Una historia misteriosa

Este blog está dedicado a una gran historia que se llama Mahābhārata: Una historia antigua, que relata lo que nos está pasando ahora, en este mismo momento. Porque si no fuera así de actual el Mahabharata no seguiría inspirando a tantos de nosotros.

Pero, ¿qué es eso que narra el Mahābhārata que sigue siendo tan vigente?

En la extensa y entrelazada historia que despliega el Mahābhārata aparece un rey furioso (de nombre Duryodhana) que desea declarar una guerra: Quiere que se preparen los generales, que se ciñan las armaduras, se aten las bridas, se engrasen las ruedas, se monten los elefantes, se levanten los campamentos, se movilicen los soldados y se afilen las espadas, las lanzas y las flechas. Quiere que mueran sus enemigos, las tropas de sus enemigos, y las de los aliados de sus enemigos. Quiere la victoria, y la destrucción de sus contrarios. Por encima de todo, sin reparar en lo justo, lo práctico, o lo mejor para su gente ni para el futuro. El rey Duryodhana quiere la destrucción.

Pero sus enemigos no son enemigos comunes.

Los consejeros de Duryodana (el rey furioso) temían que su líder no estuviera asumiendo con quién se estaba queriendo enfrentar y para hacerle entrar en razón uno de sus consejeros le contó una historia ancestral, recordada de generación en generación desde el origen de los tiempos: Una historia que hablaba de Matali, el auriga divino, conductor del carro en el que viaja Indra, quien es el rey de los todos los dioses que dirigen la vida, y brilla como el oro cuando es puro y refleja la luz del amanecer.  

Matali, el conductor cósmico, tenía una hija. Era tan bella que su belleza casi podía equipararse a la de la gran diosa de todos los mundos (Shri): las mejores cualidades de todos los elementos emanaban de la presencia de la hija de Matali y descendían por su cabellera como una cascada. Verla, era como tener un atardecer veraniego ante los ojos.

Matali quería mucho a su hija, y estaba preocupado de que no fuera a encontrar un marido de la talla que consideraba que se merecía. Para eso Matali salió de viaje por todos los mundos: para buscar un pretendiente apto.

En el camino, Matali se encontró a Narada, el viajero de los universos, y Narada le invitó a acompañarle hacia las regiones subterráneas:

-Me estoy dirigiendo hacia las moradas del señor de las aguas profundas, acompáñame y seguro que en alguno de los mundos internos encontraremos un pretendiente.

Narada conocía muy bien aquellos mundos y los describía con detalle a su acompañante:

 Le enseñó las moradas del señor de las aguas y vieron juntos al hijo del dios de las profundidades, quien estaba casado con la hija de la luna.

Vieron los palacios abismales, construidos todos en oro puro. Palacios que contenían las armas mágicas de los Asura (quienes seguían siendo los enemigos de los dioses). Los dioses las habían guardado allí, y fue conquistando todos aquellos palacios de las profundidades como los dioses se habían adueñado también de su propia divinidad. En esas profundidades (que están en todas partes) fue creado el fuego. En ellas reposa el disco de Vishnu, rodeado de un fuego sin humo, y el arco Gandiva, que fue creado para la destrucción del mundo y tiene la potencia de cientos de alientos vitales. En la batalla este arco subyuga a todos los reyes que se hayan aliado con los espíritus crueles (Rakshasa). Desde esas regiones fluyen las aguas de todos los mundos, pero allí todo está sumido en la oscuridad absoluta y Matali no hubiera podido discernir nada en esas profundidades si Narada no se lo hubiera descrito.

Desde allí subieron a Patala, la ciudad situada bajo el mundo de los Naga, quienes son los seres serpentinos que influyen nuestros sueños y fantasías. Las ciudades de los Naga son frecuentadas por dioses y Asura. Es hacia allí donde los seres y sus recuerdos desaparecen cuando son lavados por las aguas del tiempo, que caen a Patala en medio de un ruido ensordecedor. Desde esas profundidades Airavata, el elefante que monta el rey de los dioses, absorbe las aguas que después expulsa con su trompa sobre las nubes, haciendo que lluevan todos los objetos de los sentidos sobre los mundos.

-Durante el día, algunos de los habitantes de Patala son atravesados por los rayos del sol y mueren – contaba Narada a Matali – pero reviven de noche, bendecidos por los rayos de la luna.

Pero a Matali no le convenció nada de lo que vio:

-No hay nada que me interese aquí. Vayamos a otro mundo.

Y entonces vieron Hiranyapura, la ciudad dorada. Una construcción que fue imaginada en la mente de Maya, el arquitecto de Asura, y construida por Vishvakarma, el arquitecto de los dioses (Deva). Allí vivían los titánicos Asura, veloces como el viento, en mansiones de oro y plata, lapis lazuli verde, coral rojo y blanco, así como diamantes, que brillaban como la tierra, las montañas y las rocas, y parecían estrellas. Es imposible describir las formas que allí pueden ver los visitantes; son enormes y poseen todas las cualidades. Las montañas parecen nubes, con ríos que las descienden en todas las direcciones, y los árboles se pueden mover allí a voluntad, así como dar el fruto que uno quiera.

Pero Matali dijo:

-No me interesa nada de un mundo que cause disgusto a los Deva. Vayamos a otro lugar.

Así llegaron al mundo de las aves míticas. Ellas son las que persiguen a los Naga. En ese mundo todos los habitantes aspiran a la buena fortuna y tienen muchísima fuerza. Son guerreros, y nunca alcanzan la frecuencia de la sabiduría, porque luchan contra los Naga, y los Naga son sus parientes.

-Y esta otra- contaba Narada a Matali, cuando pasaron al siguiente mundo -es la región de Surabhi, la madre de todas las vacas sagradas, quien fue creada en el Amrita, el elixir de la inmortalidad. La vaca sagrada siempre rebalsa de leche y es la fuente de todas las esencias en la tierra. Todos los sabios se alimentan de la espuma de su crema. Los terneros de la vaca sagrada sostienen las cuatro direcciones y los sabios saben que vivir aquí trae más felicidad que habitar el mundo de los Naga, los cielos o viajar en los palacios voladores de los dioses.

Y esta ciudad que vemos ahora, – dijo Narada -es la ciudad del placer (Bhogavati), y está gobernada por Vasuki, el rey de los Naga. Esta ciudad es tan bella como la capital de los dioses. Aquí descansa Sesha, la serpiente enjoyada que sostiene todos los mundos. Tiene mil cabezas, y lenguas llameantes.

Aquí residen todos los Naga, en su multitud de formas. Llevan tatuadas esvásticas, círculos y otros símbolos sagrados. Son miles y miles; algunos tienen cinco caras, y otros cien cabezas, o tres, o siete. Tienen colas fuertes y son grandes como montañas.  

Pero Matali ya hacía un rato que no prestaba atención a su guía. Seguía con la mirada a un Naga en particular:

-Ese que está allí es radiante y bello. ¿Qué gran linaje representa? ¿De qué serpientes desciende?  Tiene energía y fortaleza, además de juventud. Mi mente se deleita al verlo. Él sería un marido digno de mi hija.

-Oh Matali, él es Sumukha (agradable faz); desciende de Airavata, el elefante cósmico que cabalga el rey de los dioses.

Pero los Naga tenían malas noticias que para Matali. No es que la familia de Sumukha no quisiera casarlo con la hija de Matali, quien era ni más ni menos que el auriga de Indra, el mismo rey de los dioses, pero le informaron con tristeza que el padre de Sumukha había sido devorado recientemente por Garuda, el águila de fuego que persigue incansablemente a los Naga, y cuando se marchó, Garuda amenazó con volver en un mes para devorar también a Sumukha.

No hay nada que los Naga puedan hacer contra Garuda; su poder es mayor que el de todos ellos juntos.

Entonces Matali y Narada viajaron al mundo de Indra, y lo vieron sentado en su trono, que brilla con todos los colores. Junto a Indra se encontraba Vishnu, el omnipresente, y sus cuatro brazos se expandían hacia los confines del universo. 

Matali expuso el caso ante el rey de los dioses, y habló de lo importante que era para él que viviera Sumukha. Entonces Indra, el rey de los dioses, alargó la vida de Sumukha con permiso de Vishnu, quien es el gran misterio que permea todo lo que existe, lo que existió y lo pueda existir algún día.

Pero cuando Garuda supo de los hechos enfureció. Con sus alas bloqueó el paso del viento en los tres mundos y tronó:

– Yo no puedo vivir de otra cosa que de Nagas, y necesito alimentar a mi familia. No soy como tú, Indra, que hago lo que quiero. Recuerda que pude haber gobernado el universo pero renuncié a ese trono por lealtad a lo justo. Aunque seas el más fuerte entre los Deva, puedo llevarte en una sola de mis plumas. Piensa bien sobre mi poder, antes de contrariarme.

Pero entonces resonó la voz de Vishnu en el corazón de los presentes:

-Oh Garuda, te consideras muy poderoso, pero no deberías alabarte así en nuestra presencia. Incluso juntos, los tres mundos no son capaces de soportar mi cuerpo. Yo mismo me sostengo a mí mismo y te sostengo a ti también. Para que se establezca la verdad en tus palabras demuestra que puedes levantar el peso de uno de mis brazos.

Y dicho esto Vishnu dejó caer uno de sus cuatro brazos sobre Garuda sin ejercer presión, porque no quería quitarle la vida. pero aun así el águila de fuego quedó aplastado, perdiendo la consciencia.

Cuando volvió en sí Garuda dijo:

-Te pido perdón señor de los universos. Estando tan cerca de ti me ha consumido el fuego del poder y he pensado que podía hacerte frente. Te ruego me perdones y me liberes.

Entonces Vishnu levantó el brazo.

-De la misma manera -dijo el narrador de esta historia a Duryodana, el rey enfurecido:

 -Seguirás vivo en mientras no ataques en el campo de batalla a tus primos, a los que tanto odias. Quienes has elegido como enemigos son hijos de los dioses. Hijos del Dharma, el orden universal que decide quien vive y quien muere; del viento, que nada puede detener; de Indra, el rey de todos los dioses, y de los Ashvin, los dioses gemelos del ocaso y del atardecer. En añadido, están aliados con Krishna, quien es Vishnu mismo, nacido en la tierra. Él es dios, y ellos son sus rayos. No puedes ni mirarlos, ¿cómo vas a enfrentarlos en la batalla?

En este gran relato que es el Mahābhārata, se cuentan muchas historias. Y todas las historias confluyen hacia una única realidad que nos incumbe a todos. Pero esta realidad es tan misteriosa, tan elusiva, resbaladiza y agitada, que nos la tenemos que explicar una y otra vez, y de maneras distintas.

En la historia que cuenta el Mahābhārata se habla de Krishna, y se nos dice que Krishna es el misterio. Es Vishnu encarnado; lo que permea todo, lo que da permiso al rey de los dioses para alargar o recortar vidas; lo que sostiene todos los mundos: Pero en ningún momento se no se nos pide que nos creamos el cuento de manera ciega, o literal, sino que meditemos, más bien, en qué es lo que une al mundo, y cómo lo describiríamos.

Una historia es un reflejo de la vida. La vida parece una encrucijada donde se encuentran las historias que nos contamos, que hemos oído, que imaginamos, que desarrollamos, que descubrimos… Y en todo esto hay un misterio. En la vida, y en cada historia. Un misterio que vive en nuestra propia mirada; en la lectura que hacemos de la vida y de cada una de sus matices. El Mahābhārata llama a este misterio Krishna.

El fragmento compartido se encuentra en el capítulo del Mahabharata llamado Bhagavad Yana Parva.

Continuará…

Sabhā

La arqueología, y la historia, son disciplinas que caminan de la mano del mito.
El arqueólogo reúne restos de objetos cotidianos, esqueletos, armas, telas, y analiza el tipo de desgaste que han sufrido. El historiador, cuando puede, reúne escritos que hayan sobrevivido de la misma época, o pinturas, esculturas o joyas, y juntos -el historiador y el arqueólogo- componen una historia: Si estos antepasados se desgastaron así es porque comieron de esta manera; y si comían así es porque su economía sería esta, y su economía era esta porque creían en tales y tales cosas.
El cuento que componemos los que estudiamos el pasado es nuestra manera de habitar lo desconocido. Porque, al final, muchos cuentos son una proyección de la sombra del narrador. A menudo nos contamos nuestros miedos y nuestras esperanzas.
Uno de los mitos históricos que nos gusta contar, y escuchar, es el de la evolución de la cultura a lo largo de los siglos como si fuera análoga a la maduración de un ser humano. Desde los tanteos y balbuceos de la prehistoria, seguida de una infancia animista y supersticiosa, pasando por la temible adolescencia, feudal y fanática, hasta llegar a la juventud tecno-materialista.
Un mito creado, según algunos, a lo largo del siglo XIX, en Europa, para justificar el colonialismo. Pero esta última interpretación no deja de ser, a fin de cuentas, otro mito. Un cuento más.
Un cuento bonito, y relacionado con esta visión de la cultura como una evolución personal, es el de los hombres prehistóricos caminando encorvados, sin asear, vestidos con pellejos mal atados y gruñéndose unos a otros con agresividad. Esto se interpreta así porque estos ancestros nos han dejado pocos objetos materiales y se interpreta que la humanidad madura; desde una semi bestialidad simiesca a la postura erguida del dentista. Pero, también puede ser, que las vestimentas que se han desintegrado con el paso de los milenios fueran elegantes y bellos tejidos de tonos blancos y cenefas doradas. Y puede ser que estos ancestros, antes de acurrucarse acostados en cuevas, vivieran en bellas construcciones de madera tallada – hoy desaparecidas. En el Mahabharata, por ejemplo, se cuenta que cuando los nobles deseaban reunirse permitían primero que los astrólogos eligieran el lugar y, en el momento apropiado, se construía con ayuda de los arquitectos, carpinteros y escultores, una amplia y ornamentada cabaña de madera en la que cabían decenas de personas. Cabañas que incluían en su interior, como ornamentación, incluso pequeños y delicados jardines con estanques, poblados de peces.
Cuando terminaba la reunión, que podía durar semanas, el séquito de músicos, bailarines y luchadores de exhibición se retiraban y se desmantelaba la cabaña sin dejar ningún residuo.
¿Y si nuestros antepasados prehistóricos caminaban erguidos, aseados y peinados, y hablaban sobre Dharma, el orden y sentido del universo, entre ellos, pero gruñían más bien poco?
Yudisthira, el mayor entre los Pandava, rey del orden (Dharmarāja), es un gran gobernador, rey de reyes, quien recibe en su sabhā (cabaña de reunión) a Narada, un misterioso y respetado místico, quien abre frente al rey su percepción sutil y permite que Pandu, el difunto padre del rey Yudisthira, hable por su boca desde las tierras del humo, donde viven los ancestros que ya han abandonado la tierra:
-Hijo, estás preparado para organizar el sacrificio de los reyes (rājasūya). Puedes conquistar la tierra; tus hermanos te apoyan. Realiza el gran sacrificio de los reyes y alcanzarás le Sabhā de Indra (el lugar de reunión de Indra), el rey de los dioses. Su sala de reuniones es luminosa como el sol. Tiene mil millas de ancho y diez mil quinientas millas de longitud. Tiene cincuenta millas de altura y puede volar como una nube. Tiene muchas habitaciones y asientos; es preciosa y está adornada con árboles celestiales. En el centro podrás ver al rey de los dioses Indra junto a su esposa Indrani, quien a la vez es Shri y Lakshmi; lleva corona y aros rojos en los brazos. Es adorado por los magos (sidhas) y brillantes espíritus de las tormentas (maruts). Todos los dioses le rinden allí respeto; las aguas divinas y las yerbas, la fe misma, la sabiduría, las nubes cargadas de lluvia, los vientos, el trueno, las estrellas y los planetas , los himnos sagrados se reúnen también a su alrededor. Las ninfas y los músicos celestiales bailan y cantan, entretienen a Indra con himnos y rituales. Los grandes reyes del pasado se reúnen allí con carros flamantes de distintos tipos, adornados con guirnaldas, igual que los místicos de los orígenes, quienes visitan la sabhā del rey de los dioses en carros como la luna.
Más allá de esta sabhā estaría solo la sabhā de Brahmā, el creador, el abuelo y pastor de la luz. Esta ya es mucho más difícil de describir porque cambia continuamente de forma. No se pueden conocer sus dimensiones. No es ni fría ni calurosa. En el momento en el que uno entra en ella desaparece todo hambre y fatiga. No la sostienen pilares, no se descompone y brilla más que la luna, el sol o la cresta del fuego. Allí se sienta el abuelo de los mundos quién, con el poder de las apariencias, él solo, crea continuamente a todos los seres.
Con el se reúnen todos los místicos, la energía, el cielo, el conocimiento, la mente, el viento, el agua, la tierra, el sonido, el tacto, la forma, el sabor y el olfato, la raíz de la creación en el mundo, la luna con las constelaciones, el sol y sus rayos, las estaciones, la resolución y el aliento. Muchos más, demasiado numerosos para nombrar, se reúnen allí con él, que se auto-crea – el orden, el deseo, la dicha el odio, el ascetismo y el auto-control. Los mantra, los textos sagrados, todos los ancestros, la copa de la inmortalidad, por no hablar de todos los dioses y todas las lenguas. La perseverancia, el estudio, la sabiduría y la inteligencia, la fama, el perdón, los himnos de alabanza, sus comentarios y las contra argumentaciones en forma corpórea. Los minutos, segundos y horas están allí con él; el día, las noches, los crepúsculos, meses, estaciones, años y eones; toda la rueda del tiempo, que es eterna e indestructible. Los demonios, los duendes, los titanes, las aves, las serpientes y los animales. Todos adoran al gran abuelo; Dios mismo lo adora allí en su sabhā, que está llena de valakilyas, místicos luminosos y minúsculos como brasas que flotan en el aire. Están los nacidos de útero y los que no lo son. Todos bajan sus cabezas ante el ilustre e inmensamente inteligente Brahmā, el abuelo de los mundos, que se crea a sí mismo y es inmensamente radiante y bondadoso hacia todos los seres, el alma del universo.
Oh hijo, tú puedes alcanzar estos mundos con tu sacrificio, además de conquistar toda la tierra, pero se dice que esta ceremonia esta plagada de obstáculos. Místicos melifluos (brahma rakshasas), destructores de sacrificios, están al acecho de brechas en el ritual. Una guerra lo puede seguir, llevando a una gran destrucción. ¡Oh señor de los reyes! Reflexiona sobre esto y haz lo que sea bueno para ti.

Fuentes:
Mahābhārata, sabhā parva, 7-11
Dardo Scavino, Las fuentes de la juventud, Genealogía de una devoción moderna, 2015

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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