La infinita compasión de Krishna

Recuerdo que cuando yo tenía siete años vi un anuncio en la televisión que me emocionó, porque avanzaba el estreno de una nueva serie de dibujos animados que parecía la bomba. Se llamaba “los osos amorosos”, y, según decía el anuncio, la serie iba a girar en torno a unos osos mágicos que vivían en las nubes y solucionaban problemas en el mundo. Cada oso tenía un color diferente y un don único, dibujado en su panza. Los osos emanaban rayos de colores cuando activaban su don, lo cual me incendió de expectativas ante una fiesta de colores, amor y felicidad. Recuerdo que estuve esperando el día del estreno con impaciencia.

Cuando por fin llegó el momento nos reunimos ante la televisión mi hermana y yo. Era una tarde de invierno oscura, pero el entusiasmo iluminaba nuestras pupilas. El capítulo comenzó, y vimos a los osos amorosos sobre las nubes, cuando uno de ellos se acercó a un telescopio en forma de estrella con el que apuntó a la tierra para buscar problemas que resolver. Y yo, como niño, empecé a pensar ¡¿cómo lo harán?! ¡Hay tantos problemas! Guerras, bombardeos, niños sin hogar, niños que mueren de hambre… Problemas que los adultos no saben resolver, ¿¡Qué soluciones encontrarán los osos amorosos!? Las expectativas eran muy altas. Pero grande fue mi shock, cuando el telescopio se paró sobre una casa unifamiliar de ensueño, en un barrio limpio y ordenado con aceras cubiertas de césped. Se trataba de un suburbio soleado en Estados Unidos, donde había un niño que iba al dentista con su mamá, para que le colocaran unos correctores de ortodoncia. La crisis consistía en que el niño tenía miedo de que se rieran de su dentadura en la escuela, y los osos amorosos bajaron de los cielos para ofrecerle apoyo moral.

Yo, personalmente, me sentí traicionado en el fondo de mi alma. ¿Con todos los problemas reales que había en el mundo, aquellos seres mágicos solo podían ver las penas de un privilegiado? En mi corazón dolido comparaba el barrio de casas con jardin que salía en la serie con los bloques del barrio donde vivíamos nosotros, de los cuales muchos no tenían luz en la escalera, y para visitar a un amigo yo tenía que subir a su casa tanteando las paredes. Poco antes de aquella tarde yo había visto a un niño de mi escuela llorar en la calle mientras la policía se llevaba esposado su padre. Más allá de mi barrio había atentados, tanques que derrumbaban casas y los niños que morían de hambre en tantos países…  Lo sentí como un desprecio personal. A los osos amorosos no les importábamos los feos y sucios, pensé. Aquellos osos no eran amorosos, eran malvados. Y nunca más quise saber nada de esa serie, y les guardé rencor a sus protagonistas durante años. Cuando veía alguna pegatina o juguete de los osos amorosos lo miraba con desdén, y tristeza, e indignación.

Pero ahora, con la mirada de un adulto, pienso que aquel niño que fui yo se equivocó. El sufrimiento no tiene jerarquía. Y no lo digo para relativizar ninguna tragedia, pero creo que si no tenemos compasión con el niño que tiene miedo a que se rían de él, tampoco la tendremos verdaderamente con el resto del mundo. El sufrimiento es sufrimiento, y no es justo para nadie que decidamos que su sufrimiento vale menos que el de otro.

Y cuento esta anécdota para ilustrar los juegos sutiles de la encarnación divina llamada Krishna durante su vida, tal y como se narran en los relatos antiguos:

 Krishna fue dios nacido en el mundo, y de bebé preocupaba a su madre comiendo tierra. En una ocasión, cuando ella le retaba y le hacía abrir la boca para escupir la suciedad que estaba masticando, Krishna mostró a su madre la visión del universo entero dentro de la boca. La madre entendió entonces que estaba ante Dios, o el misterio del universo, encarnado como su bebé, y le pidió que volviera a su forma de infante.

En la entrada pasada, también, escribí sobre la muerte de Krishna, y comenté, de pasada, que antes de morir Krishna pidió que los mensajeros fueran a buscar a su amigo Arjuna. Krishna sabía que tras su muerte el reino que gobernaba se hundiría bajo el mar. Dio la orden de que las mujeres, los niños y los pocos supervivientes a la matanza de los hombres del clan, emigraran a la ciudad de Arjuna, y que fuera él mismo quien los protegiera durante el camino.

Arjuna llegó a tiempo para organizar el éxodo, pero en el trayecto unos vaqueros fueron victimas de su propia lujuria y avaricia, y decidieron asaltar la caravana para secuestrar a las mujeres. Arjuna invocó entonces a sus armas mágicas, pero descubrió que ninguna bajaba del cielo, porque Krishna había muerto, y los tiempos ya eran otros. Había empezado Kali Yuga, la era oscura (más sobre esto en la próxima entrada), y las armas mágicas (Astra) ya no bajaban del cielo.

 Arjuna usó entonces su arco, pero, por primera vez en su vida, se quedó rápidamente sin flechas. Cuando Krishna vivía la aljaba de Arjuna no tenía fondo, y podía sacar de ella cientos y miles de flechas sin quedarse nunca sin munición. Ahora Arjuna se había convertido en un guerrero humano. Se quedó sin flechas, y cuando quiso atacar a los saqueadores con la espada, descubrió que sus brazos se habían quedado sin fuerza. Arjuna fue abatido como una molestia en el camino, y desde el barro vio impotente como los asaltantes hacían lo que querían con la caravana.

Si Krishna es Dios, sabía lo que iba a pasar. ¿Y por qué hizo que su amigo Arjuna pasara por aquella tragedia? ¿Y por qué Dios permite que los bebés se pongan enfermos, y que los padres pasemos miedo? Parece cruel, e insensible pensarlo, mucho más decirlo, que los juegos (lila) de Krishna incluyen tanto al bebé que preocupa a su madre cuando come tierra, como al guerrero que manda a su amigo a la derrota. Pero no lo estoy diciendo para despreciar el sufrimiento de Arjuna, sino para enaltecer la heroicidad de su madre. Sufrimiento es sufrimiento, de cualquier tipo. No nos toca juzgar el de nadie. Nadie merece sufrir, y sin embargo el sufrimiento existe. Krishna viene a mostrarnos que no es ajeno a ello. El universo no es ajeno a ningún sufrimiento, porque para el infinito nada es pequeño ni grande, todo existe con la misma magnitud. <<El universo infinito está siempre delante de tus ojos. Infinitamente grande, e infinitamente pequeño; no hay diferencia.>> Así canta el Shin Jin Mei, el “poema de la fe en el espíritu”, del maestro Sozan. Los ositos amorosos, en cierta manera, también eran una encarnación de Krishna, y mi mirada de niño no supo ver su enseñanza. Rezo para que los ojos nunca se me cierren más a la compasión, y cuando lo hagan, que pueda ser compasivo conmigo mismo, y rectificar. Postraciones ante Krishna, y ante su incomprensible compasión sin fin.

Sobre el enfado

Esta historia comienza parte de un enfado. Esta historia comienza con la furia de un rey: con el odio del rey Shalva hacia Krishna.
Hace miles de años que todo esto pasó. Hace miles de años, Krishna caminó sobre la tierra, y su contemporáneo, el rey Shalva, vio en él a un príncipe arrogante, insolente y poco educado. A Shalva no le convencía el estado de excitación atolondrada con que tantos súbitos devotos le ofrendaban a Krishna sus bienes, su labor, su amor y su tiempo. Con sus artes de engaño, y con su capacidad de manipulación, Krishna había convencido a las masas, y a las mentes más débiles, de que era la encarnación de Dios, y por ello era meritorio de honores superlativos. Pero Shalva estaba dispuesto a terminar con aquella aberración y atacó a Krishna, y destruyó su ciudad.
Shalva recurrió a las artes mágicas del ilusionismo, consiguió confundir a Krishna con el holograma de su padre muerto (ver entrada anterior) y acabó enterrando a su enemigo bajo una montaña de rocas gigantescas.
En el momento en el que las rocas taparon a Krishna, sin embargo, se vio un fulgor fugaz como un instante. Un destello luminoso cegó la mirada de todo el país por menos de un momento. Y el corazón de Shalva fue atravesado por un haz eléctrico, grueso como una cuerda, que comenzaba en las rocas que cubrían a Krishna y terminaba en el fondo de los cielos.
Los que estuvieron presentes en aquella batalla vieron un relámpago que atravesaba el pecho de Shalva. Un relámpago que salía de las rocas, como si en lugar de caer desde el cielo lo hubiera lanzado Krishna en dirección contraria.
Entonces Shalva vio la entrada a un palacio hecho de espejos, con vasijas doradas llenas de agua colocadas en todos los rincones.
-Recuerda- dijo una voz en el corazón de Shalva -Recuerda tu nombre original. Recuerda de dónde vienes.
Y Shalva recordó.
Como si hubiera despertado de una pesadilla, Shalva recordó todas las salas en las que vivían todos sus cuerpos. Y Shalva vio dos guardianes gigantescos, que pudo nombrar como Jaya y Vijaya. Y en uno de los mundos, en el mundo iluminado por los rayos del sol, Jaya y Vijaya eran amigos de Shalva, pero se llamaban diferente. Y toda esa guerra en la que se había embarcado, contra Krishna, respondía al impulso de vengar a sus amigos, muertos en manos de Krishna. Pero aquí, en el palacio de espejos, Jaya y Vijaya eran los guardianes del lugar que se encuentra en todas partes (Vishnu). El palacio en el que vive la vitalidad que hace funcionar nuestros órganos y nos permite hablar, y respirar. El palacio que contiene la sala del trono de la vida.
-Krishna mató a mi amigo Shishupala, en medio de una reunión, y a mi amigo Dantavakra, en la batalla por vengar a Shishupala. Pero ahora veo que ellos son, más allá del tiempo, Jaya y Vijaya, los guardianes del palacio divino. Juntos sufrieron una maldición que los llevó a nacer en el mundo. Nacieron en el plano de las formas iluminadas por los rayos del sol, y allí se confundieron. Olvidaron lo que son. Y yo olvidé junto a ellos.
Durante toda mi vida en este plano me he esforzado por comprender el mundo, pero si yo mismo formo parte del mundo ¿cómo puede mi intelecto entender aquello que es? Si con el acto de comprender me transformo y el mundo junto a mi. Es como querer medir el viento con los dedos.
-Porque tú y yo estamos unidos- escuchó de nuevo el corazón. -Este palacio está en todas partes y sus formas son todos los matices de lo que existe.
Soy la voz de la semilla que germina en todos los seres. Báñate en mis aguas y levanta tu mirada al cielo, soy cada una de las estrellas que te cubren.
En el mundo de las formas me rechazabas, pero yo era el néctar que te permeaba cuando dormías.
Si me rechazas en los otros, estoy también en ti; y si te rechazas a ti mismo soy el mismo rechazo, así como soy la memoria que me recuerda.
Este palacio de los espejos no se puede rechazar. Jaya y Vijaya son sus guardianes, y tú has sido su amigo. Entre estas salas y balcones pasa la brisa de la confianza, la seguridad de la existencia de la vida y la verdad.
Recuerda que en el debate yo soy la escucha. Reconóceme allí donde se encuentra el misterio del silencio y comprende quién eres. Recuerda qué somos y dónde estamos.
En el mundo de las formas el cuerpo sin vida de Shalva cayó de las alturas. Tras él, la ciudadela voladora en la que viajaba este enemigo de Krishna se quebró por la mitad y se desmoronó hacia el mar. Las torres cayeron desde los flancos de la construcción y los soldados que en ella volaban descendieron del cielo junto a las ruinas de esta enorme maquinaria flotante. El peso de las piezas levantó olas gigantes cuando cada una atravesaba la superficie del mar. Después, las aguas se calmaron.
El sol, siguió brillando. Más allá del sol, brillaba la estrella polar, rodeada de los siete vientos primordiales. Allende estas alturas se daban la mano la energía femenina y masculina del universo, en equilibrio. Más allá de esto, estaba el origen de la consciencia y en el origen de la consciencia la semilla del fuego y el sonido original. Más allá de esto la luz es tan flamante que no se puede describir lo que allí pasa. Y aún existe la posibilidad de llegar más lejos. Todas estas son salas del palacio de Vishnu, que lo atraviesa todo.
Y todas estas palabras se derrumbarán con el tiempo, igual que la ciudadela voladora de Shalva. Igual que el odio es lo primero que se desmoronará, como un castillo de arena, en nuestro corazón, cuando muramos. Solo la realidad quedará; profunda y transparente como el océano.

Esta entrada es una combinación del desenlace de la batalla de Krishna contra su enemigo Shalva en Kairata Parva, del Mahabharata, con comentarios de la Bhagavad Gita de Dyañeshvara, más una reflexión sobre las casillas 16, 21 y 27 del juego de Lila.
Estoy buscando maneras de transformar un comentario sobre un fragmento del Mahabharata en un texto que se lea en forma de relato. Es difícil encontrar el equilibrio entre el dinamismo de la acción y la reflexión, así como entre el comentario de los elementos simbólicos sin que el texto se deje de ser el relato de una aventura.

En este cuarto año de Respirar el Mahabharata estoy basando el desarrollo del espectáculo correspondiente en el tablero del juego de Lila, que comparto en el apartado Flechas y Serpientes de este mismo blog. En cada entrada contrasto un fragmento del Mahabharata con tres casillas del tablero y después de 15 días de reflexión sobre ello comparto el escrito resultante. Así, hasta cubrir todo el tablero antes de llegar al 12 de Diciembre de 2019, cuando se estrene el cuarto capitulo de esta performance, en la sala del colectivo CRA’P. Este escrito está influenciado por una reflexión sobre las casillas 16, 21 y 27

Sobre la envidia

Puedo agradecer a la vida que no me falte nada. Vivo en un apartamento que es luminoso como un palacio y cálido en invierno. Estoy enamorado de mi esposa y me siento comprendido y apoyado. Cada mañana los seres invisibles vuelcan bendiciones sobre mi cuerpo. Disfruto haciendo mi trabajo y pasan por mis manos los ingresos necesarios para poder vivir con dignidad.
Soy como el rey de mi mundo. He encontrado mi pasión en la vida y mi corona, aunque invisible, brilla como el oro al mediodía.
Sin embargo sobre mi vida flota una gran nube negra, que en ocasiones tapa la luz del sol. Se trata de mi rival. El látigo que muerde mi espalda.
Si algo me falta, es el éxito que tiene mi rival. Pierdo la noción de mí, cada vez que veo como le rinde tributo el mundo. He visto gentes de otros países regalarle obsequios preciosos como si fueran pieles de antílope y de gatos salvajes, hilados con filamentos dorados. Regalos caros como trescientos caballos grises y de todo tipo de color. Caros como cientos de camellos hembra alimentados con dátiles y nueves.
Sabios, académicos, sacerdotes e incluso líderes espirituales le ofrecen respetos. Pero mi rival no acepta sus halagos y regalos, a menos de que vengan en palabras acertadas como si fueran recipientes dorados para sus obsequios intangibles.
Veo como mi rival recibe favores de miles de personas que le ofrecen su tiempo. Recibe riquezas y joyas, mulas, miel y frutas. También espadas con empuñadura de marfil.
Le he visto también rechazar regalos y favores de gente venida de todas las direcciones. Gentes con trajes y con turbantes, a quienes he visto traer regalos de oro y plata. Los simples y los refinados, todos lo admiran. No puedo ni imaginar la multitud que espera en la cola para que él los atienda. He visto gente regalarle trajes y vestimentas de seda, lino y telas caras con estampados y colores.
Mi rival, en añadido, ignorando mi sufrimiento, me trata como un hermano. En una ocasión me enseñó pepitas de oro recogidas por hormigas adiestradas, que le habían sido llevadas desde regiones cubiertas por la sombra de las cañas de bambú. Me enseñó un abanico hecho con pelos de Yak, blancos como los rayos de la luna, que le habían regalado cazadores fornidos que vivían en el Himalaya. En su casa siempre tiene plantas que le han llegado de lugares inalcanzables. Usa perfumes naturales, hechos de flores difíciles de encontrar, que le traen visitantes de tierras lejanas; unos por amistad y otros por interés, porque buscan su aprobación. Incluso las musas y los seres de otros planos le regalan la inspiración para hacer siempre lo correcto. Parece que los mismos dioses le hayan regalado sus armas construías con el relámpago. El planeta entero aclama su nombre mientras yo, en la comodidad de mi palacio, ardo día y noche y me siento como un estanco seco en verano. Me quema el brillo de la prosperidad de mi rival y hay días en los que pienso incluso en la muerte.
Me siento desolado, porque sé que soy yo quien se merece estas riquezas y no mi rival. Hasta que no consiga su opulencia dudaré de mí mismo. Solo puede ser próspero quien esté determinado a crecer en riquezas igual que su cuerpo ha crecido de la infancia a la edad adulta.
Nadie es por naturaleza enemigo de nadie pero aquel cuyas metas son las mismas que las de uno es un enemigo, y en esta competición sé que todo vale, y un arma puede ser tanto visible como invisible.
Algunos, como, por ejemplo, mi padre, me ven preocupado y me dicen que los auténticos signos de riqueza son las despreocupación por la prosperidad de otros y perseverancia constante en las tareas propias y la protección de lo que uno ha obtenido. Pero su guía es válida como la de un barco atado a otro barco flotando en el mar: Inútil.
¿Cómo puedo dañar a un rival tan poderoso?¿Cómo arrebatarle el éxito? Con estas preguntas me duermo cada noche.
Sueño que mi rival me invita a su casa. Veo que la ha pavimentado con un suelo de cristal precioso pero cuando lo piso mi pié se hunde en él, y descubro que el suelo de cristal no es tal sino un estanco que mi rival ha instalado en su mansión. Con los pantalones mojados- quiero salir de la habitación y mi cara choca con una puerta de cristal que no había podido discernir.
Escucho risas.
Yo, yo que he hecho tanto. Yo que soy tanto. Yo que importo tanto, que he visto, hecho y dicho tantas cosas. Yo que sé tanto, y comprendo tan bien el mundo. Yo que mi proyecto vital y aportación al mundo es tan importante ¿me merezco estar viviendo esto?
En mi sueño, yo soy el universo. Yo veo la vibración dividiéndose en partículas de potencias equilibradas y cada protón, electrón y neutrón gira en la palma de mi mano. Porque todas las manos son mías. Yo hago todas las cosas. Yo aglutino los planetas y yo los hago girar en mi estómago. Yo hago que brille la luz del fuego e iluminen las estrellas. Yo lo hago todo ¿y mi rival? Mi rival es el éxito, es el odio, la furia, la avaricia. Mi rival es la separación; la locura. En el mundo de las formas nos encontramos.

Esta entrada está basada en la descripción de los celos y la avaricia de Duryodana, descritos en los diez primeros capítulos del fragamento llamado Dyuta Parva del Mahabharata.
En este cuarto año de Respirar el Mahabharata me estoy basando en el tablero del juego de Lila, que comparto en el apartado Flechas y Serpientes de este mismo blog. En cada entrada me baso en un fragmento del Mahabharata y tres casillas del tablero, hasta cubrir todo el tablero antes de llegar al 12 de Diciembre de 2019, cuando se estrene el cuarto capitulo de esta performance, en la sala del colectivo CRA’P. Este escrito está influenciado por una reflexión sobre las casillas 55, 3 y 2.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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