Fantasía y búsqueda de verdad

Claude Lecouteux es un historiador medievalista que en su estudio sobre “el doble” en la tradición germánica (que cito al final del escrito) presenta de manera sobria y plausible la teoría de que la antigua tradición europea concebía al humano como un ser “triple” -por decirlo de alguna manera-, compuesto de:

1) Una dimensión sutil/espiritual, conectada con el fin último de su destino.

2) Una dimensión “mediana”, que habita el plano de los sueños.

3) Un cuerpo físico, impregnado de un aliento vital.

El estudio de Lecouteux propone la hipótesis de que el proceso de cristianización de Europa impuso en el continente la visión de un alma única para cada individuo pero en fuentes literarias seculares medievales se pueden reconocer trazos de la antigua visión pre-cristiana. El estudio es exhaustivo y la exposición del material muy ordenada. Por la extensión de este escrito es inevitable simplificar, pero para expresar la conclusión a la que quiero llegar es suficiente decir que la creencia en el cuerpo “medio”, el que viaja por los planos que transitan también los sueños, quedaría representada en los relatos de “vuelos mágicos” brujeriles, en los que el participante en el aquelarre quedaba dormido, o en trance epiléptico, y era su otro yo sutil el que volaba hacia la planicie secreta en la que se reunía con el resto de participantes.

El cuerpo sutil, o espiritual, quedaría representado por la figura del hada. El patrón que en la literatura medieval europea se repite para narrar nuestra relación con el cuerpo sutil es el del relato del rey que se adentra a solas en el bosque, persiguiendo un animal, hasta llegar a un río, manantial o lago. El animal perseguido desaparece y en su lugar aparece una doncella misteriosa.

El encuentro con la doncella cerca del agua es siempre enigmático y lleva a una comprensión mayor de la misión vital del rey, o un compromiso mayor con ella, o la revelación de una misión de vida más importante. En algunos casos incluso se llega a una unión amorosa y descendencia, que queda al otro lado del agua y no vuelve con el rey al mundo físico. Este tipo de descendencia “de otros mundos” lo relaciona el autor con prácticas chamánicas siberianas en las que los chamanes reconocen sus espíritus acompañantes del mundo invisible y mantienen relaciones sexuales con ellos, que llevan al nacimiento de hijos espirituales que ayudan al chamán en sus trabajos, desde el plano invisible.

En este tipo de tradición Lecouteux reconoce un posible fondo común Indo-Europeo y la posibilidad de reconocer esta visión triple en un ámbito cultural mucho más amplio que el de su campo de estudio, que es la cultura escandinava y germánica pre-cristiana. Y efectivamente, llama la atención que los relatos tradicionales de la India podemos reconocer la misma estructura:

En el Mahabharata, por ejemplo, tenemos el caso de Bhima -uno de sus héroes principales-, quien tiene una historia de amor con una rakshasa, un ser que vuela por los aires, sus poderes mágicos son más poderosos de noche y puede tomar la forma que quiere.

Bhima y su familia llegan a un acuerdo: de día vivirá con ellos, y con su esposa humana, pero de noche se lo llevará su amante rakshasa  volando, a vivir su amor supra-terrenal. Bhima y su amada tienen incluso un hijo, al estilo de los mencionados chamanes siberianos, que vive en el mundo de su madre pero aparecerá en la batalla final del Mahabharata para salvarle la vida a su padre humano, con sus poderes mágicos.

Tanto en el Mahabharata como en el resto de la tradición India, es muy común la estructura narrativa de un rey que persigue un ciervo, o gacela, en el bosque hasta quedar solo y perdido, antes de encontrarse, de repente, con una apsara (una ninfa acuática, que baja del mundo de los dioses). De hecho una de las enseñanzas más importantes del Mahabharata es transmitida de esta manera, en el famoso encuentro entre la apsara Shakuntala y el rey Dushyanta.

En el Ramayana, relato central en la tradición India, equiparable al Mahabharata en importancia, es la princesa Sita la que se deja seducir por un ciervo dorado que la lleva hacia las garras de un rakshasa, en este caso enemigo, que la secuestra en una isla dorada, a la que accede volando.

En este caso el principe Rama, esposo de Sita, asaltará la isla dorada con la ayuda de un ejército de monos y osos. Y aquí vuelvo al citado estudio de Lacouteux para mencionar que según numerosas tradiciones chamánicas el acceso a los planos “medios”, u oníricos, en los que se mueven los seres sutiles como podrían ser los rakshasa, se hace mediante el cuerpo medio, que se desplaza mediante un doble animal. Un gato, o una lechuza, que se acerca a la cama de un familiar podría estar movido por el cuerpo medio de algún brujo, según la superstición europea, y los escandinavos medievales reconocían en lobos y osos hostiles la acción del cuerpo medio de un enemigo humano. ¿Podríamos pensar que Rama asalta la dimensión de los rakshasa invocando dobles animales, o animales de poder?

Hay muchas maneras de leer una narración simbólica y lo que en este escrito quiero proponer son dos cosas:

La primera tiene que ver de nuevo con un punto del estudio de Lecouteux sobre el doble que me ha llamado especialmente la atención: Leyendo de los decretos de los juicios por brujería que se hacían a aquellos que supuestamente utilizan su cuerpo medio para hacer trabajo mágicos se reconoce un cambio de actitud crucial, entre fines del siglo XIV y a lo largo del siglo XV.

Durante el medioevo la acusación a los viajeros expertos en el plano medio era la de brujería. Los que usaban su doble animal para transitar planos sutiles se consideraban servidores del diablo, sin embargo a lo largo del siglo XV el amanecer de una nueva era trae un matiz nuevo a la acusación. Los expertos, chamanes o brujos, que usaban su cuerpo medio para resolver problemas de quienes los contrataban, se vuelven ahora mentirosos. Los tribunales de la inquisición declaran que los supuestos brujos se quedan dormidos, o en estado epiléptico, cuando dicen que vuelan, y el supuesto viaje por un mundo medio es una fantasía, inducida también por el diablo e igual de penalizable, pero un viaje in spiritu y no vere et corporalites. Con el advenimiento de la modernidad, los cuerpos sutiles de los humanos se tornan falsos, y progresivamente inexistentes. Aquí es donde hemos llegado: todas estas historias hablan de cosas fantásticas para nosotros, y lo fantástico equivale a falso. Y lo falso es inexistente.

Consideramos falsas estas creencias porque no tienen una correspondencia clara con un objeto material, pero hay muchas más cosas que no son materiales y aun así sí creemos en ellas. Por ejemplo la idea de nación, cuando una nación es también algo intangible que se vuelve real meramente cuando se proyecta en un acuerdo político, en un plan de acción común.

Con la acusación de falsedad, se cierra la puerta al mundo medio, al de las exploraciones con el cuerpo medio. Y con él, se cierra la puerta también al cuerpo espiritual; al contacto con el hada que representa nuestra misión y la conexión con nuestro destino.

Existe un género narrativo contemporáneo comparable a los relatos de encuentros con el hada/apsara o cuerpo espiritual tradicional, que sufre de la misma acusación de falsedad pero con un cierto beneficio de la duda que le otorga el ser contemporáneo. Hablo de los relatos de abducción extraterrestre.

En su caso, los relatos de abducciones, también, hablan de personas que se quedan a solas en alguna carretera apartada, a menudo siguiendo una luz, un sonido o una corazonada inexplicable, cuando de repente se encuentran en un mundo diferente, en el que entran en contacto con seres esbeltos, benignos o temibles, que los llevan de viaje a lugares lejanos y fantásticos. En algunos casos tiene lugar un contacto sexual, y reproducción, con el resultado de una descendencia que no vive en este mundo. La experiencia conlleva siempre un cambio de vida y una seguridad, o comprensión, de la propia misión en el mundo.

¿Qué vuelve los relatos de abducción reales o falsos? El abducido vive su experiencia solo, igual que los reyes que se encuentran con el apsara que los espera. La vivencia de uno, en su interior, en su soledad, es propia e intransferible. La vivencia se vuelve real cuando se traduce en un nuevo plan de acción.

En este punto de la historia del conocimiento humano estamos bastante de acuerdo en que todo lo que existe es energía. La materia es energía ordenada, masa energética, y los pensamientos son energía ordenada de otra manera que la materia, pero energía también. Y con esto llego al segundo punto que quiero proponer:

La vivencia interior es la percepción de una energía, que se puede interpretar y comunicar en palabras y/o acciones.

Las formas y colores de la fantasía son energía también, más maleable y volátil que la materia, pero energía. Por tanto reales también, aunque se rijan por otras leyes que las de la materia.

Las formas de la fantasía pueden secuestrar nuestra atención y alejarnos de la materia, pero a veces pueden relacionarnos también con la fuente de nuestra energía, con la razón por la que vivimos. Cuando percibimos esto, no es necesario que lo neguemos, ni es necesario que reneguemos de la forma en la que nos ha llegado esta comprensión.

Al reprimir los planos sutiles la modernidad reprime también el encuentro interior con la misión vital.

La prudencia es comprensible; es cierto que creerse literalmente cada expresión de nuestra fantasía lleva a la confusión. Pero existe también un punto medio.

El encuentro con la misión vital es energético, y una relación prudente con las formas volátiles de la energía de la fantasía es tener en cuenta que mi narración, mi interpretación de mi misión vital, mi narración de la conexión con el origen, no es la única válida. No tengo la razón. No tengo que convencer a nadie de que las apsara, los extraterrestres o el doble animal existen, pero puedo creer en ellos.

Creer nunca es un problema, el problema es querer tener razón e imponer mi creencia como la única correcta.

La fe es energía. Una energía que ha de ser libre de formas para poder circular. Pero paradójicamente el sendero hacia la fuente energética que nos alimenta pasa por el mundo sutil de la fantasía.

Escalar las formas sutiles de la fantasía sin apegarse a ellas es el arte de la narración espiritual. El arte de la misticología, o la ciencia ficción espiritual que es el Mahabharata.

 

Lecturas:

Acevedo, Juan y Berlanda, Néstor – Los extraños. Abducciones Extraterrestres en la Argentina. Empecé, Buenos Aires, 2000.

Cattedra, Olivia – Naimisa: Visión y Vida. Suárez, Mar del Plata, 2017.

Lecouteux, Claude – Hadas, brujas y hombres lobo en la Edad Media. Historia del Doble. Olañeta, Barcelona, 2005.

 

Viento y ego

Cuando escribí la entrada pasada intenté experimentar con dos ideas que me venían interesando. Para mi gusto fracasé en las dos, pero la reflexión posterior me ha ayudado para madurar un poco más este proyecto.

Intenté esconder mis opiniones sobre la historia que elegí compartir y este es el fracaso sobre el que quiero escribir en esta entrada; del segundo hablaré en la próxima.

La semana pasada hice el experimento de intentar camuflar mis interpretaciones de la historia que elegí dentro de la manera en que opté por reescribirla. En lugar de presentar el esqueleto de una historia y después comentar qué significado tienen para mí los elementos que lo componen, o compararlos con los de otras historias, tal como había hecho en otras entradas, la semana pasada probé escribir una historia y expresar el estado por el que me encontraba en la misma narración, mediante las descripciones y el tono general del relato.

Para poner un ejemplo, donde en el original pone: «Hubo una vez un rey llamado Anga, nacido en la dinastía de Dhruva, devoto de Vishnu (Viṣņu) / Era muy religioso y bueno con sus súbitos / Abandonando su papel de rey y su reino, se fue en su vejez hacia el bosque a hacer tapasya», puse yo: «Anga fue un rey que durante toda su vida sustentó el universo con su energía. Llegó un punto en su vida en el que entendió que había cumplido con los deberes hacia su rol social y Anga decidió que el calor que movía su cuerpo ya podía disolverse en la temperatura del universo.

Anga se levantó y entró caminando en el bosque; sin dirección, sin pensar qué camino tomaba, esquivando la vegetación hacia la dirección que le dictara la intuición. El rey se fue alejando de la civilización de manera irreversible y acercándose con cada paso más hacia el silencio de la noche».

Las razones que me llevaron a reescribir el texto de esta manera tienen que ver con mi interpretación de los elementos que contiene este párrafo tan comprimido. En el texto original que usé no se puede leer literalmente que Anga sustentara el universo con su energía, por ejemplo, pero sí que pertenece a la dinastía de Dhruva y es devoto de Vishnu. Dhruva es un sabio con sangre real que fue expulsado de su reino a los cinco años y decidió verter todo su dolor a la ascesis espiritual, convirtiéndose ya en su infancia en un maestro de maestros. Y Dhruva se puede ver en el cielo también, porque Dhruva terminó convirtiendose en la estrella polar. Dhruva marca la dirección a navegantes y nómadas porque el resto de estrellas giran a su alrededor. Cuando una historia habla de Dhruva, no puedo dejar de tomar en cuenta el valor simbólico de este nombre. Al mismo tiempo, la historia que compartí en la entrada pasada habla de la creación de la tierra, y Anga, el rey con el que comienza el relato, vivió de alguna manera antes de que la tierra tuviera la forma que tiene ahora, la que nosotros conocemos.

Si Anga fue un rey (con toda la carga simbólica que contiene este epíteto), y además vivió antes de que existiera la tierra, no puede ser una persona común sino algo más. Por estas razones, por sus cualidades simbólicas y su relación con la estrella polar, opté por escribir que Anga «sustentó el universo con su energía».

Encuentro mi elección al re-narrar la historia justificada, pero el experimento de la entrada pasada fracasó, a mi gusto, porque no llegó a cumplir con el objetivo general de este proyecto. En mi opinión el tesoro de las historias que el Mahabharata o los Purana  nos ofrecen es su fluidez, y el hecho de que aún si los oímos por primera vez siempre nos parecen recordar algo que ya vivimos, algún evento atemporal, que pasó hace miles de años, sigue pasando y seguirá pasando en el futuro. Para conseguir transcender las coordenadas a las que se aferra el ego (como por ejemplo: «los purana son recopilaciones de mitología oral procedente principalmente del norte de la actual India, puestos por escrito en los primeros siglos de la era común») las historias sagradas de la india están tejidas como un urdimbre de símbolos y cada frase, en cada historia, remite siempre a varias otras historias, que a su vez remiten a otras, de manera que todas las historias están conectadas con un gran y único evento, que es la existencia misma, en todos sus planos. Cuantos más relatos sagrados indios conoce uno, más se da cuenta del nivel de detalle y minuciosidad con el que todos están relacionados entre sí, y más se expone a la manera por la que unas narraciones pueden transcender el propio lenguaje que las expresa. Sin embargo si se leen sin la atención y la actitud adecuada, la mayoría de estos relatos pueden parecer demasiado crípticos y en lugar de abrir el corazón del oyente/lector a la curiosidad y la energía vital pueden provocar rechazo, o desinterés y aburrimiento. Los relatos del Mahabharata y los Purana son un tesoro que cuando se expande puede catalizar en las personas que los comparten curiosidad por lo desconocido y ganas de explorar la vida, así como la manera más correcta de vivirla, porque nos recuerdan que somos más de lo que creemos, que el mundo es más de lo que pensamos y que todo importada, cada acto y cada palabra. Esto, para mí, es el objetivo del arte en general y es por esto que sigo creyendo en este proyecto. Pero para que la semilla de estas historias crezca es necesario propiciarles las condiciones necesarias y encuentro que la manera en que quise re-escribir los elementos simbólicos de la historia de la entrada pasada fue menos efectiva que si los hubiera explicado. La razón por la que resultó menos efectiva no radica necesariamente en la decisión que tomé sino en cómo lo hice, y al explicar esto estoy también enlazando este escrito con el segundo fracaso de la entrada anterior, el cual desarrollaré mejor en la siguiente entrada dentro de quince días.

El objetivo de investigar maneras de compartir historias sagradas me ha atraído hacia la tradición de narración medicinal de las culturas llamadas nativas de los Estados Unidos y estoy especialmente influenciado este verano por el trabajo de un autor llamado Lewis Mehl-Madrona, quien está haciendo el trabajo fascinante de construir un puente entre sus estudios de medicina y psicología con la tradición Lakota y Cherokee de la que proviene por linaje. El trabajo de Lewis Mehl-Madrona está enfocado a la investigación del uso de la narración dentro del proceso de sanación de una enfermedad, física o mental, en la tradición nativa americana. Según su punto de vista para que una narración sea sanadora debe responder a las preguntas «¿Por qué está usted aquí?», «¿De dónde vino usted?» y «¿Quién es usted?».

La visión de Lewis Mehl-Madrona se refiere a una exposición oral de la historia, en la que el narrador puede preguntar directamente al oyente estas tres preguntas y enlazarlas con la historia sagrada. En el caso de una exposición por escrito de la historia, en la que quién escribe no tiene contacto directo con el lector, el escritor podría por lo menos, y como mínimo, tratar de responder estas tres preguntas sobre sí mismo al re-narrar la historia a su manera. En el caso de la entrada anterior yo no hice esto. Más bien, para interpretar la historia, registré el cajón de información que tengo sobre los símbolos que pude reconocer en el texto e hice una interpretación que si bien puede estar alimentada por el sentimiento de asombro y entusiasmo, tiene poco contacto con mi narración personal. Es una exposición que tiene poco contacto con la narración que usa mi ego para situarse frente a la historia sagrada y para interpretarla. Tiene poco contacto con una historia que cuente qué razón me llevó a elegir qué historia contar en la entrada de la semana pasada, o con la explicación de por qué me afectaba personalmente la historia de la creación de la tierra más que otras, y cómo llegué a conocerla. Darle demasiado protagonismo a mi opinión sobre sobre una historia sagrada puede resultar tedioso pero intentar eludir la historia de mi ego para contarla resulta en un distanciamiento de la transmisión y la historia narrada o escrita se vuelve distante; encontrar el equilibrio entre estos dos polos es todo un misterio.

La razón por la que me intereso ahora por un relato sobre prithvi (pŗthvī), la tierra, es porque estoy preparando la narración del primer libro del Mahabharata que tendrá lugar el próximo 12 de Diciembre en Barcelona. La narración de este primer año del proyecto del Mahabharata terminará con el nacimiento de Bhishma, pariente de los Pandava. Bhishma representa el nacimiento en forma humana de los ocho Vasu, y para mejorar la experiencia de este evento estoy buscando historias sobre cada uno de los Vasu, y uno de ellos es la tierra. Una de las fuentes que he usado es el Bŗhadāraņyaka Upanișad, un texto filosófico que contiene algunos capítulos dirigidos específicamente a explicar la relación de los Vasu con el cuerpo humano y el mundo. En la primera parte de este escrito se dice que «los tres mundos son: el órgano de la palabra (la tierra), el firmamento (la mente), y la energía vital (que es aquel mundo, el cielo)» (B.U. I,V,4), lo cual me hace pensar directamente en la relación que tengo con estas historias sagradas. Para mí el Mahabharata es una forma de meditación grupal, donde las palabras unen a los que compartimos estas historias en estructuras mentales que forman una arquitectura conceptual que permite que la fantasía y la creatividad encuentren lugares para desarrollarse y entretenerse pero canalizando toda este impulso humano hacia una mayor conexión con el mundo y con el impulso de vivir una vida útil, o de estar presente en el mundo. Son historias que alinean los tres mundos, «el de los dioses, el de los antepasados y el de los hombres. El órgano de la palabra es los dioses, la mente, los antepasados, y la energía vital, los hombres» (U.P. I,V,6). Porque las palabras forman estructuras que compartimos pero nunca entendemos del todo su alcance, la mente que las interpreta está influenciada por las costumbres heredadas del entorno cultural y familiar y lo que mueve la búsqueda de la mente entre el bosque de las palabras es la energía de los cuerpos humanos, que se alimentan del universo y le sirven a su vez de alimento.

Esta energía vital que impulsa la búsqueda constante de lo nuevo, o lo desconocido, es también uno de los nombres de Vāyu, uno de los Vasu que se encarnan en Bhishma. Vāyu se traduce por viento, pero esto no se refiere necesariamente al viento que conocemos como fenómeno meteorológico, a la ráfaga de aire, sino a otros movimientos más sutiles de energía. Se dice que «Vāyu es discípulo de Brahmā», la expansión del universo (Vāyu Purāņa 2.26-41). «Puede acceder a todo directamente. Posee los ocho poderes sobrenaturales como Aņimā, o el poder de convertirse en un elemento pequeño como un átomo».

«Vāyu sostiene todos los mundos y sus características, tanto las especies humanas como las no-humanas; fluye perpetuamente entre los siete planos». Porque Vāyu es la energía que fluye entre el cuerpo físico y los conceptos mentales, que son las coordenadas en las que se mueve la voluntad del cuerpo. Vāyu es la energía que empuja estos dos mundos, el físico y el mental, más allá: hacia lo desconocido. De la misma manera que el cuerpo físico se mueve desde la infancia hacia la vejez la curiosidad también busca penetrar estos espacios para los que no tiene todavía palabras. Vāyu «alimenta los cuerpos de los seres vivos impulsándolos a través de los órganos de sensación y actividad. Los sabios dicen que su origen es el éter, sus atributos el sonido y el éter y que fue el origen del fuego. Vāyu conoce todas las historias sagradas y con palabras dulces deleita a los estudiosos.» Vāyu es el impulso de vida que se mueve por el universo y lo transforma. Es el impulso que cuenta las historias sagradas. Es lo que mueve el acto artístico. Esto me importa, porque Vāyu es uno de los ocho Vasu sobre los que voy a querer hablar el próximo 12 de Diciembre, y quiero hablar de Vāyu y el Mahbaharata porque las historias sagradas son el tesoro del arte. Las historias sagradas representan una expresión artística que alinea la curiosidad y placer sensorial e intelectual humano con el mundo.

Si relaciono estas historias con mi historia, puedo ver como mi vida está movida por un fuerte apetito intelectual que topa constantemente con la constatación de que la comprensión racional de uno mismo, del propio entorno y del propio pasado, es imposible y por tanto una fuente de insatisfacción. Sin embargo la mente existe, y el apetito sigue allí, y las historias sagradas ofrecen una preciosa obra edificada con enormes ventanas por las que puede entrar y salir el viento de la vida.

De la misma manera que ciertas posturas corporales pueden cambiar el estado de ánimo, las historias sagradas son “posturas mentales” que sanean mi manejo de la curiosidad y estructuran la interpretación que hago del mundo. A la luz de estas historias, sin necesidad de creer que son la única explicación correcta del mundo (porque tampoco existe, una única manera de explicar la realidad) puedo observar el sufrimiento y la injusticia, por ejemplo, y asumir su existencia y mis pocas posibilidades de actuar al respeto, sin derivar necesariamente hacia el derrotismo y la depresión. Porque las historias sagradas tienen algo de hipnosis sanadora, que abre espacios en nuestro ego para que Vayu pueda circular con libertad, y esto es un tesoro. Y como dice Lewis Mehl-Madrona, las historias sagradas contienen una energía que se libera cuando se cuentan, y como dice también mi amigo y mentor Amir Peter, la única falta de respeto que le puedes hacer a una historia es conocerla y no contarla. Es por esto que decidí compartir la historia sobre la creación de la tierra, y sobre el segundo fracaso de la entrada anterior escribiré en la próxima entrada, sino esta entrada se alargaría demasiado.

 

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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