El mapa para atravesar la confusión

Se ha dicho, y se sigue diciendo, que hay un Ser, único, que es real y siempre existe; un estar, inconcebible, de una voluntad que por su mero querer materializa todos los mundos: los universos subatómicos que esconde la materia, las grandes corrientes de energía en movimiento, los planetas, ecosistemas, galaxias e incluso el abismo infinito que todo lo puede absorber: el caos. Los humanos somos los testigos de este Ser. Su creación más preciada.

El aroma de la tierra en la noche, el sonido del viento y los grillos, la luz de las estrellas y el efecto de la luna sobre el mar. El conocimiento de las plantas, el calor del sol y la frescura que ofrece la sombra. Todos estos elementos son la casa de la humanidad. Los bosques y los animales que los pueblan, las extensas llanuras, las montañas, los lagos, los mares insondables y el misterioso fuego, son nuestros referentes. Los humanos somos la mirada que tiembla ante el mundo. Somos los héroes, los elegidos; la raza que transita el horror de pensar en la muerte. Somos los compañeros de los dioses. De las plantas. De los elementos que componen la vida.

Los humanos percibimos todas las frecuencias del universo y podemos interpretarlas en acciones. Las manos, y la voz, de los humanos, interactúan con el tiempo y la materia, tejiendo el destino. La voluntad, mediante la inteligencia humana, configura y transforma nuestro entorno. Somos la raza que transforma el planeta. Allí donde hay humanos hay fuegos encendidos. Las urbes humanas compiten con las estrellas y desde las alturas refulgen sobre la piel de la tierra como incendios controlados.

Somos un propósito, en forma de animal. Un animal social, intelectual, creativo, artístico, tecnológico. No sabemos dónde están nuestros límites, si es que los tenemos. Hemos modificado el planeta y estamos modificando nuestra raza; nuestra animalidad. Hemos descubierto cómo liberar la energía escondida en los átomos, a modificar nuestras condiciones fisiológicas innatas. ¿Hasta dónde podemos llegar? No lo sabemos. ¿Qué buscamos? Tampoco. Es la vida la que nos mueve. El crecimiento.

Nos maravillamos creyendo en un destino incomprensible, en un puerto de llegada, que queda allende las estrellas, más allá del conflicto y del tiempo. Mientras tanto, mientras no alcancemos ese puerto huidizo, nos zarandean las pulsiones de los cuerpos que habitamos: Dolor y vergüenza en la infancia, angustia y perplejidad en la juventud, melancolía en la edad adulta y miedo en la vejez. Olas de emociones que transforman de un día para otro, sino de un hora para la otra, nuestra manera de ver el mundo. Una y otra vez.

¿Y cómo puede, un humano, preguntar qué es el ser humano? ¿Quién le responderá y en qué lenguaje? ¿En el de las plantas? ¿En el lenguaje de los ciclos cósmicos? El piar de los pájaros al amanecer y el mugir de las vacas en una noche oscura, ¿serán respuestas a la pregunta de qué es el humano? ¿Lo serán los truenos?

Para entendernos, nos miramos en el espejo y el espejo nos devuelve un signo de interrogación: la imagen de una cara que pregunta. Piel, cejas, frente, arrugas, mejillas suaves o peludas y pupilas negras. Una nariz, un mentón, y un fondo. Tras la cara. Un paisaje, interior o exterior – no importa. Un baño, con ventana o no. Signos de un entorno que acoge esa cara que mira.

Todo esto confunde al humano.

Así se lo contó la pitón gigante a Yudisthira; así se lo contó la pitón gigante al hijo del orden universal:

-Yo me confundí a causa de mi prosperidad. Estaba intoxicado. En tiempos pasados solía vagar por los cielos a bordo de mi carro celestial. Intoxicado con mi vanidad, no pensaba en otra cosa. Las grandes consciencias iluminadas (brahmanes y rishis), los espectros nocturnos (rakshasa), los guardianes astrales (gandharva), dioses (deva), serpientes invisibles (naga), músicos celstiales (kinnara) y todos los residentes de los tres mundos me rendían tributo. El poder de mi mirada era tal que al ser que yo mirara podía robarle la energía. Miles de sabios con la consciencia realizada cargaban mi palanquín. ¡Oh rey! Un día, cuando el rishi Agastya me estaba llevando, pateé su cabeza por orgullo e impaciencia. Enfurecido, el destino pronunció estas palabras: <Que sea tu orgullo destruido, y te conviertas en una serpiente sin extremidades>. Ese día caí desde mi supremo carro celeste (vimana). Perdí todos mis ornamentos. Y mientras caía, cara abajo, vi que ya me había convertido en una serpiente depredadora. Entonces supliqué a Agastya: -¡Por favor libérame de esta maldición! ¡Por favor, perdona mi falta!.

Entonces Agastya se llenó de compasión y me dijo: -Oh señor de los humanos! El rey del orden cósmico (dharmaraja), Yudisthira, te liberará de esta maldición cuando los frutos de tu insolencia y brutalidad se hayan descompuesto.

Ver el poder de su energía despertó una gran maravilla en mí. Oh rey, por esto he querido hablar contigo. La sinceridad, la autoconsciencia, la entrega a un bien mayor, rehuir la violencia y elegir siempre la bondad es lo que nos hace más humanos, no el nacimiento ni el linaje.

Así habló la pitón Nahusha, según la historia. Así lo cuenta el Mahabharata. El Mahabharata, la narración del sendero hacia la divinidad, dicen algunos. Las historias de los dioses; la historia del universo y sus elementos; el mapa para atravesar la confusión; el relato de la voluntad humana; la historia más larga, más colorida y más espeluznante jamás contada. El orden que ilumina el caos y el caos que nos libera del orden.

 

¿Pero quién es esta pitón gigante llamada Nahusha y quién es el rishi Agastya? ¡No te pierdas las próximas entradas para conocer su increíble historia! ¡Se te van a poner los pelos de punta!

 

Poco a poco nos estamos acercando al cierre de este cuarto año de Respirar el Mahabharata. La investigación de este año está siendo enfocada en el rol del azar, o caos, en el mundo. La razón de ello es que la historia que marca la narración de este cuarto capítulo de Respirar el Mahabharata es el juego de dados fatal en el que Yudisthira pierde su reino.

El evento que estoy preparando para este cuarto capítulo de Respirar el Mahabharata es un taller del juego de Lilah. Cuando sea el momento explicaré mejor la relación entre el juego, el Mahabharata y el azar. De momento, confío en que el lector interesado pueda sacar sus propias conclusiones, o disfrutar simplemente de cada historia de este blog por sí misma.

El taller de Respirar el Mahabharata 4 se estrenará el próximo 12 de diciembre en la sala del colectivo CRA’P.

Sobre el propósito humano

Bailar el Mahabharata. Cuando bailas una música en vivo es como si no supieras cuál será el siguiente sonido, o si el ritmo cambiará o no, pero bailas lo que suene. Bailas la sorpresa y bailas la continuidad.

La realidad, nos sorprenda más o menos, siempre es la misma. Estamos en ella; somos realidad. Bailamos realidad.

Como una canción nueva, la realidad nos sorprende con matices que ya conocíamos. Como cartas de una baraja, siempre las mismas pero en sucesión sorprendente.

¿Y qué es lo que nos sorprende? Lo inesperado. ¿Pero qué puede ser inesperado si todo es, y será, siempre, ad aeternum, la misma realidad? La sorpresa, vista así, desde lo metafísico, es un juego de escondite con uno mismo. Juego a sorprenderme con las caras que la vida me muestre aunque que, detrás, está la misma vida de siempre.

Y hay una historia que habla de todo esto. Dice que el mundo va para peor. ¿Alguien lo duda? Que estamos confundidos. ¿Alguien lo duda? Y que todo está perdido, y a la vez ganado. ¿Alguien lo duda? Esta historia nos dice que los seres humanos venimos de la luz, y que la luz nace de la consciencia universal.

Seres vivos que vivieron en otros planetas, planos, mundos, lugares, que los nuestros, dejaron al sol con nosotros para que nos cuidara. Y el sol tuvo dos hijos: el/la padre/madre de la humanidad (Manu) y su hermano/hermana que vive en todos los mundos y los limita, usando al tiempo como herramienta. Este es Yama -o Yami, en femenino- quien pone y mueve los umbrales de lo posible y lo concebible, en cada momento y cada lugar. El/ella baraja las formas. Con estas formas nacemos y desaparecemos. En Manu, nuestro ser común, que es hijo/a del sol; descendiente de la luz, que emana de la conciencia universal; la que expande la realidad.

Esto, cuenta la historia, es lo que hay. La música que bailamos.

El rey de la baraja, Yamaraj (raja es rey en sánscrito), el que mueve los límites, tuvo un hijo humano. Así lo cuenta también la bíblia: “los hijos de los de arriba tuvieron hijos con las hijas de Adán” (Génesis 6:4). Este hijo se llamó Yudisthira. Tenía la visión de su padre y sabía por ello que todo estaba perdido. Y ganado. Por eso accedió Yudisthira a participar en una partida de dados amañada. Una partida en la que perdería todo su reino. Y con ello se perdería también la paz en la tierra; y la memoria de aquellos tiempos; y las criaturas que entonces vivían. Pero a la vez se ganaría todo.

¿Qué es lo que se ganaría? Esto. Esto que tenemos. Esto que nos queda, que es la realidad.

¿Y qué es la realidad? La realidad es lo que existe. Lo que hay. Aviones, tierra, miedo, periódicos, teorías, contrateorías, amor, contratos, sexo, enfermedad, dinero, colores, sonidos, palabras, alegría. De todo esto, hay. Todas estas palabras existen. La ignorancia, también, existe. El futuro, por ejemplo, es algo de lo que ignoramos los detalles, pero existe. Y también existe la sorpresa. Algo que ya existe nos puede sorprender gracias a la ignorancia.

Hay un momento en el Mahabharata en el que un rakshasa -un ser que toma la forma que quiere y vive establecido de manera permanente en la furia- toma la forma de un bramán mendicante, de un sabio sin posesiones ni hogar, y se acerca a los protagonistas de la historia. Se acerca a los hermanos de Yudisthira, el hijo de Yama, el rey de la baraja.

El rakshasa, en la forma de un bramán, pasa unos días con Yudisthira, sus hermanos y su esposa, charlando sobre filosofía y compartiendo las ceremonias diarias. Pero cuando ve el momento adecuado el rakshasa escapa con las armas de los protagonistas.

En ese momento Yudisthira atrapa al espíritu y lo inmoviliza con su peso.

-Aves, animales, rakshasas, gandharvas y yakshas (diferentes seres invisibles, para los que nuestro vocabulario no tiene palabras, a menos que recurramos a alguna jerga ocultista, donde encontraremos equivalentes como elementales, entidades astrales parásitas o guardianas, etc.), todos reciben su sustancia de los humanos y así lo haces tú. Si nuestro mundo sufre, también sufren los mundos de los dioses y los ancestros. Ellos prosperan con la devoción y las ofrendas rituales. Nosotros somos los guardianes de todos los reinos. Oh tú, que vives de los humanos. Habíamos visto como mirabas nuestras armas, pero como habías tomado la forma de un bramán y no nos habías ofendido ni en palabra ni en actos no teníamos razón para actuar contra ti, aunque desconfiáramos.

Y este comentario de Yudisthira está en la línea de lo que el hijo de Yama responde siempre cuando se le pregunta por qué accedió a apostar todo su reino a los dados y por qué no se venga de los que organizaron esa partida, que estaba amañada: porque todo está perdido, y a la vez ganado. Porque la era que viven Yudisthira y su familia está por terminar. Y todo cambiará de forma, y los ríos serán distintos y nadie puede saber cómo serán los dioses y el resto de seres que viven de los humanos. Quedará la humanidad, en la tierra. Hasta el fin, que será un principio.

Y esta humanidad, de la que viven todos los seres ¿Qué es? Yo no lo sé. Pero lo sabemos todos. Las historias sagradas (Mahabharata, Purana) hablan de samkalpa. Y samkalpa, en sánscrito, es la unión de sam y kalpa, siendo kalpa una palabra que une significados relacionados con repetición cíclica y ritual. Kalpa puede ser un eón, estaciones del año, festividades y ceremonias que se repiten en fechas concretas. Sam, por otra parte, es un prefijo que significa juntar y unir. Samkalpa se usa también, como compuesto, para referirse a un propósito. Una directiva de acción, que marcará cierto patrón en el actuar de una persona.

Si esto es la humanidad, como dicen las historias sagradas, somos un propósito del cosmos, que reúne ceremonialmente cuerpos, costumbres y sociedades, que sostienen a los dioses, los ancestros y todos los seres invisibles. Dentro de la danza cósmica, un propósito, nos mueve a ser humanos. Esto es lo que tenemos. Este propósito mueve la baraja de posibilidades; siempre las mismas pero en sucesión sorprendente.

 

 

El proceso de este cuarto año del propósito de narrar el mahabharata durante 12 años está centrado en la indagación en el sentido del azar. Para hacerlo me baso, además del contenido del Mahabharata, en el fantástico juego de Lilah y sus significados. Esta entrada está influenciada por el sentido de las casillas 4, 42 y 63. El próximo 12 de Diciembre se estrenará el cuarto capitulo de esta performance de 12 años, que tendrá la forma de una partida grupal al juego de lilah, en forma de taller y narración oral. El estreno será en la sala del colectivo CRA’P, que está apoyando este proyecto con una residencia artística.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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