Sandhi, ligaduras

Brihadratha es el nombre de un rey que llegó a poseer miles de carros, elefantes y caballos en su ejército. Tuvo decenas de miles de soldados. Fue apuesto, afortunado en todo y muy poderoso. En la tierra parecía Indra, quien es el rey de los dioses en el cielo. Era como la energía del sol; era paciente como la tierra pero parecía la muerte misma cuando se enfadaba. Las cualidades de su noble linaje cubrían la tierra como los rayos del sol.
El rey Brihadratha se casó con las hijas gemelas del rey Kashi, ambas bendecidas en belleza y riquezas. Brillaba entre las dos como el diamante entre engarces dorados. Los tres pasaban su juventud entre placeres, pero las reinas no quedaban embarazadas.
El rey Brihadratha oyó decir que el sabio Gautama -uno de los siete rishi, los sabios cósmicos que trajeron la sabiduría a la tierra y establecieron el ritual para alcanzar las tierras de la inmortalidad, que ahora tan pocos comprenden- estaba descansando entre prácticas ascéticas y, en ejercicio de su plena libertad, se había detenido en tierras de Brihadratha y pasaba los días sentado bajo un árbol cercano al palacio real.
El poderoso monarca se acercó junto a sus esposas al árbol bajo el cual vivía Goutama y se postró ante el sabio tocando con el suelo con la frente. Las reinas lo siguieron en el gesto y los tres contaron al sabio sus dificultades en traer progenie.
La respuesta del sabio Goutama fue meditar, y cayó sobre su falda una de las frutas del árbol que lo cubría con su sombra. Un mango, maduro y libre de golpes o picotazos de pájaros.
Goutama entregó el fruto al rey y le dijo:
-Tu deseo ha sido cumplido.
Exultantes, el rey y las reinas gemelas dividieron el fruto entre las dos, que quedaron embarazadas a la vez.
Al cabo de nueve meses cada una de las reinas gemelas parió medio cuerpo, con una pierna, un brazo, una nalga y un ojo.
Abrasadas por el horror como una montaña quemada por un gran fuego de verano, pidieron a las comadronas que se deshagan de los cuerpos, en secreto.
De esta manera fue como una rakshasa -una merodeadora nocturna que vive en los bosques y se alimenta de humanos- se encontró las dos mitades de bebé tiradas en un cruce de caminos. Y, como un cuerpo es más fácil de transportar que dos, la rakshasa utilizó sus poderes mágicos para juntar las dos partes. Al unirlas, sin embargo, ya no pudo llevarse el cuerpo porque este se llenó de vida y emanaba la fuerza diamantina del rayo (vajra). El bebé, que se puso rojo como el cobre, juntó los puños en la boca y se puso a rugir como una nube cargada de lluvia.
Tan fuerte fue su grito que los habitantes del palacio salieron asustados a ver lo que pasaba y las dos reinas sintieron en sus pechos la necesidad de amamantar. Sin pensárselo, las hermanas se hicieron paso entre la multitud para recibir a su hijo en brazos. Tras ellas llegó el rey Brihadratha y vio a la rakshasa como una mujer voluptuosa de piel dorada.
-¿Quién eres?- Preguntó el rey, asombrado.
-Yo soy una rakshasa y mi nombre es Jara; puedo tomar la forma que quiero. Vivo feliz en tus tierras adorada por muchos, quienes me dejan ofrendas en e bosque para pedirme favores. Siempre he querido devolverte el favor de tu protección y uní las dos partes sin saber que eran las de tu hijo. He sido solo el instrumento.
Así es como nació aquel a quien llamaron Jarasandha, “unido por Jara”.
El rey Brihadratha volvió al árbol bajo el cual descansaba Goutama y le ofreció al rishi regalos y agradecimientos.
-Ningún rey podrá igualar a tu hijo en valor -dijo Goutama -Las armas arrojadas sobre él por dioses y humanos no podrán hacerle daño. Una vez coronado brillará por encima de otros reyes y les robará la luz como el sol lo hace con las estrellas.
Otros reyes, con sus ejércitos, encontrarán en él la destrucción como polillas muriendo en el fuego. Todos los gobernantes estarán bajo su dominio como todos los seres son vasallos del aliento en sus cuerpos.-
Cuando creció, Jarasandha fue coronado y se alió con dos guerreros: Hamsa y Dibhaka, quienes podían quemar miles de soldados en la batalla, por separado, y eran invencibles cuando luchaban juntos.
Pero sucedió que Hamsa estuvo 18 días luchando en uno de los frentes de las campañas expansivas de Jarasandha y corrió la voz de que Dibhaka había muerto lejos de allí.
Cuando oyó la noticia Hamsa parecía un cisne atrapado en el barro. Su carácter heroico desapareció, como si de repente fuera la madera la que se tragara al fuego, o el viento temiera las nubes. Como diluido, Hamsa se suicidó ahogándose en un río. Tal es el poder del apego a los seres queridos.
Cuando Dibhaka se enteró del suicidio de Hamsa tampoco pudo soportar la noticia. El abejorro negro tiene fuerza para atravesar un panel de corcho, se decía, pero si es atrapado dentro del capullo joven de una flor puede incluso morir en él sin atreverse a perforar ninguno de sus pétalos haca la libertad. Tal es el poder de la compasión y los lazos invisibles que nos atan a este mundo.
Dibhaka se quitó la vida, también, porque no pudo soportar la separación de su compañero de armas. Así lo cuentan las crónicas.
Como el fluir del Ganges no se detiene nunca así el orden de creación, ser y destrucción continúa para siempre sin interrupción. La muerte de Hamsa y Dibhaka volvió a Jarasandha vulnerable ante sus enemigos, que no fueron otros que los Pandava: los protagonistas del Mahabharata.
¿Pero qué ganaron los Pandava matando a Jarasandha?
Este mundo intermedio en el que vivimos, dicen los sabios, es un sueño. Lloramos por un sueño, luchamos por un sueño, deseamos un sueño, tememos un sueño.
¿Quién será capaz de vislumbrar los mecanismos invisibles de este universo que nos acoge?¿Quién podrá comprender la manera como el vacío puede aguantar la tierra, o el deseo intangible producir un cuerpo vivo?¿A quién podremos preguntar por dónde corre la sangre del mundo; por qué venas y alveolos?
¿De dónde vino el pájaro que se volvió muchos?
¿Quién será el que conozca el lenguaje de los dioses; el que habla de lo que es y no solo de lo que ha sido?¿Quién será el que pueda preguntar al extremo del universo dónde está su centro?

Fuentes:
Mahābhārata, Mantra Parva.
Comentarios del santo Jñaneshvara al primer capitulo de la Bhagavad Gītā. Publicado por Rekha Kulkarni en 2012.
Ṛgveda 1.164

Los Kaurava, mis cien enemigos

Existe un largo período de la humanidad prehistórica al que llamamos la Edad de Piedra. Sin embargo para la joven humanidad aquella fue más bien la Edad de las Estrellas, la edad de la magia del cielo estrellado, la era del conocimiento de la manera de llegar a ser estrella.

El interior de muchos sarcófagos en el antiguo Egipto todavía estaba totalmente cubierto de estrellas; la leyenda de Hércules lo llevó a convertirse también en constelación, y algunas reminiscencias de esto podemos ver en el Mahabharata también, cuando Bhīșma, uno de sus personajes principales, elige morir durante el solsticio de verano, para iniciar el camino hacia el norte, el sendero de las estrellas.

Las estrellas esparcidas sobre la bóveda nocturna son un arquetipo del ser humano y sus peregrinaciones de vida en vida.

El arquetipo de todas las cualidades luminosas de la humanidad separadas y unidas a la vez, como en una gran colmena. Esas partes de nosotros seccionada en fragmentos, que quiere verse reunida de nuevo.

El Mahabharata es la historia de una guerra. La guerra de cinco hermanos: El sostén,

la energía,

la realeza

y la salud,

contra sus 100 primos:

las cualidades que no nos gustan ver en la humanidad.

Pero es una guerra que los Pandava, los cinco hermanos protagonistas, no desean.

Los 100 Kaurava, los 100 hijos de un rey ciego y una reina que no quiere ver, son el enjambre de las cualidades que no queremos aceptar en nosotros.  El enjambre que Bhīșma (el abuelo, tanto de los Pandava como de los Kaurava) no consigue reunir.

A las luces que decoran el cielo las vemos como nuestra voluntad de abrazar todo y ser todo; su profundidad nos mantiene en resonancia con la plenitud. Los esfuerzos de Bhīșma para evitar la guerra simbolizan la energía de la voluntad, que nos lleva de nuevo, con cada latido, la comprensión de que la verdadera vida no tiene fin y va de nacimiento en nacimiento.

El corazón de todos los corazones, el contenedor místico de la plenitud de la vida, se hunde en la colmena celeste; la colmena que nos enfrenta a una aparente paradoja, que exige ser resuelta sobre Kurukśetra, sobre el campo del Mahabharata; sobre la tierra.

Los 100 Kaurava se pueden tomar como un símbolo de nuestro cuerpo físico, con sus millones de células yendo y viniendo, renaciendo tantas veces y laboriosamente recolectando miel. ¿Para quién?

Para nosotros, su dios.

Eso nos lleva, también, a experimentar la multitud divina, exuberante en el pulsar de la vida, en un solo corazón, que es el cielo.

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En el corazón del cielo todos los seres son uno.

El corazón del cielo se va volviendo una vivencia más y más amplia a medida que intimamos la unión con nuestro auténtico ser. Primero unimos la vida que vivimos al más allá, después a nuestras vidas pasadas y futuras, hasta unirla finalmente a las vidas de todos los seres vivos. Esta es la comprensión que nos fue ofrecida en la pre-historia, en esa fase temprana de nuestro sendero hacia la eternización. Y puede que la eternidad no consista solamente en esto, pero esta comprensión nos lleva a la dulzura de la eternidad, y la podemos saborear aquí y ahora.

 

P.D: El texto de arriba es una adaptación de un fragmento del estudio de Medhananda sobre el juego egipcio de Senet, que servirá de base para el inminente estreno del segundo espectáculo de Respirar el Mahabharata, el próximo 12 de Diciembre, en Buenos Aires, Argentina.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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