacia”, y Aryamān es alguien confiable, por lo que entiendo Arya también como alguien honesto, dedicado, o devoto a lo correcto. Por esta razón es confiable (aryamān), porque es alguien dedicado a perseguir, “ir hacia”, el dharma. ¿Pero qué es el dharma? ¿Qué es lo que nos sostiene como humanidad?

Reelaborar este texto de esta manera me ha servido de ejercicio para reflexionar sobre el significado de lo correcto. Lo comparto para meditación y debate:

<Quienes no se controlan a sí mismo no observan la práctica del vivir correcto, ni el cuidado de la acción correcta, mientras atraviesan esta jungla de lo inesperado. Quienes comprenden el funcionamiento de las cosas alaban esto. Es siguiendo la práctica reconocida por los sabios, como todos alcanzamos los variados senderos de nuestro destino. No me interesa otro sendero que el de la vía del discernimiento.

Se dice que el encuentro con quienes buscan lo correcto es deseable. Se dice que la amistad con ellos es incluso mejor. El encuentro con quienes trabajan para la continuidad del mundo nunca es en vano. Uno debería asociarse siempre con quienes comprenden la justicia. La práctica eterna de quienes comprenden lo que sostiene el mundo es la empatía, el no sentirse separado, ni por encima ni por debajo, ni distinto in igual, a ninguno de los seres. Ser siempre amable en actos, pensamientos y palabras, y buscar el bien. En este mundo las personas son amables hasta donde pueden. Los que comprenden la verdadera naturaleza son amables incluso cuando llegan quienes les desean el mal.

Uno no confía en sí mismo tanto como confiaría en quienes se refugian en esta práctica. Por esto las personas son especialmente afectuosas hacia quienes comprenden lo que sostiene la vida. La amistad hacia todos los seres genera confianza. Esa es la razón de que la gente se vuelve confiada con quienes caminan este sendero. Quienes comprenden la manera correcta de vivir le son siempre fieles. No flaquean. Tampoco sufren.

La unión entre los buenos y quienes buscan el bien siempre es fructífera. Quienes comprenden la vía justa nunca temen a quienes la anhelan. Los que van hacia el vivir justo impulsan el sol con su sinceridad. Sus renuncias sostienen la tierra. Los que se amparan en la coherencia determinan el pasado y el futuro. Quienes buscan la verdad no tienen nunca pereza cuando se encuentran entre quienes protegen la plenitud. Esta es la conducta de los honestos.

Los que defienden la lealtad se apoyan unos a otros sin esperar nada a cambio. Los favores hechos por quienes buscan lo justo siempre tienen fruto porque no van en contra del propósito o del honor. Es por esto que quienes buscan lo mejor para todos serán para siempre el refugio universal. >

 

 

Hasta hace un año y medio estuve manteniendo la costumbre de acudir una tarde al mes a una tetería de Barcelona para narrar fragmentos de la cosmogonía de la India a quien quisiera venir. Cuando nació mi hija dejé de hacerlo para tener más tiempo de acostumbrarme a la nueva situación. He decidido volver a practicar estos encuentros pero voy a experimentar con el formato online. A partir de este martes 17 voy a hacer un Instagram live en la cuenta michaelgadish. Cada Martes de 18.00 a 19.00, el que quiera puede conectarse a la emisión y preguntar lo que quiera y pedir la historia que le interese. Voy a empezar con esta plataforma para ver cómo funciona y veremos a continuación. De todas maneras el propósito es el de mantener este horario semanal. Estás invitad@

Para qué sirve la narración / las tres respuestas de Savitri

El Mahabharata es la historia de la escalada, el estallido y las consecuencias de un conflicto bélico. De una guerra entre familiares; como lo son todas, porque todas las guerras representan un conflicto dentro de la misma familia humana.

En el caso del Mahabharata los bandos enfrentados son herederos de un mismo linaje, el linaje de los descendientes de Kuru, un rey legendario. La batalla, como indica el texto del Mahabharata, tiene lugar en Kurukshetra, “el campo de los Kuru”. Kshetra, igual que la palabra campo, indica un espacio delimitado; ya sea geográfico, anatómico o temático. El campo de los Kuru es un espacio geográfico delimitado, que pertenecía a los descendientes de Kuru, en el cual estos mismos descendientes, divididos en dos bandos, guerrearon su batalla transcendental.

El campo de los Kuru, es también el campo del Dharma. El primer verso de la Bhagavad Gita, uno de los textos filosóficos más conocidos de la tradición india, que está incluido en el mismo Mahabharata, así lo dice: En el campo de los Kuru, el campo del Dharma, se reunieron los dos bandos dispuestos a guerrear (Ver Bg.Gt. 1.1)

El Dharma es el sostén del universo. Un ritmo, o algoritmo universal, que ordena la realidad más allá de la comprensión humana; algo tan sutil que es mejor no hablar de ello, para no acabar diciendo burradas, y a la vez algo tan importante que sostiene el funcionamiento universal, desde el girar de los átomos hasta la expansión de la luz por  la galaxia.

En un mismo espacio, convergen estas dos polaridades. Por un lado, el campo de acción de los personajes del Mahabharata es el de lo personal y lo concreto. El campo que enmarcaron sus antepasados, un espacio físico atado a las modificaciones del tiempo, al pacto social, al linaje y a las memorias personales. Por otro lado, este mismo espacio es el espacio de lo universal; de lo eterno.

Así es también nuestro barrio: las calles de nuestros recuerdos y las esquinas del Dharma. Cuando bajamos a comprar el pan estamos atravesando, también, lo numinoso, el secreto que transciende las palabras.

Narrando el secreto

Una narración es una suma de elementos. Si digo la palabra cielo, uno tiene una determinada visualización. Si digo la palabra oscuridad, esta vendrá sucedida por otra visualización. Si digo pájaro, es de esperar que uno visualice algún tipo de ave, el dibujo de un pájaro o algo relacionado con este campo semántico. Pero si digo cielo oscuridad pájaro, es fácil que uno visualice el vuelo de un ave a través de un cielo oscuro, y con suficiente atención es más que probable que uno pueda empalizar con lo que este pájaro pueda sentir.

El simple ejercicio de sumar las palabras y enhebrarlas en el tiempo como cuentas atravesadas por un hilo produce una segunda visión. Más allá del significado de cada palabra por separado aparece el destello de otro universo, más sutil, al cual se refiere la narración, más allá de las palabras que la componen. Se nos aparece el campo, el espacio, en el que vuela el pájaro.

Toda narración, toda suma de palabras, es un cruce entre el plano concreto y personal, atado al tiempo, con el plano transcendente en el que vuela nuestro destino.

Savitri, la heroína que salvó a su amado de la muerte, lo salvó usando una narración.

El Mahabharata cuenta que el Dharma se llevó el alma del amado de Savitri, porque ese era su destino, y Savitri, por la fuerza de su amor, pudo seguir al Dharma e incordiarlo durante su partida hacia el más allá:

Savitri, hija mía, ¿por qué me sigues? Este es el destino de todos los mortales– Le dice Dharma.

No te sigo a ti, padre mío, sino que también es el destino de toda mujer ir donde su amor la lleva. Y la ley eterna no separa al amante esposo de la fiel esposa. – Responde ella.

La respuesta de Savitri agrada al Dharma. El Dharma se acerca a ella y quiere regalarle un regalo, el que sea, menos la vida de su amado.

Savitri pide al Dharma, al orden sutil del universo, que le devuelva la vista a su suegro ciego.

Y Savitri continúa siguiendo al Dharma hacia el otro mundo. No puedo hacer otra cosa, le dice al Dharma, porque su alma sigue siendo la mía, por lo que me veo unida a él. Y esto también le agrada al amparo universal, que otorga otro favor a Savitri. Y ella pide que su suegro, el padre de su difunto amado, recupere el reino que había perdido.

Concedido, hija, pero vuélvete porque ningún ser vivo puede seguir a Yama, – o si se quiere, ningún ser vivo puede seguir el Dharma a estos planos tan sutiles. 

Porque, continúa hablando el Dharma, –¿y si tu marido ha sido un malvado y me lo estoy llevando a su infierno, lo vas a seguir igual?

Al infierno o al cielo, iré donde va él, ya sea en vida ya sea en la muerte. Responde Savitri, y esto agrada por tercera vez al Dharma, que le concede otro regalo. A esto Savitri responde que lo que le gustaría es que continuara sobre la tierra, -en lo concreto, en lo personal- el linaje de su suegro.

El amado de Savitri es hijo único, y la única manera de que continúe el linaje de su familia en la tierra es devolviéndolo al mundo; devolviendo la vida a su cuerpo.

¿Consigue Savitri engañar a Yama o se deja el Dharma engañar por esta heroína para legarnos a todos la narración de su hazaña?

¿Y cuál es el secreto de las respuestas de Savitri? ¿Qué podemos aprender de ellas?

Mi propuesta es que lo que podemos aprender de las respuestas de Savitri está escondido en la narración. Es decir, la suma de preguntas y respuestas en el diálogo entre Savitri y el Dharma abre la percepción a un espacio que transciende la temporalidad, y lo que transciende la temporalidad transciende el lenguaje, porque las palabras son concretas y están ancladas en lo lineal.

Lo que las narraciones espirituales del Mahabharata trazan es un sendero hacia lo sagrado, desde lo concreto. Porque palabras como sagrado, espiritual o Dios, no tienen mucho sentido para los herederos del materialismo, que hemos perdido el contacto con lo transcendente a causa de una larga educación de negación de lo divino, por un lado, y la utilización de la imaginería tradicional de lo sagrado para fines materiales, por otro.

Pero el plano sutil existe, porque sin él, ir a comprar el pan se convierte en una experiencia seca y apagada, y los rayos del sol temprano no son más que una molestia, un estorbo más en el tedioso paso de los días. Sin embargo cuando aceptamos la presencia sutil de los sagrado la luz del mismo sol puede ser casi tan alimenticia como el pan que no sabemos hasta cuándo vamos a poder pagar.

En el campo de lo concreto, y en el campo de lo sutil, transita el ser humano. Las narraciones sagradas nos permiten comprender ambos caminos, y reajustar el paso por uno y otro, y la relación entre ambas caras de una misma realidad.

¿Cómo entender la respuesta de Savitri? Leyéndola, y dejando que el pájaro de la intuición vuele por el cielo de lo innombrable. Y cuando lo perdemos de vista en el horizonte, volvemos a leer las respuestas de Savitri, y mandamos otro pájaro. Porque mientras vivamos, y no perdamos de vista las narraciones sagradas, no habremos perdido el sendero de la inmortalidad.

¿Quién es Savitrí?

En el reino de Madra había un rey que no tenía hijos, llamado Ashvapati, “el señor de los caballos”.

Ante la hoguera sacrificial, la mirada de Ashvapati distinguió entre las llamas la danza del verbo monosilábico sū, que en sánscrito significa “mover, impulsar o vivificar”. La mente del rey sustantivó el verbo , y lo vio transformarse en la palabra sava, que puede significar “prole/hijos”.

La palabra sava atrajo a las memorias del rey, que le recordaron que sava es también uno de los nombres del Sol, o más bien dicho el poder vivificador del Sol. Recordó también la palabra Savitŗ, derivada de Sava, que es una de las maneras de llamar a la luz del sol antes de que el cuerpo del astro se haya asomado por la línea del horizonte.

Savitrī -recordó la consciencia del rey-, la versión femenina de Savitri, es también el nombre de la diosa de la inspiración, la esposa del que moldea el universo.

Y en el momento de recordar el nombre de la diosa, esta habló al corazón del rey en un tono dorado, y le aseguró que iba a impregnar la vida en el seno de la reina.

 

Así se generó la hija del rey, que creció como la luna, el rey de las estrellas, y al nacer recibió el nombre auspicioso de Savitrī.

Esta es Savitrī, la heroína del Mahābhārata.

 

La princesa Savitrī creció como la abundancia personificada. En su juventud desarrolló tanta bella que quienes la veían se sentían como si hubieran abrazado una ninfa celeste. Emanaba la perfección de una estatua dorada, y su mirada resplandecía con tanta energía que nadie se atrevía a pedir su mano.

El rey, comprendiendo las cualidades extraordinarias de su hija, le propuso viajar por los reinos y elegir ella misma al príncipe que le agradara más, para hacer él mismo de intermediario y unirla con el hombre de su elección.

 

Así, la princesa Savitrī, que se llamaba como la personificación de la inspiración, caminó por la tierra buscando al hombre. Y lo encontró en el bosque, hijo de un padre ciego, quien había perdido las glorias de sus dominios a manos de otro rey.

Satyavan, “el que posee realidad, el que posee sinceridad, el que posee verdad”, era un príncipe caído, sin ninguna otra posesión que su vida y sus actos, aficionado a modelar la arcilla que recogía en la orilla del río en forma de caballos. Energético, inteligente, valiente y generoso, con una capacidad profunda de perdonar, como lo mejor que puede dar de sí la raza humana. Era placentero de observar como la luna.

El único defecto de Satyavan era que iba a morir,

Pronto.

A Satyavan le quedaba un solo año de vida y los sabios que hablan con las estrellas así se lo hicieron saber al rey, quien informó a su vez a su hija, e intentó convencerla para elegir otra pareja.

 

-El dado solo se lanza una vez

 

Respondió Savitrī.

 

-Las cualidades que veo en él no las puedo encontrar en otra parte.

 

Respondió Savitrī

 

Porque la realidad y el impulso son uno, nada los puede separar. Ni siquiera la muerte.

 

Savitrī se desprendió de todos sus ornamentos y entró en la frondosidad de la selva, con Satyavan. Vivió

preparándose para el encuentro con la muerte un año entero. Vio su cuerpo, sus ideas, sus recuerdos, sus deseos, como una espiral en evolución; como una cinta de seda desenrollándose en un océano de aguas doradas por el sol del atardecer. Una luz que ella no podía exigir ni poseer[1].

Savitrī, con su resolución, fue capaz de seguir a Satyavan hacia las extensiones de la muerte. Y volvió con la vida de su amado.

Savitrī, la inspiración, rescata la vida de la jungla. Porque la inspiración, y la princesa Savitrī, el personaje de la historia, el personaje del Mahābhārata, perviven de generación en generación.

Seguimos soñando con el viaje de Savitrī, y meditando sobre la relación del amor con la vida, del amor con la muerte, de la vida con el sentido. Todo esto está en las tres respuestas que dió Savitrī  a la muerte; las tres respuestas con las que Savitrī desató el lazo de la muerte sobre Satyavan.

Esta es Savitrī, la heroína.

La que salvó al “que posee sinceridad” de la muerte.

 

Sobre las respuestas que Savitrī da a Yama, a la muerte, no me siento preparado para escribir. Considero también importante centrar la atención en Savitrī misma, y el sentido de su relación con Satyavan. El contenido de la conversación de Savitrī con la muerte es corto y conciso pero muy profundo. Tan profundo como la relación del ser humano con el amor y el sentido de la vida. Para compartir este diálogo prefiero haber profundizado un poco más en él.

Se puede leer el texto de las respuestas de Savitrī en el Droupadi Harana Parva del Mahābhārata, sección 33, de la edición puente traducida por Bibek Debroy; en la edición antigua aquí, o en una bonita traducción al castellano del sanscritista Oscar Pujol que la editorial Ediciones del oriente y el mediterráneo ha publicado bajo el título Savitrí, un episodio del Mahabhárata.

 

[1] Imagen inspirada por el comentario de Sri Aurobindo al quinto capítulo de la Bhagavad Gitā, en referencia sobretodo al concepto sánscrito de bhuta. La última frase proviene directamente del poema Savitri, también de Aurobindo, Libro VII Canto V.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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